El exconsejero delegado de la Banca Privada d'Andorra (BPA), Joan Pau Miquel, ha declarado en el juicio contra los Pujol Ferrusola que el comisario de Asuntos Internos, Marcelino Martín Blas, en un encuentro, le mostró un papel para que lo leyera, y le comentó que “el Estado español está en guerra contra el nacionalismo catalán”. Quería que colaborara facilitando información o cuentas bancarias de las familias de Mas, Junqueras y Pujol. Nada nuevo (viniendo como venimos de la guerra sucia contra Mas, Trias, todos los consellers de la Generalitat, incluyendo al president, muchos de los consellers anteriores, los Jordis o el activismo independentista en general, que incluso fue tachado de terrorismo), si no fuera por la crudeza de la expresión. Verlo formulado de este modo, incluso escrito de este modo, y de parte de quien venía y en el ámbito internacional donde se producía, nos recuerda la envergadura del asunto. Del poder que teníamos, del poder que tuvimos como movimiento y de las consecuencias que tiene no ganar las guerras. No, no fue una actuación díscola de unos pocos, ni la malversación o prevaricación de ningún gobierno, ni la ocurrencia ilusa de ningún grupo de personas que derivó en unas desafortunadas causas judiciales: fue una guerra.
En el contexto actual, en el que vuelan cohetes y tomahawks y drones en Oriente Medio (y en Ucrania), la guerra es más física y más directa y nos tiene a todos en estado de alerta. Pero España tuvo que recurrir a las más irregulares (y delictivas) vías administrativas, judiciales y policiales para detener el avance decidido del movimiento independentista catalán, que ya se había extendido mucho más allá de los convencidos de siempre. Que los pujolistas se hicieran independentistas era el botón rojo que España temía. Todo podía suceder y era tolerable hasta que se produjera aquello: si aquello se producía, ellos pulsarían su propio botón rojo. En concreto, como decía, no se trataba de enviar militares, ya que esta medida (que sí estaba prevista en tiempos de la Transición, tal como han acreditado los papeles oficiales del Ministerio de Defensa surgidos a raíz de la desclasificación del golpe de Tejero) no habría correspondido a un Estado moderno y porque los soldados no habrían sabido contra quién disparar: ¿contra toda la población? ¿Habrían seleccionado solo a algunos? ¿Al gobierno? ¿A los manifestantes? Esa medida no era posible sin iniciar un conflicto civil (que les habría hecho perder el relato y la guerra, a medio plazo), de modo que decidieron cargarse su democracia desde dentro: utilizar la policía, los ministerios y los jueces para ahogar y descabezar a nivel personal lo máximo que pudieran. Forzando la ley, retorciendo la ley, vulnerando la ley, “y ya nos encontraremos en Europa si me denuncias”. El mal ya estaba hecho: el pacto del 78 estaba roto y ni siquiera el 'Govern de tothom' es capaz de proponer uno nuevo. Desde la independencia, no ha existido ninguna otra propuesta. Ninguna que no sea la de castigar, censurar y someter. Sí: todavía estamos en la posguerra.
España tuvo que recurrir a las más irregulares (y delictivas) vías administrativas, judiciales y policiales para detener el avance decidido del movimiento independentista catalán
De la posguerra se sale o bien con una nueva ola de conflicto —por no haber sabido resolver el conflicto anterior (o por haberlo resuelto de forma demasiado humillante o artificial)— o bien con una nueva propuesta. Por ejemplo, un pacto plurinacional de reforma de la Constitución. No ha sucedido: sobre la mesa (madrileña o suiza) han pasado propuestas sobre competencias de inmigración, sobre financiación singular en la línea del concierto económico, sobre traspasos de Rodalies… todo ha quedado en un “sí, sí, vale, vale” que el tiempo ha desfigurado con silencios escandalosos o con soluciones vergonzosas. Votadme los presupuestos a cambio de nada, o de casi nada, o bien facilitaréis el paso a la extrema derecha. De hecho, lo más impactante de este mes, lo más pornográfico, y hablando de guerras, ha sido Illa (y el consejero Duch) vinculando la atmósfera de Tercera Guerra Mundial con la aprobación de los presupuestos de la Generalitat. Del presidente Sánchez debía de querer imitar su suerte (cierta e innegable) por haber encontrado un Trump malévolo contra quien erigirse en héroe del progresismo, aprovechar la inercia de las energías exteriores para usar los malos vientos a su favor. El problema es lo que dicen que afirmaba Tarradellas, el president tan invocado por Illa: “en política se puede hacer de todo, excepto el ridículo”.
“Si te pones en el todo o nada, a menudo te quedas con el nada”, invocan desde el lado socialista. Supongo que se trata de la misma filosofía que aplica el equipo de fútbol del president para intentar explicar su limitada (pero respetable) gloria deportiva. Ante la mediocridad de estos mensajes y de estas actitudes (“el principio de realidad”, dicen los de alma más gris), que aún emerjan figuras firmes y sólidas como Joan Laporta es todo un recordatorio: cuando nos lo proponemos, y cuando nos mantenemos firmes, no hay excusas sobre el supuesto “principio de realidad” que valgan. Ni ningún apoyo de los grandes medios, ni grandes subvenciones de los gobiernos o ayudas de los lobbies, que puedan tumbar la verdad: en guerra, si pierdes la pasión, lo pierdes todo. Ah, y el principio de realidad lo marcaremos nosotros.
