La invalidación de las pruebas del Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos —conocido popularmente por la sigla en inglés PISA— realizadas por los estudiantes catalanes en 2025 a causa de una "incidencia técnica" es la gota que ha dejado definitivamente al descubierto la incompetencia del Govern del PSC que preside Salvador Illa. El partido siempre había contrapuesto su capacidad de gestión a la supuesta ineficacia de los gobiernos soberanistas de JxCat (antes PDeCAT y CiU) y ERC, pero a la hora de la verdad lo que debía ser su buque insignia ha hecho aguas estrepitosamente. Tanto que, en la práctica, el Govern del 133.º president de la Generalitat se ha convertido en el peor Govern de todos los que ha tenido Catalunya desde 1980, después del restablecimiento de la autonomía con carácter provisional en 1977 con el regreso de Josep Tarradellas.
El caso del fiasco de las pruebas PISA, promovidas por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) en todo el mundo, es especialmente grave en la medida en que deja al descubierto las carencias de un sistema educativo cuyo nivel ha tocado fondo gracias a la negligencia de unos mandatarios más preocupados por quedar bien ante la galería que por llevar a cabo el trabajo que les corresponde. La consecuencia es que hoy el conjunto de los alumnos de Catalunya, debido, entre otros factores, a la absorción desproporcionada de estudiantes inmigrados que han hecho caer de forma escandalosa precisamente el nivel, no da la talla, y por este motivo han preferido dejarlo fuera de los resultados de las pruebas PISA que no que se viera el fracaso de las políticas que ponen en práctica. Esto es lo que ocurre, y esto no es una "incidencia técnica", es la muestra de la necedad, de la ineptitud y de la insolvencia de quienes gobiernan Catalunya.
Y aquí son todos corresponsables de ello: los que han gobernado antes y los que lo hacen ahora, pero es obvio que el PSC es el principal culpable y el que ha terminado de destrozar un modelo que había sido de éxito y que ahora compromete el aprendizaje de las generaciones futuras. Es normal que, en estas circunstancias, la actual consellera de Educació, Esther Niubó, sea señalada como la responsable política del enésimo disparate que perpetra el Govern de Salvador Illa. Lo que no es normal es que todo el mundo se salga por la tangente y nadie asuma la responsabilidad de las "incidencias técnicas" que acumula este Govern desde que ahora hace dos años —se cumplen justamente mañana día 12 de agosto— tomó posesión y que, vaya qué casualidad, siempre son culpa de los demás. La propia Esther Niubó —a la que, por cierto, se le acumulan los problemas con un nuevo error en la adjudicación de plazas a docentes— ha culpabilizado del revuelo sobre las pruebas PISA a los gestores de los centros escolares y, además, parece que lo ha hecho valiéndose de alguna mentira.
En el ecuador del mandato, el balance es para salir corriendo, porque el escándalo en torno a las pruebas PISA y el desbarajuste general que arrastra el Departament d'Educació son solo los penúltimos de una larga lista de despropósitos que ni el más astuto de los adversarios hubiera imaginado nunca que el PSC fuera capaz de cometer. El colapso de Rodalies, agravado por los socavones que provocan las obras que se realizan, es estratosférico, pero la consellera del ramo, Sílvia Paneque, titular de Territori, Transició Ecològica i Habitatge y que quizás tiene la cabeza distraída con la candidatura a la alcaldía de Girona que su jefe, el 133.º president de la Generalitat, quiere que ocupe en las elecciones municipales del próximo año, también se sacude las pulgas de encima. Las autopistas están cada vez más saturadas y las carreteras más dejadas; la sanidad no da abasto con unas listas de espera devastadoras; la inseguridad ciudadana está desbocada; la vivienda es inaccesible; los servicios públicos están a un paso de la quiebra, y el desfalco de la Direcció General d’Atenció a la Infància i l’Adolescència (DGAIA) —en este caso también están enlardados todos— se ha intentado esconder debajo de la alfombra, pero aquí no pasa nada, todo es culpa de otro.
