Roma, hacia el año 830 d.C., Gregorio IV (101.º vicario de Cristo a la Tierra) dictaba una encíclica que universalizaba por todo el mundo cristiano la festividad de Todos los Santos. Pero Gregorio IV no inventaba nada. La fiesta de los difuntos tenía una milenaria historia que remontaba al principio de los tiempos. Mucho antes de que el cristianismo se expandiera por toda Europa (a partir del siglo I d.C.), la cultura funeraria ya tenía una gran importancia. De hecho, era una parte fundamental de la cultura de las civilizaciones que fueron devoradas por la loba capitolina. Y, ni la romanización impuesta en sangre y fuego, ni la posterior evangelización conducida por el poder romano (en su trágica decrepitud) conseguirían borrar la memoria de un pasado que se perdía en la nebulosa del tiempo. Gregorio IV, la única cosa que hizo fue unificar unas prácticas ancestrales según los estándares cristianos de la época.

Representació de Todos los Santos (1420), obra de Fra Angélico. Fuente National Gallery. LondresRepresentación de Todos los Santos (1420), obra de Fray Angélico / Fuente: National Gallery. Londres

La maniobra de Gregorio IV

La encíclica de Gregorio IV tampoco tenía nada de nuevo. Estas maniobras se habían iniciado cinco siglos antes (380) con la proclamación del cristianismo como confesión oficial del imperio de la loba capitolina. Y con la transformación masiva de templos romanos en basílicas cristianas. Y seguiría durante los siglos posteriores a Gregorio. En la actualidad, por ejemplo, nos sorprende la densidad sobre el terreno y la uniformidad arquitectónica de los templos románicos de Vall de Boí. La respuesta es sencilla. En el siglo XII, Vall de Boí todavía no había sido evangelizado, y aquella fiebre constructiva respondía a una operación de cristianización exprés impulsada por el poder local. Allí donde había un templo pagano se edificó uno iglesia cristiana. Y allí donde la gente se comunicaban con sus divinidades en euskera ancestral, se inoculó la prédica y los sacramentos en catalán medieval.

El verdadero origen de la fiesta de Todos los Santos

Efectivamente, las civilizaciones antiguas asociaban la dicotomía día-noche (claridad-oscuridad) a la vida y a la muerte, respectivamente. La civilización protovasca, por ejemplo, que, como mínimo, desde el 4.000 a.C. había poblado los Pirineos desde la Cerdanya hasta el Cantábrico, relacionaba el día (egunekoak) con todo aquello que representaba la claridad y la vida. Y la noche (gavekoak) con todo aquello que representaba la oscuridad y la muerte. Esta clarísima oposición la proyectaban al conjunto del año, y la situaban en dos mundos claramente opuestos: la primavera-verano (que representaban la vida), versus el otoño-invierno (que asociaban con la muerte). También los pueblos de cultura celta, que poblaron buena parte del occidente europeo a partir del 3.000 a.C., tenían esta particular interpretación de los ciclos del calendario.

Fiesta de Todos los Santos. Andorra (principios del siglo XX). Fuente Comú de Andorra la viejaFiesta de Todos los Santos. Andorra (principios del siglo XX) / Fuente: Comú d'Andorra la Vella

Las puertas de la muerte

En aquella ancestral cosmogonía, había dos hitos en el calendario que marcaban el principio y el fin de aquellos ciclos. Fechas que, más o menos, corresponderían a los actuales 1 de mayo y 1 de noviembre. Esta última fecha era la que marcaba el fin del tiempo de la vida y el inicio del tiempo de la muerte. El único momento del año en que se abrían unas misteriosas puertas que permitían la comunicación entre los vivos y el mundo de ultratumba. En el mundo celta, el Samhain. Y eso, que nos puede parecer un pintoresquismo antropológico, no difiere demasiado del significado que, actualmente, se le da a la costumbre de visitar la tumba de los difuntos la festividad de Todos los Santos. En la línea de la cita "mueres definitivamente el día que no hay ningún vivo que te recuerde", y que tiene su origen, precisamente, en aquella ideología funeraria de los mundos prehistórico y antiguo. Docenas de siglos antes de la aparición del cristianismo.

El Samhain

Pero lo que aquí nos interesa es como lo interpretaban y representaban aquellas sociedades primigenias. Qué rituales utilizaban cuando se abrían aquellas puertas que les comunicaban con el mundo de ultratumba. Y lo que explican las fuentes documentales es que en el mundo celta se convocaba toda la comunidad a una gran fiesta para celebrar el fin de las tareas agrarias y de las campañas militares. Era una sublimación a la vida y un homenaje a los que no podían asistir porque ya estaban muertos. Todo el aparato ritual que se desplegaba iba a cargo de los druidas, los sacerdotes de aquellas sociedades. Unos poderosos personajes que eran extraordinariamente reconocidos por sus conocimientos. Y que a través de la práctica de la magia intentaban dar respuesta a la pregunta que la humanidad se formula desde el inicio de su existencia: de dónde venimos, quiénes somos y hacia dónde vamos.

Representació del Samhaine (1832), obra de Daniel Maclise. Fuente Ancien Origins

Representación del Samhain (1832), obra de Daniel Maclise / Fuente: Ancien Origins

Las cuestiones terrenales

Pero la estandarización que promovió el papa Gregorio IV tenía un trasfondo muy alejado del druidismo. Las fuentes documentales revelan que la iniciativa pontificia había sido impulsada por el emperador franco Luis I, denominado, reveladoramente, el Piadoso (el lamecirios), y que, con su padre, Carlomagno, había sido el fundador de los condados languedocianos y catalanes (la Marca de Gotia). En aquel contexto espacial y temporal marcado por el fin definitivo del clericato hispano-visigótico y la eclosión del clericato galo-franco, los obispos del Imperio hicieron lo imposible por imponer su poder: reformas litúrgicas y difusión de reglas monásticas siguiendo su tradición; es decir sus estrategias. Precisamente, la festividad cristiana de Todos los Santos sería introducida en los dominios cristianos peninsulares a través de la Marca de Gotia.

Grabado que representa el día de Todos los Sants (principios del siglo XIX). Fuente Piedras de Girona

Grabado que representa el día de Todos los Santos (principios del siglo XIX) / Fuente: Piedras de Girona

La universalización de la fiesta de Todos los Santos

Precisamente allí donde la evangelización tenía más problemas para suplantar las confesiones ancestrales era en el oeste de la antigua Galia. Ocho siglos después de que el apóstol Pedro llegara a Roma, o que, según algunos historiadores, María de Magdala se refugiara en el Roina, los dominios más poblados del Imperio carolingio (Bretaña y Aquitania) eran mayoritariamente paganos. La universalización de la fiesta de Todos los Santos formaría parte de una estrategia que tenía el propósito finalista de encuadrar la población a través de la uniformización de la liturgia cristiana. Reforzar el dominio de los privilegiados en el núcleo territorial del poder de un mundo en plena transformación. Y aprovechar la ocasión para divulgar que la alianza monarquía y clericato carolingios era quien dictaba el nuevo orden universal. Terrenal y espiritual. La cristianización de la fiesta de los difuntos sería un peldaño más de aquella macabra escalada.

 

Imagen principal: Representación del Día de los Difuntos (1859), obra de William Adolphe Bouguereau / Fuente: Museo de Bellas Artes de Burdeos

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