Hay una frase que cada vez digo más a menudo y que, sorprendentemente, todavía genera cierta incomodidad: "No escucho notas de voz". Y sin ningún "perdona" ni "lo siento" ni "lo lamento".

Aunque no sea del todo cierto. Evidentemente que escucho algunas. Si es mi madre, una amiga que me cuenta una buena noticia o un mensaje que sé que no se puede resumir en dos líneas, la escucho encantada. Pero hay una categoría de notas de voz que me ha hecho perder la paciencia: las que existen simplemente porque alguien no ha tenido ganas de escribir.

Cada día recibo unas cuantas. Algunos audios empiezan con aquel clásico "No te asustes, será rápido". Cuando escucho esta frase, ya sé que puedo ir poniendo el agua a hervir para la pasta, poner la mesa y doblar una colada antes de que lleguen al final.

Otros son aún mejores. Son los que no te mandan una nota de voz de cuatro minutos, no, te mandan ocho notas de voz de treinta segundos. Como si fragmentarlos los convirtiera automáticamente en más soportables. Y luego están los que empiezan con un "Ay, espera..." mientras saludan a alguien por la calle, se disculpan porque pasa una moto, vuelven a empezar la frase, se detienen porque los llaman, retoman el hilo y, al cabo de tres minutos y medio, llegan al motivo real del mensaje. Todo esto para decirme que mañana quedaremos a las seis.

El problema es que hemos llegado a un punto en el que el audio se ha convertido en la opción por defecto. Ya no es un recurso excepcional. Es la norma. Y tengo la sensación de que esta moda dice mucho sobre la manera en la que nos comunicamos hoy.

El audio es extraordinariamente cómodo… para el que lo envía. Hablas mientras conduces, paseas al perro, haces la cena o vas a comprar. No tienes que escribir, ni releer, ni corregir, ni sintetizar. Vas hablando y el otro ya se las apañará. Pero la otra persona sí que tiene que encontrar un momento para escucharte. Tiene que ponerse los auriculares, buscar un sitio tranquilo, volver atrás porque no ha entendido una frase y volver a avanzar porque te has quedado en silencio diez segundos mientras pensabas qué querías decir.

Es curioso. Nos hemos convencido de que los audios ahorran tiempo, cuando, en realidad, a menudo solo trasladan el tiempo de quien envía el mensaje al que lo recibe.

El audio es extraordinariamente cómodo… para el que lo envía. Vas hablando y el otro ya se las apañará

Cuando alguien me envía un correo o un mensaje escrito, en pocos segundos localizo una fecha, una dirección o una hora. Puedo buscar una palabra, copiar una información o recuperarla días después. En cambio, intenta recordar en cuál de los nueve audios te dijeron que la reunión era el miércoles y no el jueves. ¡Arqueología digital! Pero, más allá de la comodidad, hay una cuestión que aún me preocupa más: cada vez escribimos menos.

Y escribir no es solo pulsar teclas. Escribir es ordenar las ideas. Es decidir qué es importante y qué no. Es aprender a sintetizar. Es releerse. Es descubrir que aquella frase no se entiende y rehacerla.

Cuando escribes, piensas de una forma distinta a cuando hablas. Cuando hablamos, improvisamos. Cuando escribimos, estructuramos.

Quizás por eso hay audios de cinco minutos que se podrían convertir en tres líneas perfectamente claras.

Me da la sensación de que estamos perdiendo un hábito que, sin darnos cuenta, también nos hacía mejores comunicadores. Antes escribíamos SMS, correos, cartas, mensajes más elaborados. Ahora muchas conversaciones se han convertido en un flujo de voz improvisada que exige toda la atención del receptor. Y sí, ya sé que sueno como esa profesora que dice que antes todo era mejor. Y en realidad tampoco lo era. ¡Pero sí creo que escribíamos más!

Y escribir más también significaba practicar más la lengua. Pensar más en las palabras. Equivocarnos y corregirnos. Buscar un sinónimo. Eliminar una frase porque sobraba. Y con todo esto también se hacía crecer una lengua.

Y ahora, una petición pública. Mandadme mensajes o llamadme. Y, si es por trabajo, volvamos a los correos electrónicos, ¡por favor! No porque sean más elegantes —que también—, sino porque son mucho más útiles. Puedo recuperarlos, buscarlos, responderlos cuando toca y no me obligan a escuchar tres minutos de preámbulos para descubrir que la única pregunta era si el jueves me va bien una reunión.

No estoy haciendo una cruzada contra los audios. Hay momentos en los que no tienen sustituto. Una felicitación, una risa compartida, la voz emocionada de alguien a quien quieres o una noticia importante tienen una fuerza que ningún texto puede igualar.

Pero quizás deberíamos recuperar el criterio: no todo merece un audio. Y, sobre todo, no todo necesita cuatro minutos. Así pues, si algún día me enviáis un mensaje y no os lo contesto de inmediato, no penséis que os estoy ignorando.

Probablemente, solo estoy esperando ese momento tan extraño del día en el que puedo dedicar cinco minutos seguidos a escuchar una historia que habría podido leer en treinta segundos.

Mientras tanto, por favor, escribidme o llamadme por teléfono.