Las imágenes de miles de migrantes marroquíes entrando a pie bordeando el espigón del Tarajal, que separa Marruecos de Ceuta, son, sin duda, una de las instantáneas del año, si no de la década. Como en 2021, ha cogido al Gobierno desprevenido o, lo que es peor, haciendo una valoración equivocada de lo que podía suceder. Hace cinco años, durante la crisis provocada por la entrada masiva de unas 8.000 personas en 48 horas, el Gobierno desplegó unidades de la Legión y de Regulares, ya acantonadas en Ceuta, para reforzar a la Guardia Civil en el perímetro fronterizo. Ahora han entrado, según algunas fuentes, unas 40.000 personas y desde las 20 horas los tanques ya patrullan por la ciudad. El caos es importante y el presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas, ha pedido que el Estado asuma el mando único de la gestión de la crisis. Aunque no hay un factor claro sobre el origen de la crisis, es prácticamente imposible que se haya llegado a esta situación sin una relajación temporal del control fronterizo por parte de Marruecos.
La pregunta es, entonces, ¿por qué lo ha hecho Marruecos? La cautela del gobierno español y del Ministerio de Exteriores, señalando que sigue cooperando con Marruecos, deja claro que la Moncloa va a hacer un esfuerzo de contención para que no vaya a más. En parte, porque estas crisis solo se solucionan cuando Marruecos quiere. La historia demuestra que a esta situación solo se llega cuando hay un problema oculto con el régimen alauita o con el monarca Mohamed VI. Parecía, sin embargo, que si algún gobierno había llegado a sellar una alianza estable con Marruecos había sido este, tras su cambio brusco de posición en el tema saharaui. De hecho, cuando España cambió su posición sobre el Sáhara, en marzo de 2022, y calificó el plan marroquí de autonomía como "la base más seria, creíble y realista", el objetivo declarado por el gobierno era cerrar la crisis de 2021 e inaugurar una nueva etapa de relaciones con Marruecos. Sánchez incluso llegó a afirmar que el acuerdo garantizaba, a futuro, la integridad territorial de España y permitiría recuperar la normalidad en la cooperación fronteriza.
La historia demuestra que a esta situación solo se llega cuando hay un problema oculto con el régimen alauita o con el monarca Mohamed VI
Pero es evidente que, con Marruecos, los acuerdos solo pueden ser temporales. Pensar lo contrario es de una gran ingenuidad o de ser demasiado joven o inexperto. Cualquier acuerdo que no tenga en cuenta que la cooperación siempre depende de que Marruecos siga considerando que le conviene cooperar está fuera de la realidad, ya que no existirá nunca, con Ceuta y Melilla por en medio, un tratado que impida futuras tensiones. En consecuencia, existe tan solo la conllevancia. A cambio de dinero, claro. Porque cualquier acuerdo siempre tiene una limitación importante: la cooperación depende de que el régimen alauita considere que le conviene cooperar. Como que la escalada de la tensión en la frontera se ha producido días después de la visita que Pedro Sánchez realizó a Argel el pasado 20 de julio, cuesta mucho pensar que ese detalle sea insignificante. Si además se añade que tuvo un alto valor simbólico, ya que escenificó la reconciliación con Argelia, sin revertir el apoyo español al plan marroquí para el Sáhara, no es exagerado concluir que dos y dos son cuatro. Además, ese es el estilo marroquí; otra cosa es por qué lo habrá hecho Sánchez, que seguramente tiene mucho que ver con la preocupación que hay con el gas.
La crisis con Marruecos coge a la España política en plenas vacaciones. El jefe del Estado en Mallorca, donde el miércoles Pedro Sánchez realizó su tradicional despacho de verano, y el presidente del Gobierno a punto de partir el sábado cuatro semanas al palacio de la Mareta, un regalo del rey Hussein de Jordania a finales de los años 70 y que está situado al noroeste de la isla de Lanzarote. Si ya había polémica sobre su marcha de Madrid en plena ola de incendios, supongo que ahora, con la situación en Ceuta, las críticas arreciarán. Una última reflexión: esta es la primera crisis con Marruecos en que Estados Unidos ha cambiado de bando. Si en situaciones anteriores, como por ejemplo en la crisis del islote de Perejil, en julio de 2002, Estados Unidos actuó como mediador, favoreciendo la posición española, y logró que Marruecos aceptara volver a la situación anterior a la ocupación del islote, ahora Mohamed VI tiene a Donald Trump de su parte. La debilidad española es, en consecuencia, mayor y las posibilidades de que los marroquíes se hagan con Ceuta y Melilla mucho mayores.