Dentro de la memoria colectiva de la gente de mi hornada encontramos una melodía suave, con un solo de guitarra que acompaña a una voz de una Suzanne Vega muy joven que dice, como quien no quiere la cosa, "My name is Luka, I live on the second floor..." Así empieza una canción que discretamente pero de forma desgarradora habla sobre el maltrato infantil, una lacra de nuestro mundo que a menudo escondemos o no sabemos ver. No he podido parar de recordarla esta semana después de escuchar un seminario celebrado en mi facultad sobre cómo la salud mental del adulto se arraiga en la infancia. Quizás no somos conscientes, pero Unicef ha empezado campañas para concienciarnos que 1 de cada 4 niños/niñas entre 2 y 14 años de todo el mundo serán maltratados y en algún momento de su vida serán objeto de violencia, abandono o maltrato físico, emocional, sexual... Cada cinco minutos un niño muere de maltrato o abandono. Estos números hacen estremecer porque son evitables. Pone los pelos de punta saber que hay países en los que ser un niño y niña maltratados es la norma en vez de la excepción.

Pues bien, los niños que sobreviven al maltrato, cuando se vuelven adultos, tienen una mayor probabilidad de sufrir enfermedades psiquiátricas y disfunciones del comportamiento, como esquizofrenia, comportamientos violentos e, incluso, de suicidarse. Es decir, no sólo sufren de jóvenes, siendo totalmente inocentes, sino que también de adultos suelen pagar las consecuencias. Y las razones por las cuales eso es así son multifactoriales, e interviene tanto la genética como la epigenética, es decir, intervienen los genes, el ambiente y el azar. Pero para comprenderlo un poco mejor tenemos que explicar un poco de fisiología.

Los niños maltratados, cuando se vuelven adultos, tienen una mayor probabilidad de sufrir enfermedades psiquiátricas

El organismo es como una máquina muy compleja que tiene múltiples puestos de control y regulación. El sistema más relevante de nuestro cuerpo que controla la respuesta al peligro y el estrés se llama el eje HPA, en inglés, las siglas de hipotálamo-hipófisis-glándula adrenal, y que podríamos pensar que actúan como si fueran el director-jefe de servicio-personal administrativo. Pues bien, una parte del cerebro, el hipotálamo, ejerce de director y cuando recibe señales de peligro (por lo que ve, escucha o siente), suelta una hormona que será recibida por la hipófisis, que sería el jefe de servicio. La hipófisis es una glándula en forma de perla que cuelga justo en medio de nuestro encéfalo, la cual, al ser estimulada, producirá otra hormona que será recibida por las glándulas adrenales (también llamadas suprarrenales, porque están situadas como sombreros encima de los riñones). Estas glándulas suprarrenales son las que finalmente liberan la hormona que permitirá al cuerpo responder a esta situación de peligro, el cortisol. El cortisol es un glucocorticoide (muy similar a la cortisona que se nos da cuando tenemos un dolor insoportable en alguna articulación), y tiene el mismo efecto, nos anestesia del dolor y nos prepara para luchar o para huir. Todo el cuerpo en tensión, el corazón y la respiración acelerados, las células reciben y responden a esta señal de alarma. Y el hipotálamo también recibe la señal, cerrando el círculo, para decidir si hay que continuar o no hay que continuar.

El cortisol, producido como respuesta al estrés, de forma continuada provoca graves disfunciones

Ahora bien, el cortisol, esta hormona tan potente, está pensada para ser usada de forma temporal. Si hay un depredador, tenemos que correr, esquivarlo o hacerle frente; luchar o huir (fight oro flight, en inglés). Si estamos a punto de caer, tenemos que reaccionar y agarrarnos. Si nos hemos hecho daño, tenemos que hacer frente al dolor. Todo eso depende del cortisol. Pero un estado de alerta y estrés permanente es contraproducente. El cuerpo está literalmente sumergido en su propia hormona del peligro, y esta empieza a tener efectos no deseados en múltiples órganos, en el corazón, en los huesos, en el cerebro... por lo cual, pasado un umbral, las células intentan adaptarse, poner freno a la respuesta continuada, volverse "impasibles" a esta situación.

