Te llega un momento en la vida en el que se te acabó eso de preguntar algo a los maestros que tenías, porque ya no son de este mundo. A Joan Solà (1940-2010) lo extraño especialmente, su gesto ceñudo, la melodía de su habla de Bell-lloc d’Urgell. Fue un perfecto ejemplar de payés catalán convertido en gramático. No a la manera de Josep Pla que tenía que ponerse boina para parecer horaciano y sincero. Queremos seguir pensando, aún hoy, que el hombre de la tierra tiene cualidades superlativas de autenticidad, de seriedad, dignidad, fortaleza, ánimo, cualidades trabajadoras como ningún otro tipo humano, en contraste con los habitantes de la engañosa ciudad. Por algo Mossèn Cinto se presentó en el lucido salón del Consejo de Ciento, a recibir un premio, vestido con faja, barretina y el equipamiento completo del rústico catalán. Por algo Guimerà escribió Terra baixa. La tierra es lo eterno y lo bueno de verdad, lo natural, lo legítimo en contraste con los espejismos de lo cotidiano. La idea nos sigue sugestionando. Ser nosotros mismos y no otra cosa, ése es el anhelo. Y de manera específica, para los catalanes, a través de nuestra lengua nacional. Quizás por este motivo, en Catalunya, tenemos héroes que son gramáticos, como en el caso de Pompeu Fabra, un caso que nunca hubiera imaginado Thomas Carlyle. Porque somos desconfiados.

Joan Solà fue otro héroe contemporáneo que unía grandes conocimientos del idioma con una viva autenticidad catalana. Escribió libros difíciles y sólidos, de una erudición sorprendente, arisca. Quienes nos educamos al cobijo de los Estudis de sintaxi catalana (1973), de Qüestions controvertides de sintaxi catalana (1987), de Sintaxi normativa: estat de la qüestió (1994) o de la monumental Gramàtica del català contemporani (2002) podemos decir que algo aprendimos. Sin olvidar sus textos divulgativos, en especial los más conocidos, publicados en el diario Avui bajo el epígrafe Parlem-ne y con los que compuso varios libros. Continúan vigentes, continúan diciéndonos que tenemos que plantar cara, que el ser humano catalán, a la fuerza, debe plantar cara si no quiere ser borrado del mapa, si pretende que la lengua catalana continúe siendo una lengua viva y recuperada para el mundo de hoy. Joan Solà fue un estudioso contundente y sin tibiezas, capaz, y no le faltaban sinceridad ni convicciones, ni un radicalismo político, hermano de su pasión científica, de un amor por Catalunya y su lengua. La sinceridad es un valor social indiscutible pero sin demasiada rentabilidad política. No oirán a ningún político que diga la verdad sobre el catalán. Que la lengua se nos está muriendo mientras jugamos, sin saber muy bien en qué consiste, a eso del multiculturalismo. Las lenguas no es verdad que convivan entre ellas. Las lenguas son depredadoras, son panteras como dijo Dante Alighieri. Pongan a convivir a dos panteras, una grande y bien alimentada junto a otra pequeña y enferma. Y ya sabéis lo que sucederá. Fatalmente.

No oirán a ningún político que diga la verdad sobre el catalán. Que la lengua se nos está muriendo mientras jugamos, sin saber muy bien en qué consiste, a eso del multiculturalismo. Las lenguas no es verdad que convivan entre ellas. Las lenguas son depredadoras

Solà tenía una mirada dulce y a la vez severa. Su mundo no fue el de las sutilezas equívocas de lo público sino el conocimiento y la transmisión de la verdad científica. Advertía que el catalán está legalmente desamparado, porque constitucionalmente es una lengua de segundo orden frente al español. Pasado el tiempo de la presunta cordialidad hispánica durante la fraudulenta transición, hoy vemos clara la hostilidad contra el catalán, una hostilidad que no es ningún detalle ni ninguna casualidad sino un rasgo identitario genuinamente español. En este sentido Solà dejó dicho que “no hay causa más digna, más honorable, más recompensadora que defender, contracorriente de los totalitarismos, nuestra patria, nuestra lengua, nuestra dignidad”. Como un Aribau redivivo.

Solà se rebela contra la falsa autosatisfacción catalana, la que prefiere pensar que en nuestro país no hay ningún conflicto lingüístico. Que los catalanes somos un ejemplo admirable de convivencia. Sin darnos cuenta de que esa presunta convivencia se construye partiendo de la renuncia sistemática a utilizar nuestra lengua propia. Sin darnos cuenta que el precio de la tan valorada convivencia es ni más ni menos que la lengua y la identidad catalanas. Aquí los libros de estilo que utilizan los periódicos no son como los libros de estilo en otros países; aquí son un eufemismo que esconde la incompetencia creciente de los profesionales del lenguaje, secuestrados como están por el español. Es un secreto que todo el mundo conoce, que el sistema educativo falla porque el catalán no es, en definitiva, la lengua real de la sociedad catalana, la lengua necesaria y útil en ninguno de los diversos territorios que la tienen como propia. El catalán siempre es más difícil que el español, más aburrido, más costoso, más antipático precisamente porque es más ignorado. El desprestigio del catalán es creciente porque es la manera de justificar que se le quiere eliminar.

La sabiduría de Solà es un conocimiento tan doloroso como necesario. Sus invectivas contra el poder de los representantes políticos encargados de la salvaguarda del catalán son duras, adecuadas y justas. En una época como la nuestra, desprovista de maestros eminentes que orienten a la sociedad, su recuerdo es un ejemplo de lealtad y de coherencia con la tradición de nuestros padres, con la identidad que nos ha hecho, en parte, como somos. Catalunya es uno de los primeros países del mundo porque no es una región española más y porque su —hasta hoy— resistente identidad sabe proyectarla mucho más allá, más allá de su relativo pequeño peso específico en el contexto internacional.

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