—No te sientes, que después tendrás que limpiarte el coño con lejía —me dijo alguien antes de entrar en un baño público.
Cansada de esperar en la cola del baño de mujeres, no es la última vez que iré al de hombres. Una vez, cuando estudiaba en California, me riñeron, y hasta me amenazaron con avisar a la policía. ¡Muy puritanos! Otras veces no lo he hecho adrede, pero no he sabido interpretar las señales de los servicios. Cada vez son más originales: una figura de pie, otra sentada. Ahora que cada vez hay más hombres que hacen pipí sentados, también la típica escenografía de la manera que tenemos de orinar por estereotipos de géneros ya es démodé. Pictogramas, imágenes sexuales, burlonas, folclóricas, temáticas… ¡hay para escribir muchos libros!
No sé cuántas veces he ido al lavabo adaptado para poder meter en el mismo espacio las maletas, a la perra y a los niños, para tenerlos a todos controlados. Lo que sí sé es que cuando estoy de viaje siempre aprovecho para ir a los hoteles, y si son de más de cuatro estrellas, mejor. Es cuestión de actitud, de ir directa al fondo a la derecha y creerte que realmente tienes habitación ahí. Mejor eso que pedir cafés y luego tener que dejarlos sin consumir. Tengo muy claro que, como decía Oscar Wilde, la vida es demasiado corta como para tomar mal vino, y también lo hago extensible a la cafeína que me meto en el cuerpo. Y los tés, las aguas o las cervezas, cuando estás de viaje, son una mala idea si no quieres pasarte el día entero de baño en baño… y tiro porque me toca. Bebidas demasiado diuréticas para un turista.
Del pudor de no querer ir al lavabo en el primer viaje compartido, al mal olor de los pedos en el sofá. Así se puede resumir lo que es una relación de pareja
Poco se habla del miedo de quedarse encerrada (¡y de las veces que nos ha ocurrido!). ¡Qué ansiedad! Es un miedo que pasa de generación en generación, cuando mi hijo me pide que le espere en la puerta porque no quiere echar el pestillo y tiene miedo de que entre alguien. ¿Te cuento cuántas veces me han abierto la puerta en plena acción? Tampoco hay nada romántico en fornicar en un lavabo. Mucho mejor en un sitio limpio y pulcro, y con buenas vistas. Recuerda que no es pasión, es tacañería.
Tampoco te contaré la de amigas que he hecho en los servicios. Porque alguien ha empezado a explicar por qué lloraba y ha terminado contándome su vida, sin saber siquiera su nombre. Un clásico es que, cuando alguien ha bebido más de la cuenta en la cola, me dice que le recuerdo a Amaia Montero, de La Oreja de Van Gogh. Hay veces (muchas) que no consigo ni lavarme las manos porque no entiendo el mecanismo del grifo, y eso que tengo una licenciatura en Humanidades, un DEA en Comunicación y un par de másteres internacionales.
Tampoco explicaremos los traumas que tiene la gente con los lavabos de los aviones, que se piensan que los absorberán. O las que se creen que son princesas, como yo, que no podemos hacer de vientre fuera de casa o si hay alguien en casa. La de veces que abro el grifo (lo siento por el derroche de agua) para que no oigan lo que hago, o todos los perfumes que pongo después. Cuando empezaba una relación, lo que tenía ganas era de volver a casa a hacer mis necesidades. Sí, ya sé que después coges confianza y da asco. Del pudor de no querer ir al lavabo en el primer viaje compartido, al mal olor de los pedos en el sofá. Así se puede resumir lo que es una relación de pareja.
Es horroroso cuando necesitas ir a un baño y no encuentras ninguno. Pocos dolores de barriga duelen tanto en la barriga como cuando te estás cagando. También existe una teoría que dice que la gente no va a los primeros lavabos, sino a los del fondo, pensando que estarán más limpios. El resumen sería una frase recuperada de los años noventa con una rima totalmente fuera de juego, que dice: “los hombres son como los lavabos, o están hechos una mierda o están ocupados”.
Un último consejo: seamos creativos cuando no haya papel higiénico, aunque siempre tienes que llevar un paquete de kleenex en la vida. ¿El cartón del rollo? ¿Calcetines o bragas que tirarás? De lo que me he dado cuenta, a mis 44 años, es de lo saludable que es —a pesar de que parezca maleducado y que me hayan enseñado que no se puede hacer— mandar a la mierda a quien se lo merece. Descargar la rabia tipo: 'cosa dolenta, fora del ventre!'.
