"Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora"
Mateo,25
Todo aquello en lo que creíamos como ciudadanos occidentales se desmorona. Los trenes que creíamos seguros, descarrilan y arrastran a otros en su desplazamiento mortal; la electricidad se desvanece y arrastra con ella nuestras comunicaciones, transportes y civilización en general; la climatología se enerva y arrastra con sus aguas desbordadas y sus nieves incontroladas nuestras viviendas y nuestras vidas; las fronteras son avasalladas y arrastran en su debilidad nuestra confianza y nuestra seguridad; las enfermedades se propagan viralmente y arrastran nuestra carne mortal. Todo ello nos causa estupor, de tan poco habíamos pensado en nuestra vulnerabilidad, en el esfuerzo necesario para mantener en pie nuestro invernadero civilizacional. Por eso temblamos todos.
Los desastres nos cercan desde hace una década y no es que no existieran antes, es que nuestra posición en el mundo, nuestro desarrollo y nuestro esfuerzo los habían mantenido más o menos a raya. Solo el mal humano parecía oponerse a nuestro edén y por eso, terroristas, bandas, asesinos habían devenido la amenaza más fuertemente percibida por la población. A combatirla nos entregamos.
Pero el mundo no había dejado de girar y nosotros al parecer sí. Volcanes, riadas, nevadas, sequías, frío y calor extremo vinieron a sacarnos de nuestra cajita caliente de cartón. Eran fenómenos naturales, tal vez exacerbados por nuestra codicia de planeta, y aun así nos partíamos la cara por ver si un coche menos y un tapón con cuerda más los podían conjurar. Se trataba de los desastres de fuerza mayor, los desatados por los dioses inexistentes, que nos mandaron a dominar la tierra sin que fuéramos capaces de obedecerles. Aquí la razón nos impone la búsqueda de soluciones, los trabajos paliativos de la fuerza natural, la prevención en nuestro modo de vivir. Aún no lo hemos logrado y en esa incapacidad sí entran otras responsabilidades y otras culpas: por construir indebidamente, por robarle espacio a las aguas y los volcanes, por no saber encauzarlos.
Luego llegaron otros daños de factura probablemente humana, que en muchos casos emanan de la negligencia y en los que estamos tomando por costumbre dejar que la niebla cubra las causas. A veces, o cuando conviene. ¿De dónde salió finalmente el virus de Wuhan? ¿Un bicho infecto, un mercado o un misterioso laboratorio con responsables humanos? No hay una explicación cerrada y unívoca del mayor evento disruptivo que ha amenazado a la humanidad. Bien por nosotros como especie. O tengamos la gestión de la riada de Valencia, inevitable en sí, claramente mejorable en la gestión del riesgo humano y en la prevención mediante infraestructuras. Algunos lo consideran doloso.
Las negligencias ya implican responsabilidad y tienen correlato penal. El apagón misterioso, del que tampoco se han aclarado oficialmente las causas, que paró nuestro país durante horas y que causó muertes, aunque no fueran para todos visibles. Aquí la gestión humana entra en juego de forma evidente y en la gestión de lo público, como no, entra la responsabilidad política. No la hubo. No sabemos si se puso remedio efectivo ni si puede volver a suceder.
En otro apartado están las catástrofes dolosas, las que se encaraman sobre la culpa de aquellos que hicieron cosas indebidas, a sabiendas de que nos ponían en riesgo. Existen. Deben ser castigados.
Los avisos sobre las deficiencias y los riesgos se habían producido sin efecto, por ejemplo, en la línea Barcelona-Madrid
El grave accidente ferroviario de estos días aún no tiene categoría, aunque sí sabemos con certeza que no pertenece a las de fuerza mayor o fenómenos naturales incontrolados. Aquí la muerte ha llegado con claro componente humano. Como en todos los accidentes, puede que no haya una sola causa, sino una confluencia de varias de ellas, todas dependientes en último caso de decisiones humanas y no de los hados. Es importantísimo dar con ellas, por la memoria de las desgraciadas víctimas, pero también para evitar nuevos desastres y para restablecer la confianza ciudadana e internacional en una alta velocidad que pasaba por ser modélica en el mundo. Temblores. ¿Quién no piensa ahora que si la falta de mantenimiento, la desidia, la corrupción o cualquier otra miseria humana había llegado al tramo de Adamuz no pueda haberse reproducido en cualquier otro lugar por el que hayamos de atravesar? No es enfrentamiento político, ni politiquería, ni bulería: es la necesidad de saber y de estar seguros.
No debemos andar descaminados ni en nuestros estupores ni en nuestros temblores. Los avisos sobre las deficiencias y los riesgos se habían producido sin efecto, por ejemplo, en la línea Barcelona-Madrid. Han tenido que ser los maquinistas los que, ante el riesgo cierto y el impacto del fallecimiento de uno de sus compañeros, decidieran unilateralmente bajar la velocidad de travesía a 230 kilómetros por hora en un tramo marcado hasta 300 por Calatayud. Curiosamente, debieron meter el dedo en la llaga porque ha sido Adif la que ha decidido no solo hacerles caso, sino rebajar la velocidad hasta los 160 km hora —la mitad de la permitida— para revisar la infraestructura. ¿Es por el capricho de los ferroviarios o debieron hacerlo antes? ¿Qué riesgos hemos corrido yendo y viniendo de Barcelona a Madrid y viceversa? Animemos a los profesionales a hacer públicos todos sus temores y sus riesgos porque son también los nuestros.
Hay que esperar a la investigación, nos remachan, y no podemos por menos que decir que esperar no es desesperar y que no puede tratarse de un nuevo caso de indefinición de las causas para evitar responsabilidades, como sucedió con el apagón. En este caso, además de la comisión técnica —con ciertas trazas de falta de independencia— tenemos también al juzgado de Montoro, que precisará de toda la asistencia, y a una compañía extranjera implicada que no se va a allanar por intereses políticos internos.
Serenidad y razón, todas; ocultaciones, ninguna. Las sospechas sobre la gestión del Ministerio de Transporte y sobre sus contrataciones son demasiadas como para aceptar nada que no sea llegar al fondo y exponerlo ante los ciudadanos estupefactos y temblorosos de un país que se sentía fuerte y seguro y cuyas certezas comienzan a agrietarse, exactamente igual que sus vías.
