Dos noticias de esta semana me han hecho reflexionar. Una tiene que ver con el efímero ministro socialista Máximo Huerta y su andadura personal en torno a su padre, que enfermó de Alzheimer y ya ha fallecido, y su madre, ahora con demencia, a la que cuida. Sus pensamientos, reflejados en las entrevistas que ha concedido estos días (yo diría que a modo de terapia), me han hecho reflexionar sobre todos esos héroes anónimos para los que la vida propia se paró un día porque decidieron diluirse en la de los seres que aman y que les necesitan. Sí, pero no al modo tenso y vibrante en que lo hace el amante frente al ser amado o con la alegría del sacrificio vital en favor de los hijos, sino vestido su sentimiento con las sombras de un final sabido. Una desesperanza que a menudo se suma a la exasperación por un día a día donde la comunicación real con el ser querido es siempre imposible, lo que puede hacernos caer en el exabrupto o el gesto inconveniente. Como cuando exigimos de un niño un comportamiento que no se corresponde con su edad, así también con quien ya está fundido en la demencia y que no puede entender. Pues bien, tal vez por el hecho de ser Máximo hijo único y varón, no una mujer, ha salido a la luz ahora lo invisible, la heroica tarea de tantos cuidadores, en su mayoría mujeres, que atienden a sus seres que no tienen memoria pero sí un alma hasta que el cuerpo se va. Por ellos vale la pena escribir hoy, al tiempo en que se reclama más eficacia en la ley de dependencia.
Personas que olvidan sin querer y nos obligan a pedir perdón por la impaciencia eventual al contemplarlas, y otras que no pueden olvidar aunque lo quieran
El otro tema de la semana es la situación de semilibertad acelerada de la que se beneficia desde hace unos días Txeroki, uno de los miembros de la banda terrorista ETA que han sido reagrupados en la deteriorada prisión de Martutene antes de que esta, como anunció el gobierno vasco, sea definitivamente cerrada para construir en el solar unos centenares de viviendas sociales. Así la ciudadanía será capaz de agradecer que todos los etarras que allí han sido concentrados sean finalmente enviados a la libertad condicional, aunque no les corresponda en una estricta condición de igualdad con el resto de condenados, como ocurre con el caso de Txeroki. En esta historia, a diferencia de la anterior, y quizá por ese indisimulado trato de favor, el silencio no existe; al contrario, la memoria está bien viva entre las personas que sufrieron más o menos directamente la violencia loca de quienes creyeron de mayor o menor buena fe que con tiros en la nuca de sus conciudadanos iban a liberar la tierra vasca (y a los supervivientes) de la opresión del Estado español.
Personas que olvidan sin querer y nos obligan a pedir perdón por la impaciencia eventual al contemplarlas, y otras que no pueden olvidar aunque lo quieran, aunque para no enquistarse en el odio sí convendría que pudieran perdonar. Esa es la triste paradoja de esta semana, esa es la triste paradoja de muchas vidas. A todas ellas solo se me ocurre decirles hoy que no están solas, porque aunque tantas veces puedan sentir la soledad y el silencio, quienes les pensamos estamos ahí, y seguiremos estándolo mientras nos quede capacidad de recordar.