Hay guerras que se entienden y guerras que se padecen. La de Irán pertenece, para la inmensa mayoría de los ciudadanos europeos, a la segunda categoría. Y hay algo profundamente revelador en esa distancia entre lo que ocupa a la clase política y lo que preocupa a la gente corriente, porque en ese espacio —en esa brecha entre el gesto y la vida— se cuece gran parte de la crisis democrática que atraviesa Occidente.
Conviene empezar por lo que debería ser obvio, pero nadie parece dispuesto a formular con claridad: en esta guerra no hay buenos. No los hay entre quienes la han iniciado y no los hay entre quienes la sufren como régimen. Estados Unidos e Israel han lanzado una operación militar contra Irán sin autorización del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, sin una amenaza inminente que justifique la legítima defensa y sin que nadie haya explicado de forma convincente cuál es el objetivo estratégico final, más allá de una demostración de fuerza cuyas consecuencias nadie parece capaz de calcular. Al otro lado, el régimen de los ayatolás es una teocracia brutal que reprime a sus mujeres, ejecuta a sus disidentes y financia milicias armadas por todo Oriente Medio. Que uno sea inaceptable no convierte al otro en justo. Y que uno responda a la agresión del otro no lo transforma en víctima inocente. Esta distinción elemental —que los adultos comprendemos sin dificultad— parece escapar a todos los actores del debate público, cada uno instalado en su mitad conveniente de la verdad.
En este escenario, Pedro Sánchez ha recuperado el “no a la guerra” como si desempolvara un traje de un armario que no se abría desde 2003. El gesto tiene algo de automático, de reflejo pavloviano: hay un conflicto en Oriente Medio, hay un presidente republicano en la Casa Blanca, hay una oportunidad de movilizar a la izquierda. Tres ingredientes, una receta conocida. El problema es que las recetas funcionan cuando los ingredientes son frescos, y estos llevan tiempo caducados.
Cada vez que un gobierno progresista prefiere la gesticulación internacional a la gestión doméstica, cada vez que sustituye la resolución de problemas concretos por la fabricación de enemigos lejanos, está pavimentando el camino de la extrema derecha
El “no a la guerra” de Zapatero en 2003 funcionó porque reunía tres condiciones que hoy no concurren. Primera, era coherente: Zapatero se oponía a una guerra concreta desde una posición que no contradecía ninguna otra de sus decisiones de política exterior. Segunda, era creíble: provenía de un líder que, por ese entonces, no arrastraba un historial de posiciones oportunistas en materia internacional. Tercera, conectaba con un sentimiento ciudadano genuino y masivo que se expresaba espontáneamente en las calles antes de que ningún partido lo capitalizara.
Sánchez, aparte de no estar en la oposición, no cumple ninguna de las tres condiciones. Su “no a la guerra” convive con el apoyo sostenido al envío de armas a Ucrania, con la presencia de fragatas españolas en el Mediterráneo oriental, con la pertenencia activa a una OTAN que él mismo ha contribuido a reforzar y con la venta de armas a Arabia Saudí, que su propio gobierno autorizó mientras el régimen saudí bombardeaba Yemen, sin que el “no a la guerra” hiciera acto de presencia. No se puede gritar “no a la guerra” el lunes cuando se han firmado contratos de armamento el viernes. No se puede invocar el derecho internacional como si fuera un principio absoluto cuando se ha aplicado de forma selectiva según el conflicto y según la coyuntura. La incoherencia no la perciben quizá los tertulianos, pero la percibe la ciudadanía, que tiene un olfato más fino para la impostura de lo que los políticos creen.
