Con la liquidación del capital político de Rodríguez Zapatero, la involución centralista de José María Aznar es el único proyecto ideológico español que queda en pie. Cuando Aznar forzó a Pujol a votarle la investidura después de haber obtenido la mayoría absoluta, ya advertí que CiU debería abrazar el independentismo si quería sobrevivir. Ahora las izquierdas castellanas deberán elegir entre una España uninacional al estilo chino o una Catalunya más o menos independiente, hermanada con València y Mallorca a través de la Corona y de la Unión Europea. 

Puede parecer una locura, puede pasar una generación —como la que ha necesitado Aznar para imponer su programa—, pero las medias tintas se van acabando. Como en el siglo XIX, el rey es la única legitimación histórica que le queda a España. Si yo fuera Felipe VI, no estaría nada tranquilo. El régimen del 78 consiguió poner de acuerdo a la Casa Real con Catalunya y las izquierdas castellanas. Después de 150 años de revueltas y guerras civiles, incluso los catalanes que no habían olvidado el Decreto de Nueva Planta tuvieron que reconocer que el pacto no era poca cosa.

La España plurinacional de Iván Redondo y Pablo Iglesias es un procesismo sin base política. La España plurinacional se tenía que defender cuando las primeras generaciones educadas en democracia aún no se habían ensuciado con el 155. La España plurinacional tenía sentido cuando Catalunya era un país renacido de sus cenizas, que había conseguido mejorar la vida de dos millones y medio de inmigrantes de cultura castellana. La España plurinacional era una alternativa cuando el PP de Aznar empezó a acorralar al rey Juan Carlos para imponer su programa.

Siempre se dice que el independentismo partió la sociedad, pero en realidad el independentismo fue el fruto de la calidad de la cohesión y la convivencia que se había logrado en Catalunya. Aquel era el momento de plantear una tercera vía, si se quería una unidad democrática de España. Pasqual Maragall lo intentó. Su Estatut ampliado no era otra cosa que un intento de recuperar la tradición federalista republicana con el rey dentro. Zapatero no pudo o no quiso seguirle el juego y ahora, si Maragall no tiene problemas judiciales, cada vez se ve más claro que debe ser porque perdió la memoria a tiempo.

España habría podido ser el revulsivo que Alemania necesitaba para liderar Europa, y ahora es un agujero negro en manos de oportunistas frívolos y herederos del nazismo. La Corona lo tiene jodido, porque los mismos que hoy la exaltan le harán la cama cuando crean que han recuperado el control de la situación. Basta con volver al año 2000, cuando la corriente republicana del PP empezó a emerger, o con recordar qué le pasó a Alfonso XIII y cómo se enredó con Primo de Rivera. La Corona solo tiene sentido como árbitro de poderes diversos y, desde que España perdió las colonias, siempre acaba asfixiada por las pulsiones autoritarias.

Los catalanes ya no se expondrán más a ser el chivo expiatorio de España, porque no solo no tienen nada que ganar, sino que ya no tienen nada que perder

Las izquierdas castellanas podrán seguir huyendo hacia delante con la ayuda de figuras regionales como Gabriel Rufián y Arnaldo Otegi, pero difícilmente volverán a encontrar el calor de la nación catalana, como en los últimos doscientos años. Hay que leer un poco y entender la historia. La Corona sigue siendo el eslabón débil del sistema español, pero el papel de Catalunya ha cambiado. Además de ser una tierra desfigurada por la inmigración, Catalunya es una nación escarmentada. Los catalanes ya no se expondrán más a ser el chivo expiatorio de España, porque no solo no tienen nada que ganar, sino que ya no tienen nada que perder.

Con la liquidación del capital político de Zapatero y Pujol, la España oficial ha perdido la conexión con los dos motores históricos y sentimentales que impulsaron su democratización. Catalunya no desaparecerá por más inmigrantes latinos y musulmanes que Madrid vierta con la ayuda de las élites locales. De hecho, la unión entre los catalanes del Principat, Mallorca y València se irá fortaleciendo por la base a medida que la España de las autonomías se disuelva y Vox intente acentuar la imposición del castellano, que es un idioma cada vez más delgado y latinoamericano: más extranjero.

El Madrid de Aznar estirará a España hacia África y Sudamérica, y la nación catalana hacia Europa. El rey y, sobre todo, las izquierdas castellanas tendrán que elegir bando y conectarse a una historia, tanto si les gusta como si no. Quizás, a medida que se acabe la fiesta progre y se vea que el 155 no se contenta solo con los catalanes, lo entenderán. Mi apuesta es que los primeros europeos nacionales y los últimos españoles de verdad seremos los catalanes. Todo el mundo tendrá que decidir si se vende a su madre, en la España de las próximas décadas.