Finalmente, en un giro que ha sorprendido por su rapidez, que alguien tendrá que explicar bien más allá de las masías, ya tenemos president de la Generalitat y, por lo tanto, Govern, que conoceremos durante este largo fin de semana barcelonés.
El discurso de Pere Aragonès no hace falta resumirlo. Lo hizo él mismo con toda claridad y sin ambages. En la mano derecha (o, si quieren, la izquierda, no me miren mal), la vía hacia la independencia, partiendo del hito del 1-O, la amnistía y la autodeterminación, en un referéndum pactado. En la otra mano, cuatro banderas: la bandera social y, por lo tanto, la de la recuperación, la bandera del feminismo, la bandera de la revolución verde (y digital) y la bandera de la democracia radical y gobernanza.
Eso, en palabras del propio Aragonès, supone la sacudida que la Generalitat y la sociedad catalana necesitan. Según mi opinión, estos objetivos operan en modo multinivel, coordinadamente, no jerárquicamente, con el fin de alcanzar la República Catalana. Todos estos objetivos son independientes, con tiempos y formas diversas, pero es lo que necesita el país.
Eso e intentar gobernar para todo el mundo, para toda la ciudadanía. También lo ha dicho Aragonès. Se puede decir que no se puede aspirar a gobernar para todos desde el independentismo. ¿Seguro? ¿Cómo se hace desde el unionismo? ¿O es que el unionismo —mal llamado constitucionalismo— es per se una forma de gobernar para todos?
En épocas de crisis como la que vivimos desde hace más de una década, lo que cuenta son los liderazgos y los equipos de excelencia. Hasta este momento estamos huérfanos de todo eso
Habrá que encontrar puntos en común. ¿Cómo? Negociando, cediendo y volviendo a negociar y volviendo a ceder. Habrá puntos irreductibles, pocos, pero primordiales, que se solucionarán cuando lleguemos a ellos, siempre de forma plenamente democrática. Por eso, no podemos esperar que todas las votaciones parlamentarias, tanto de leyes como de nombramientos o resoluciones de todo tipo, tengan siempre el resultado anticipado por bloques. Es imperativo que todos los grupos políticos —y también sociales y económicos— se impliquen, sin más exclusiones apriorísticas que las autoexclusiones.
Eso lo tiene que conseguir un gobierno de coalición, al cual algunos ya le vaticinan una infeliz trayectoria y una mínima no ya vida, sino supervivencia. No tenemos que olvidar que los gobiernos de coalición constituyen la inmensa mayoría de gobiernos en la Europa continental. Y en algunos países, como en Holanda, son su forma permanente de gobierno. Y no les va nada mal.
Lo primero que se tiene que comprender e internalizar es que los gobiernos de coalición han venido a Catalunya para quedarse. Así, el gobierno lleva el nombre del presidente. ¿A qué es debido esta forma de etiquetar? Por razones de simplicidad, obviamente. Pero también, y esto es más importante, lo es en especial si el presidente ha ejercido, también en el gobierno de coalición, el liderazgo —no sólo la resiliencia— para llevar a buen puerto la obra de gobierno.
En épocas de crisis como la que vivimos desde hace más de una década, lo que cuenta son los liderazgos y los equipos de excelencia. Hasta este momento estamos huérfanos de todo eso. Sin embargo, ha llegado el momento de los líderes: recomponen lo que está fragmentado, articulan las piezas, guían por la ruta acordada, llenando los agujeros —a veces, auténticos barrancos— de las hojas de ruta. El liderazgo no tiene que ser ruidoso —por ejemplo Merkel— ni lleno de curvas —à la Macron—, sino convincente y efectivo. Con errores y decepciones que veremos o sufriremos. No se trata, al fin y al cabo, de quién se apunta el éxito, sino de quién y cómo lo crea.
Por todo eso, para darnos la oportunidad de que se pueda ejercer el liderazgo que necesitamos como el aire que respiramos, yo sí que le doy a Pere Aragonès los 100 días, no de gracia, sino de esperanza colectiva.