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La irrupción de sesenta mil nadadores en las playas de Ceuta (me acojo a los datos de la BBC) ha derivado, antes que nada, en una lucha de adjetivos sobre cómo denominar a este grupo de individuos eminentemente masculinos que nos han turbado la soporífera paz de la canícula. Hay una minoría de la izquierda radical de la Vieja Europa que, con un sentido del humor muy loable, ha tenido la pachorra de llamarlos asylum-seekers. Pero con un simple vistazo a las carreras de estos conciudadanos del mundo basta para comprobar que (sin enmendar ni una coma al estrés que uno experimenta cruzando el mar ilegalmente) la estampida en cuestión es una nueva orquestación de Marruecos para tocar las narices a España. En este sentido, más allá del asilo o de la pura ilegalidad, yo diría que la mejor forma de describir a esta gente es llamarlos como lo que son: la carne de cañón migratoria de un dictador sanguinario.

Con la anécdota basta para enrabietarse, porque ya tiene su guasa que un impresentable como Mohammed VI (que hace preservar las costumbres religiosas a su población de una forma bastante estricta... mientras él vive en París zampándose toneladas de champán y algún jovencito ciertamente púber) utilice las ansias legítimas de prosperar de sus súbditos para lanzarlos al mar como simple carnaza política. Pero bajo esta fuente de indignación se esconde algo más serio; a saber, la realidad indiscutible según la cual un dictador puede hacer tambalear las fronteras de un país soberano-democrático por el simple hecho de alborotar la geopolítica. Hay que decir que España se lo ha estado poniendo fácil durante lustros, pues diferentes presidentes han tolerado que Marruecos vaya drenando mano de obra barata hacia la península a cambio de que, además de acoger ahogados, el Mediterráneo siga siendo una de las grandes vías mundiales del comercio de drogas.

Si hacemos un análisis de los hechos de Ceuta guiándonos por el sentido tradicional-europeo del concepto de soberanía (más en concreto, en lo que se refiere a la inviolabilidad de las fronteras de un Estado), resulta totalmente legítimo describir el desbarajuste como una invasión y, desde este punto de vista, la derecha española y la catalana tendrían toda la legitimidad del mundo para hablar de una crisis de Estado de primer orden; una europeísta a la carta como Giorgia Meloni, que solo sufre por el bienestar de los veintisiete socios de la Unión cuando la cosa va con ella, ha seguido al pie de la letra este manual de filosofía política a la hora de proponer la expulsión española de Schengen. También lo han hecho, solo faltaría, Santiago Abascal, que desembarcó en Ceuta unos días después de la crisis porque debía estar cascándose un finito en su rancho, así como los nuevos faros mediáticos de la ultraderecha española, a quienes la misma gente de Ceuta expulsó de la calle por pesados.

Nos encontramos más bien ante un campo de pruebas a partir del cual las excolonias de Europa están mostrando los dientes a los antiguos dueños para desestabilizar el orden mundial

Servidor es hijo de la teología política del siglo XVII y comparte al pie de la letra esta noción inmunitaria de la soberanía; pero de la misma forma que considero naïf la pretensión liberal de favorecer el movimiento de personas y mercancías sin que el bienestar de ciertos países vaya en declive, también me parece un poco surrealista el hecho de suspirar por un mundo escasamente poroso a nivel migratorio. Si un hombre tan poderoso como el presidente de los Estados Unidos no puede controlar la llegada de inmigrantes a su país —ya sea con una serie de patrullas fronterizas repletas de agentes con muy mala leche o con una zanja gigante de piedra—, pues ya me diréis qué puede hacer Europa teniendo frontera acuosa con África. Esto no quita ningún tipo de responsabilidad al tirano de Marruecos ni a la parsimonia española, pero todos los partidos políticos que continúen viendo Europa como un jardín botánico tienen un sentido del realismo bastante desenfocado.

¿Esto de Ceuta es una invasión, pues? Yo diría que, dado el más que probable retorno de la totalidad de inmigrantes a su país de origen, nos encontramos más bien ante un campo de pruebas (o por decirlo a la Baudrillard, de un simulacro) a partir del cual las excolonias de Europa están mostrando los dientes a los antiguos dueños para desestabilizar el orden mundial. Por eso entiendo que, muy en su línea cachonda-psicopática, Pedro Sánchez decidiera que la crisis migratoria era un buen momento para publicitar un vídeo con sus canciones favoritas del año. Al fin y al cabo, se ha demostrado que la mayoría de los inmigrantes ilegales que entran en España pueden transformarse en ciudadanos de bien con un simple decreto del Consejo de Ministros; y si alguien tiene tentaciones de enfadarse, siempre le puedes recordar que la mayor parte se acabarán quedando en los Països Catalans, donde la gente es demasiado políticamente correcta para protestar.

De momento...