El 5 de mayo es la fecha prevista para que se celebren elecciones en Escocia. Todos los sondeos apuntan a que el SNP obtendrá unos resultados espectaculares, mejores que los de sus rivales, los laboristas y los conservadores. En Escocia, además, los libdem no son nada, seguramente porque su unionismo es más salvaje que no el de los laboristas y, también, porque el SNP ocupa su lugar de manera más eficiente y elegante.

El SNP es un partido a medio camino entre la socialdemocracia avanzada y el liberalismo progresista. La figura de quien fue su máximo dirigente durante años, sir Alex Salmond, tapó lo que era realmente el partido. Su abrupta personalidad y el recurso a un populismo de pub de la esquina no dejaban ver el pluralismo interno. Y es que todos los liderazgos cesaristas tienen ese inconveniente. Salmond dominó en el SNP hasta que el 18 de septiembre del 2014 se celebró el referéndum.

En el referéndum por la independencia se pudo constatar que los jóvenes y las clases populares y urbanas de Glasgow apoyaban al partido que algunos sesudos académicos, siempre más de izquierdas que las izquierdas, consideraban que era el representante de la Escocia rural y más tradicionalista. Los hechos demostraron que andaban muy equivocados. Los nacionalistas escoceses perdieron el referéndum por culpa, diciéndolo metafóricamente, de los votantes de Vic. La Escocia más escocesa dudó y creyó en las promesas "reformistas" que hicieron antes de las elecciones los partidos unionistas. Prometieron la luna, como aquí hacen los creyentes catalanes en el referéndum que en Madrid sólo defienden Podemos e IU.

Los nacionalistas escoceses perdieron el referéndum por culpa, diciéndolo metafóricamente, de los votantes de Vic

Salmond dimitió y fue sustituido por Nicola Sturgeon, una mujer de 45 años, de creencias presbiterianas, con un look tirando a antiguo, pero con un verbo bien construido. Salmond abandonó la dirección del partido pero no se retiró de la política. Hizo todo lo contrario, hasta el punto de ser quien lideró la victoria del SNP en las elecciones generales del Reino Unido del 7 de mayo del 2015. El SNP consiguió 56 de los 59 escaños en disputa. Un éxito total si tenemos en cuenta que no había transcurrido ni un año desde que los nacionalistas habían perdido el referéndum y de que en las elecciones generales del 2010 sólo habían obtenido 6 escaños.

El ascenso del SNP se explica por muchas razones y no sólo por el cambio de líder al frente del partido y del gobierno. Salmond es ahora el líder de la minoría soberanista escocesa en la cámara de los Comunes británica y nadie discute su papel ni él interfiere en las decisiones de la ministra principal Sturgeon. Cada uno sabe cuál es su papel y aporta su potencial a la causa independentista escocesa. En Escocia, como en Francia o en otros Estados, los políticos saben reciclarse. Si en Catalunya fuéramos menos dramáticos y estetas, el papel que juega hoy Salmond en Londres bien podría ser el de Artur Mas.

En Escocia, como en Francia o en otros Estados, los políticos saben reciclarse

No se extrañen por lo que les digo. No reclamo un nuevo Lunes al sol para otro president de la Generalitat. Al contrario, reclamo pensar políticamente lo que conviene al movimiento soberanista catalán. Mas fue el artífice del 9-N —que no fue ningún simulacro, digan lo que digan los idiotas— y él supo reunir un montón de voluntades. Cometió errores garrafales, es verdad. El peor de ellos fue no desembarazarse de las personas que eran los iconos de la corrupción asociada a su partido. Debería haber asumido que aunque se cometieran injusticias, CDC necesitaba imponer un cordón sanitario para resultar creíble ante la gente. La sombra de Pujol, además, le perjudicó hasta un nivel insoportable y absolutamente pornográfico. Aún recuerdo el día que Pujol hizo coincidir su confesión con la rueda de prensa programada por CDC para presentar la renovación del partido. La destrozó de inmediato y Mas lo asumió con una paciencia franciscana. En política, y todavía más en tiempos de tribulación como los actuales, uno no puede andarse con chiquitas y debe saber actuar sin contemplaciones.

En Londres saben quién es Salmond. En Madrid, en cambio, me temo que no saben quién es Artur Mas, sobre todo después de constatar que tampoco tienen ni idea de quién es el president Carles Puigdemont. Está claro que la intoxicación sobre los dos personajes se fabrica en Barcelona, en las páginas de los medios unionistas, cuyos adalides han querido presentar el encuentro entre Puigdemont y Rajoy como el inicio de un deshielo en las relaciones entre Catalunya y España que el presidente Mas habría bloqueado por pura tozudez. Estas maledicencias unionistas no han durado ni dos días, porque el viernes pasado el consejo de Ministros de Rajoy interpuso tres nuevos recursos ante el TC en contra de sendas leyes catalanas. El pretendido diálogo ha durado tan poco como aquel que mantuvo Mas con Rajoy para reclamarle el pacto fiscal. La culpa de los males de los catalanes no siempre es de Madrid, pero la falta de diálogo es culpa exclusivamente de su gobierno.

En Escocia, el SNP es el Gran Centro que en España querían inventarse los señores del Ibex 35 mediante la exaltación y defensa del pacto PSOE-C's

Las expectativas electorales del SNP son muy buenas, a pesar de los recortes que ha aplicado Sturgeon a raíz de la bajada del precio del petróleo, su principal fuente de ingresos. Además, el SNP no vive un momento tan delicado como el que afecta a CDC. Entiendo las culturas partidistas, aunque personalmente me hastían, pero lo que no comparto en absoluto son las actitudes cerradas. En Escocia, el SNP es el Gran Centro que en España querían inventarse los señores del Ibex 35 mediante la exaltación y defensa del pacto PSOE-C's. Durante años, en Catalunya el Gran Centro fue CiU, que a menudo no tuvo el apoyo, ni intelectual ni social, de quienes han sobrevivido agarrados a la teta española. Ahora ese Gran Centro catalán debe ser reformulado, dado que el instrumento anterior se malogró con la evidente corrupción de algunos de sus miembros, la financiación ilegal del partido y la deriva derechista que impuso Pujol desde 1999.

Hoy, en Catalunya, el Gran Centro caerá en manos de quien sepa capitanear el necesario partido soberanista democrático. El tándem Puigdemont-Mas está en condiciones de liderarlo si se da cuenta de que el modelo a seguir no es el del PNV de la era Arzallus. El ejemplo a imitar es, en todo caso, el SNP del binomio Sturgeon-Salmond, donde los dos tienen su papel porque saben que lo importante es llegar a ser presidente de una Escocia independiente y no ministro principal de una autonomía minusválida. De hecho, el Gran Centro catalán cuanto menos se parezca a CiU, mejor.

 

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