Los niños maltratados tienen estructuras cerebrales disfuncionales a causa del exceso de cortisol producido por el estrés

Pues bien, cuando a un bebé o a un niño no lo cuidan, lo maltratan y recibe violencia física o emocional, vive esta situación como una situación de estrés no controlable. El niño no sabe por qué no lo cuidan, no le dan de comer, le pegan, le gritan, abusan sexualmente de él o no lo quieren, no sabe el porqué de nada de lo que le pasa y su cerebro se estresa de forma incontrolada, generando una producción continuada de cortisol que inunda literalmente el cuerpo. Y como su cerebro está en crecimiento, y sus neuronas están haciendo conexiones, estas experiencias marcan un camino que no es el que se tendría que seguir. Hay estudios que demuestran que zonas del cerebro muy determinadas, como el hipocampo, no crecen correctamente y quedan más pequeñas, mientras que otras, como la amígdala, crecen más. Estas zonas del cerebro controlan la memoria, las emociones y el sentimiento de satisfacción, y su disfunción será más o menos grave dependiendo de la ventana de edad en que el maltrato ocurre, no es lo mismo que te desatiendan durante los tres primeros años de vida que se produzca el maltrato cuando tienes 10 años. El cerebro humano, sobre todo cuando se desarrolla, es muy resiliente y se adapta, pero tiene límites y cuando se superan estos límites, intenta minimizar y huir mentalmente de todas aquellas experiencias que le hacen daño, pierde memoria específica, se disocia de la realidad, o se la inventa, y también puede reaccionar violentamente. Y cuando no puede hacerle frente, se deprime porque no ve ninguna salida. Se encuentra en un pozo sin fondo. E incrementa la probabilidad del suicidio.

Variantes genéticas combinadas con la epigenética explican la susceptibilidad en la depresión

¿Y eso pasa en todos los niños maltratados? No, claro que no en todos, pero estos niños son muchísimo más susceptibles y vulnerables que un niño que ha sido cuidado y amado. Se sabe que hay factores genéticos que predisponen a una respuesta disfuncional al maltrato. Se ha descubierto que chicos (sexo masculino) que han heredado una variante genética en el gen MAOA (monoaminooxidasa A, una enzima necesaria para hacer neurotransmisiones importantes para que las neuronas se hablen entre ellas) y, además, han vivido en familias desestructuradas o han sufrido maltrato, presentan unas reaccionas violentas incontrolables a pequeños estímulos que perciben como ofensivos, pero no es así si han vivido en familias que los han cuidado. Es decir, este comportamiento disfuncional es fruto de la interacción de una variante genética más el ambiente. Igualmente sucede con variantes en genes receptores de serotonina, otro neurotransmisor que permite "hablar" a  las neuronas. Por otra parte, también hay respuestas adaptativas que intentan "silenciar" estos señales continuos de peligro. De manera epigenética, las situaciones continuas de estrés con cortisol elevado provocan que zonas muy sensibles del cerebro se insensibilicen, silenciando los genes que codifican para los receptores del cortisol. Eso sirve de manera momentánea, pero a cambio, la respuesta al estrés o al peligro se ve modificada de manera que, cuando el niño se hace adulto, responde de forma exagerada a situaciones de estrés moderado que pueden, incluso, acabar en suicidio.

Muchos de estos estudios genéticos y epigenéticos se han hecho primero en ratones, incluso hay uno apenas publicado, pero al final todos se demuestran en humanos. Por lo tanto, seamos los mejores padres que podamos, protejamos a nuestros niños, sensibilicemos a todo el mundo que no hay mejor inversión para la salud mental de los adultos del futuro que amar a nuestros hijos. Amarlos no nos asegura que no habrá enfermedades psiquiátricas, pero disminuiremos uno de los factores más importantes. Y, además, seremos más felices.

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