La nieve nos fascina. Sobre todo a los que vivimos en lugares donde no nieva prácticamente nunca. O muy de vez en cuando. Desconozco las causas. Quizás alguien que domine cuestiones sobre comportamiento humano tiene alguna respuesta. El caso es que caen cuatro copos (o cuatro millones, como este fin de semana) y nos lanzamos en plancha a pisar nieve. Y hacemos muñecos. Y hacemos aquello tan incomprensible para un servidor de estirarse en el suelo mirando al cielo y empezar a mover brazos y piernas. Mientras, las televisiones llenan su programación con decenas de periodistas haciendo directos con la Filomena de turno cayéndoles toda entera encima de su cabeza y enviando crónicas enterrados de nieve hasta la cintura o volando por efecto del viento.

(Inciso: Es muy interesante que la información de los temporales ofrece el mismo patrón que de la del día de la lotería. O sea, es una sucesión inacabable de personas repitiendo exactamente el mismo discurso desde diversos lugares y ofreciendo cada vez imágenes y testimonios calcados. Y cuando crees que ya han acabado, no, todavía falta conectar con más escenarios desde donde seguiremos oyendo y viendo lo mismo. De hecho, tanto la lotería como los temporales son informaciones que podrían cubrirse con imágenes de otros años y nadie notaría nada).

Y después está la clásica sucesión de imágenes aéreas de la nevada. Antes grabadas con un helicóptero y ahora con drones, pero siempre son rato y más rato de paisajes blancos que podrían ser Arnes, Falset o La Almunia de Doña Godina, porque la nieve lo tapa todo y no se distingue nada. O directamente son una montaña que podría ser la zona de Ulldeter, Sant Miquel del Fai o Sierra Nevada. Son imágenes que acostumbran ir acompañadas del presentador de turno diciéndonos aquello de "les ofrecemos la bonita postal que nos ha dejado la nieve". ¿Pero realmente la nieve es una bonita postal, sobre todo en los lugares donde nieva de vez en cuando y que, por lo tanto, no están preparados para sufrirla?

Una nevada "espectacular" de estas que nos deja "una bonita postal" quiere decir, de entrada, adiós luz. La red eléctrica hace años que es una broma. Por lo tanto, a la que pasa alguna cosa fuera de lo normal, todo se va al carajo. Y sin luz, aparte de no ver nada, quiere decir adiós a la caldera, al agua caliente, al wifi, al ordenador, a la radio y la Televisión, a las persianas y puertas eléctricas y si dura mucho adiós también a poder cargar el móvil. Pero la "bonita postal" no acaba aquí.

Una nevada generosa quiere decir que quedan incomunicados pueblos, urbanizaciones y masías. Y también queda bloqueado el transporte ferroviario y aéreo. Quiere decir adiós a poder ir a comprar ni el pan, porque no puedes salir de casa, pero el panadero quizás no ha podido ni hacer pan. Pero también es un adiós con las orejas a ir al médico, al transporte de alimentos y de otros suministros y a desplazarse a la escuela o al puesto de trabajo. Y cuando la nieve se hiela quiere decir grave riesgo de caídas, con las consecuencias traumatológicas que se derivan. Y como esta columna es un servicio público, le dejo un espacio para que aquí usted pueda añadir el suyos propios adioses (____________________________________).

Conclusión, la nieve nos ofrece bonitas postales... ¡o no!

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