Porque aquí reside el error de cálculo más profundo. Sánchez analiza la guerra de Irán como un estratega electoral: calcula qué posición moviliza a su base, cuál le diferencia de la derecha, cuál le permite erigirse en referente moral. Y en ese cálculo no yerra del todo: el “no a la guerra” activa un resorte emocional poderoso en un sector de la izquierda española, que conserva, como un acto de fe, la memoria de las manifestaciones de febrero de 2003. Pero lo que Sánchez no ve —lo que rara vez ven los políticos cuando miran el mundo desde la burbuja del poder— es que la inmensa mayoría de los ciudadanos no está pensando en Irán. Está pensando en el precio de la vivienda, en el contrato temporal de su hija, en la lista de espera del centro de salud, en la factura de la luz, en si llegará a fin de mes o en si podrá llegar a tiempo a su destino o el tren de turno le volverá a dejar tirado. La guerra les pilla lejos. No porque sean insolidarios ni ignorantes, sino porque tienen la jerarquía de preocupaciones que tienen las personas que viven en la realidad y no en un plató de televisión. Un presidente que dedica su energía comunicativa a un conflicto lejano, mientras los problemas cotidianos de sus electores permanecen sin resolver, no está haciendo política: está haciendo teatro. Y el teatro, cuando se prolonga, genera un tipo de desprecio silencioso que termina expresándose en las urnas.
Y aquí viene la paradoja que nadie en la izquierda quiere escuchar: cada vez que un gobierno progresista prefiere la gesticulación internacional a la gestión doméstica, cada vez que sustituye la resolución de problemas concretos por la fabricación de enemigos lejanos, está pavimentando el camino de la extrema derecha. Porque Vox y sus equivalentes catalanes y europeos no crecen por lo que dicen —que suele ser bastante rudimentario—, sino por lo que los demás dejan de hacer. La extrema derecha es el síntoma de una izquierda que ha olvidado para qué gobierna.
El mejor “no a la guerra” no se pronuncia desde un atril ni se escribe en un tuit. Se construye cada día, en silencio, resolviendo los problemas que la gente tiene cuando apaga el televisor
Donald Trump, por su parte, ha cometido un error simétrico al entrar al trapo de las declaraciones de Sánchez. Calificarlo de “perdedor”, amenazar con cortar relaciones comerciales, señalar a España como “aliado terrible”: todo ello le da a Sánchez exactamente lo que necesitaba. Lo convierte en protagonista de la escena internacional, lo eleva de presidente acorralado en su política doméstica a estadista que planta cara al hombre más poderoso del mundo. Trump, que debería saber algo sobre el arte de no dar oxígeno al adversario, le ha regalado a Sánchez la mejor campaña de imagen que ningún asesor habría podido diseñar. Cada tuit airado, cada declaración agresiva, cada amenaza comercial refuerza el relato que Sánchez necesita construir: el de un líder valiente frente a un matón global. Que ese relato sea en gran medida ficticio es irrelevante; lo que importa en política no es lo que es, sino lo que parece. Y Trump ha hecho que parezca exactamente lo que a Sánchez le convenía.
Lo más inquietante de todo este espectáculo es lo que revela sobre la distancia entre la clase política y la ciudadanía. Mientras los gobiernos discuten sobre Irán, los ciudadanos se preguntan si podrán pagar la calefacción el próximo invierno o coger un tren que salga y llegue en hora. Mientras los líderes calculan posiciones geopolíticas, los jóvenes calculan si podrán independizarse antes de los cuarenta. Mientras se intercambian insultos transatlánticos, las listas de espera sanitarias se alargan y los trenes se vuelven a retrasar. La guerra es real, terrible, y merece una posición seria —no un eslogan reciclado ni un arrebato tuitero—. Pero la política seria exige algo que escasea en ambos lados del Atlántico: la honestidad de reconocer que en Irán no hay bandos limpios, la coherencia de aplicar los mismos principios a todos los conflictos y la humildad de entender que a los ciudadanos les importa, ante todo y sobre todo, su vida cotidiana.
Porque el mejor “no a la guerra” no se pronuncia desde un atril ni se escribe en un tuit. Se construye cada día, en silencio, resolviendo los problemas que la gente tiene cuando apaga el televisor: resolviendo el problema de la vivienda, acortando las listas de espera, haciendo que los trenes lleguen a su hora, garantizando empleos dignos y salarios que alcancen para vivir. Eso es política. Lo demás —los eslóganes reciclados, las declaraciones institucionales sin consecuencia, las batallas de ego entre líderes que se necesitan mutuamente como adversarios— es ruido. Un ruido que, cuando se disipe, dejará intactos todos los problemas que nadie quiso resolver mientras estaba ocupado gesticulando ante las cámaras. Y esos problemas intactos, no las guerras lejanas, son los que al final deciden las elecciones.
