Un día volviendo con el president Josep Tarradellas en coche desde Madrid, cerca del peaje que une Zaragoza con Lleida, el veterano político recién regresado de un largo exilio en Francia hizo detener su coche. Se apartó hacia un lado el vehículo y de un jeep de la Guardia Civil bajó un mando del cuerpo, le dio novedades y, seguidamente, le dijo en una inequívoca posición de saludo a la autoridad: "Bienvenido a Catalunya, president". Tarradellas volvió a subir al Dodge Dart negro que usaba en sus desplazamientos, recorrió unos cuantos kilómetros y cerca de la capital del Segrià volvió a detenerse. En tono ufano y desde sus casi dos metros de altura sentenció ante los periodistas que habíamos seguido su viaje a Madrid: "Mirad, cada vez que salgo fuera de Catalunya, hago que me reciba la Guardia Civil en los cuatro puntos cardinales. Es una manera de recordarles que yo encarno la legitimidad histórica y soy la máxima autoridad de Catalunya".
No había una Constitución española, en contra de lo que hoy se predica –y se olvida deliberadamente– pero la Generalitat de Catalunya tenía un president que enlazaba con la historia republicana, había vuelto y era heredero y sucesor de un president asesinado, Lluís Companys. Hoy se cumplen 75 años de aquel magnicidio y, como es lógico, se han preparado varios actos de homenaje al conocido como president màrtir.
Solo la ignorancia, la falta de tacto o un deliberado acto de provocación podía haber hecho coincidir la fecha del 15 de octubre con el día escogido por el TSJC para citar a Artur Mas en calidad de imputado por colocar las urnas el pasado 9 de noviembre. No es extraño que se quiera enmascarar esta situación de fondo y se busque derivar el debate hacia cuestiones mucho menos relevantes, como las supuestas presiones a los jueces, su independencia amenazada por los manifestantes o la presencia de las principales autoridades autonómicas y municipales apoyando al president de la Generalitat. Cuando Mas declare ante el juez instructor no estará solo. Estará emocionalmente más acompañado de ciudadanos que votantes haya llegado a tener nunca al representar ante el tribunal a una muy amplia mayoría de las fuerzas políticas catalanas. Aunque el paso de los años haya hecho olvidar, más allá del Ebro, que la legitimidad histórica de la que hablaba Tarradellas no podía ser pisoteada.
