Los castellanos no están preparados para la conversación que el Papa ha dejado pendiente después de su visita a España. Enric Juliana la empezó a plantear tímidamente en un artículo escrito solo en catalán, dirigido a los lectores de su país. La Vanguardia tampoco está para grandes conversaciones: se ha convertido en uno de los principales órganos de intoxicación del Estado, porque los catalanes ya están vacunados y los castellanos necesitan creer más que nunca en sus equilibrismos complacientes. Pero Juliana sabe escribir para todos y dio un par de claves para entender la fascinación —disfrazada de revelación estética— que ha provocado el paso de León XIV por Catalunya.
Como explicó Juliana, el pontífice evitó reivindicar la unidad del Estado español en su homilía en la Sagrada Família, tal como tenía previsto en el discurso que llevaba escrito. Seguramente porque se dio cuenta de que Antoni Gaudí era más grande que él —o que representaba una historia que no podía discutir—, se limitó a pedir “unidad espiritual” en un drible improvisado de última hora. Como explicaba Juliana, el papado no había tratado nunca tan bien la lengua catalana en los tiempos modernos. Después de Franco, Roma ignoró a Jordi Pujol y se miró el procés con muy malos ojos. Hasta 2010 —con la autodeterminación ya en la calle— el catalán fue una lengua invisible para los pontífices.
El papa actual no se pudo saltar el catalán, a pesar de las ganas que tenía de hacerlo y a pesar de que los cantaires del país parecían más vigilados por la policía que en tiempos de la dictadura. Podría parecer que Juliana remarcaba este avance para satisfacer la vanidad del catalán medio. Pero el hecho es que la historia empieza a impugnar los esquemas geopolíticos de los Estados nación europeos de una forma que es difícil de ignorar. La visita del Papa ha conmovido a tanta gente porque, en medio del ruido mediático, ha hecho emerger una mística que nadie se esperaba y que todo el mundo está digiriendo. Después de tantos siglos, incluso el Vaticano debía haber olvidado que Catalunya es la realidad histórica más profunda de España —no la única, pero sí la más profunda—.
La visita del Papa ha hecho emerger aquello que decía Jordi Pujol: que Catalunya es una nación milenaria
La visita del Papa ha hecho emerger aquello que decía Jordi Pujol, mientras los diarios de Madrid y Barcelona se reían en la época de la Transición y del Estatut de Sau, e incluso en tiempos de los Juegos Olímpicos: que Catalunya es una nación milenaria. Con el ejército reducido por la OTAN y la porosidad que Europa ha dado a los Pirineos, el Estado va adelgazando. A medida que los huesos sobresalen, se ve mejor la forma del esqueleto, y también la luz que irradia el espíritu. Ahora el futuro de España depende de si los catalanes se encontrarán a sí mismos antes de que el Estado aproveche la demografía para disolverlos en una nueva huida hacia delante de su superficie castellana. Juliana ya habla de aguantar el régimen del 78 con un modelo como el de Portugal. Ni él parece atreverse a decirse que Portugal se parece más a Catalunya que a España.
Catalunya ha tendido a buscar más que otros países el equilibrio entre los valores nacionales y los valores universales. Por eso Pedro el Católico, coronado en Roma, murió en Muret defendiendo el mundo occitano que el Papa había condenado. Por eso los reyes catalanes dieron un parlamento y una bandera a Sicilia, y Barcelona se enfrentó a los Trastámara cuando se volvieron absolutistas. Por eso los catalanes declararon la guerra a Francia y España, en 1713, cuando su Europa cristiana ya no era posible. Por eso la Sagrada Família se salvó de la quema general de iglesias, cuando el Papa iba con Franco. Y, por eso mismo, Gaudí dijo siempre que los auténticos españoles somos los catalanes. Buscando la cuadratura del círculo, Catalunya ha topado a menudo con Madrid y Roma, pero ha resucitado cada vez que un fanatismo o una moda la han dado por muerta.
El Papa tiene razón al recordar que Europa se juega parte de su futuro en España, y tiene sentido que Juliana lo recoja y lo convierta en una bandera pedagógica para apaciguar los ánimos de Madrid. Pero el conflicto que hace tambalear a España no es el que enfrenta a la izquierda y la derecha. La cuestión española que marcará el futuro de Europa es la relación entre Catalunya y Castilla. La dialéctica entre Barcelona y Madrid es el espejo interno de una tensión arquetípica entre imperios y naciones. La manera en que catalanes y castellanos se repartan la influencia y el poder tendrá repercusiones históricas. Si Barcelona todavía es capaz de conectar la tradición con una poética moderna, es porque es la capital de Catalunya. Es la profundidad de la catalanidad, enriquecida por València y Mallorca, lo que ha permitido a Barcelona resistir mejor que otras ciudades las tentaciones de la globalización y del provincianismo.
Ahora que la inteligencia artificial nos empuja con fuerza hacia las raíces, Madrid debería vigilar que, intentando disolver la catalanidad para tener un problema menos, no disuelva también España, o la convierta en un inmenso suburbio. Hay una especie de castellano con ganas de imponerse que tiene tendencia a decir que Catalunya es España. Que no sea lo contrario, y que España sea sobre todo Catalunya. Esto explicaría por qué, desde los tiempos de Torquemada, todo lo que el Estado ha hecho a los catalanes para controlarlos ha acabado atropellando el futuro de todo el mundo hispánico. Una cosa son la burocracia y los impuestos, y la otra es el polvo de la historia que mueve las cosas y alimenta la inspiración divina de los comerciantes y de los artistas.
En Bruselas, de esto saben algo.
