Hay momentos de nuestra vida que nos quedan grabados en el cerebro como fotografías que, por muchos años que pasen, están allí. Clavadas. Exactas. Esto es lo que nos sucedió a unos cuantos la madrugada del 22 de noviembre del año 2000. Era miércoles.

Entonces un servidor trabajaba de redactor en el equipo del programa de Josep Cuní en Ona Catalana. Ernest Lluch venía los lunes. A la tertulia. Siempre llegaba muy pronto, a veces a las siete de la mañana ya estaba por allí. Pasaba por la redacción a buscar la prensa y, a pesar que a aquella hora aquello era un campo de batalla, todos buscábamos un momento para poder intercambiar una conversación con él. Yo hacía una sección de actualidad que iba justo antes de la tertulia de las nueve menos cuarto y la grababa alrededor de las 7 y cuarto. Al principio de todo Ernest sacaba la cabeza por el control y miraba. Siempre prudente. Un día le pregunté por qué no entraba. Y desde entonces los lunes grababa con público. Después comentábamos la jugada yendo hacia la máquina de café, que estaba en la otra punta de la planta que ocupaba aquella emisora. Y eso se me permitía charlar un rato con él. Un humilde redactor ignorante de todo pudiendo oir de primera mano lo que pensaba de las cosas de la vida un sabio como Ernest Lluch. Un privilegio.

Yo tomaba un cortado y él siempre un chocolate. Y había una explicación: "Tomo chocolate porque de las bebidas que salen de una máquina de café es la más natural y la que te puede provocar menos dolor de barriga". Pero yo siempre pensé que se lo cogía porque era goloso. Me tocaba pagar siempre a mí. Y encantado. De esa manera estaba contribuyendo a agrandar la fama de tacaño que tenía Ernest y de la cual él hacía bandera. Sí, porque él era Ernest. "A mí aquí todo el mundo me llama Ernest pero en Madrid, o me dicen 'el yú' o ponen el acento en la primera E".

Después, en el directo, ya sentado a punto para empezar a comentar la jugada, pasaban mi sección, él volvía a oir lo que ya había oído antes y hacía ver que se sorprendía de las barbaridades que yo decía. Y cuándo acababa, siempre me miraba con aquella sonrisa suya relajada y me guiñaba el ojo.

Aquel miércoles de hace veinte años el despertador sonó, como cada día, a las tres y cincuenta y ocho minutos de la madrugada. Siempre dos minutos antes de la hora en punto para tener tiempo de situar el cerebro en su lugar, pensar que era una gran putada levantarse a aquella hora y poner Catalunya Informació para oír a los titulares de las cuatro. Levantarse muy pronto implica ir a dormir lo más pronto posible, con lo cual aquel repaso me permitía saber qué había sucedido desde las 10 o las 11 de la noche y empezar a ver por dónde podía ir la jornada, informativamente hablando.

Recuerdo como si fuera ahora que al oír la noticia me quedé bastante rato sentado en la cama con los pies en el suelo. Inmóvil. No lo sé, quizás fue un cuarto de hora. Ni idea. Con la cabeza apoyada sobre las dos manos y los codos clavados en los muslos. ¡A-se-si-na-do! ¡Habían asesinado a Ernest! Pero si no hacía ni dos días que habíamos ido caminando hasta la máquina del café. Pero si cuándo se fue nos dijo: "Buena semana y hasta el lunes". ¡Hostia, que bestia! ¡Le han pegado dos tiros en la cabeza a Ernest!

Las lágrimas se me mezclaron con el agua de la ducha, como después me hicieron ver borroso todo el viaje conduciendo la moto hasta BCN. Cuando entré en la redacción, me cayó el alma al suelo. Todavía más. Porque a mi desconsuelo se sumó el del resto de compañeros que entraban más pronto y que estaban intentando recoger toda la información para explicar a los oyentes que habían asesinado a Ernest Lluch. Aquel día todos aprendimos a escribir llorando. El silencio era brutal. Cuní no estaba en su despacho. Estaba en el estudio. Solo. Fui para allá. Recuerdo perfectamente que estaba en su silla, delante del micro y ojos de no haber dormido nada. Me acerqué, puse las manos en el respaldo de la silla del micrófono de al lado e intenté decirle alguna cosa. Una sollozada me lo impidió. Nos miramos y nos lo dijimos todo. De hecho, con Josep nunca más hemos hablado de Ernest.

Del resto del día no recuerdo nada. Se me ha borrado todo. El siguiente momento que tengo en la cabeza fue en la manifestación. Fuimos juntos todo el equipo. Quedamos en los Jardinets de Gracia. No había mucha gente. Cuando empezamos a bajar dirección plaza Catalunya, empezó a aparecer gente por todas partes. Decenas, centenares, miles. Nos quedamos atascados a la altura de Provenza. Desde allí le dijimos adiós a Ernest. A quien durante mucho años, cada lunes, había sido nuestro Ernest.

Volviendo a buscar la moto, vi en el suelo una Vanguardia medio estrujada con su foto en la portada. Pensé que aquel no era el mejor lugar y me la llevé a casa. Hoy hace exactamente veinte años menos dos días que aquella foto está enganchada con cinta adhesiva en la lámpara que està al lado de mi ordenador. De manera tal que hace veinte años menos dos días que cada vez que escribo alguna cosa, Ernest me mira. Cómo me miraba cada lunes y me guiñaba el ojo.

Ernest

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