El comportamiento de la portavoz del Govern, especialista, con esa voz mortecina, en echar balones fuera y en hablar mucho para no decir nada, es, de hecho, el paradigma de la actuación de este Govern que ni los más antiguos exmilitantes de un PSC que hace años que renunció alegremente al alma catalanista reconocen. Y es que, pese a las dificultades que tuvieron, la presidencia de Salvador Illa no aguanta comparación alguna con la de Pasqual Maragall ni incluso con la de José Montilla. Ambas son infinitamente mejores que la del exministro de Sanidad y exalcalde de La Roca del Vallès, cuya excusa preferida para esconder las múltiples deficiencias de su gestión son los "problemas técnicos" que ya no se cree nadie y que todo el mundo sabe que en realidad esconden graves problemas políticos. Por eso no es de extrañar que a mitad del mandato las encuestas le pronostiquen una bajada severa en las próximas elecciones catalanas —tocan en el 2028—, que, sin embargo, parece que ganaría, pero con un desgaste considerable que, según cómo, le impediría mantenerse como president de la Generalitat.
Salvador Illa tiene, además, un inconveniente añadido que lo desmerece especialmente: el trato arisco y desdeñoso, a menudo altivo y fanfarrón, que dispensa a según qué rivales políticos y que lo hace singularmente desagradable. Si lo hace sin darse cuenta, mal, y si lo hace siendo plenamente consciente de ello, peor. Si él no lo ve, ¿ninguno de los muchos asesores que lo rodean tampoco lo percibe y no es capaz de corregirle un comportamiento que lo lastra? Porque el caso es que, cada vez que se ceba con determinados dirigentes políticos, su índice de aceptación entre la gente pierde enteros que luego ya no recupera. Se le nota mucho que estos dirigentes políticos no le caen bien, pero con su actitud hostil lo único que consigue es dilapidar el respeto institucional que, como máximo gobernante de Catalunya, debe a todos los catalanes, incluidos los líderes políticos que no le gustan. Está a años luz de Pasqual Maragall y también de José Montilla, cuya presidencia, criticable en otros sentidos, fue, eso sí, institucionalmente impecable.
El líder del PSC no ha configurado el Govern de todos, como dice la propaganda oficial, sino el Govern de los peores que la realidad del día a día impone
Artur Mas, cuando a finales del 2010 llegó por fin, después de dos intentos fallidos, a la presidencia de la Generalitat, realizó un anuncio grandilocuente de aquellos que tanto fascinaban a las factorías, primero, de David Madí y, después, de Francesc Homs: que formaría el Govern de los mejores. Más allá de un eslogan más o menos acertado, el resultado es que el equipo del que se rodeó el líder de CiU fue reconocido rápidamente, y muy a su pesar, no por ser el Govern de los mejores, sino por ser el Govern de los recortes, de muchos de los cuales el país todavía no se ha recuperado hoy. Talmente como si pretendiera emular a su predecesor en el cargo, el líder del PSC no ha configurado el Govern de todos, como dice la propaganda oficial, sino el Govern de los peores que la realidad del día a día impone. Le quedan dos años para enderezar el rumbo o para acabar de hundir el prestigio de una de las instituciones fundamentales del autogobierno de Catalunya, convertida hoy en mera gestoría en Barcelona de los intereses del PSOE en Madrid.
El último ejemplo de supeditación no podía ser más reciente: la acogida de menores llegados a Ceuta en una de las mayores crisis migratorias que se recuerdan en Europa. Al Govern le ha faltado tiempo para ofrecerse desinteresadamente a recibirlos, como si en Catalunya los perros se ataran con longanizas. Nunca se han atado con longanizas, y menos ahora que las costuras económicas del país están a punto de reventar, pero, a pesar de ello, si este Govern tiene que elegir entre el país y Pedro Sánchez, no cabe duda de qué opción le hará escoger Salvador Illa.
