Cuando Pablo Casado ganó las primarias que le catapultaron al liderazgo de la derecha española, en el partido de Albert Rivera lo celebraron. Soraya Saénz de Santamaría, a su entender, les hubiera abierto un agujero en el centro y cegado las posibilidades de crecimiento. Así lo leyeron: Casado era una oportunidad para ensanchar la base electoral por el centro sociológico.

Apenas cuatro meses después, no hay constancia de que la dirección de los naranjas haya decidido hacer ese tránsito, sino más bien lo contrario. En la hiperventilada carrera por la hegemonía de la derecha y más allá de decisiones sobrevaloradas como la de desbloquear la tramitación en el Congreso de algunas leyes, Rivera ha salido como pollo sin cabeza a la conquista del voto más ultra con el uso partidista de los símbolos y las instituciones en lugar de con palabras y argumentos. De proyecto, mejor ni hablamos en alguien que un día se acuesta socialdemócrata y al siguiente se levanta ultraliberal.

Altsasu ha sido el mejor ejemplo de por dónde se dispone a transitar Rivera de aquí a las próximas elecciones erigiéndose en máximo defensor de la Guardia Civil y la unidad de España como si España sólo hubiera una y la Benemérita le perteneciera por derecho.

Bien haría la izquierda en afrontar ese debate que siempre tuvo pendiente con los símbolos nacionales para evitar que la derecha siga apropiándose de ellos como ha hecho siempre

Igual que la calle no es de los radicales ―y Rivera tiene todo el derecho a manifestarse dónde quiera sin ser increpado ni escoltado por la Policía―, la Guardia Civil y la bandera tampoco lo son de Ciudadanos. Y bien haría la izquierda en afrontar ese debate que siempre tuvo pendiente con los símbolos nacionales para evitar que la derecha siga apropiándose de ellos como ha hecho siempre.

Nadie se atreve a abrirlo porque una vez que Pedro Sánchez se envolvió en la enseña nacional durante la presentación de su candidatura para la Presidencia del Gobierno y le linchamos, pese a que el gesto pretendía una señal de moderación, de institucionalidad e incluso de viraje al centro político.

Todo ello ocurrió a pesar de que los principales dirigentes de Podemos, incluido Pablo Iglesias, a menudo han defendido que no se podía regalar a la derecha los conceptos ni los símbolos de la patria y de España.

Ahora, la grave crisis territorial y el encendido debate catalán han vuelto a poner de manifiesto que PP, Ciudadanos y ahora Vox se desenvuelven más cómodamente al abrigo de la rojigualda que el resto de los partidos. Algo tendrá que ver que fuera la bandera de la dictadura y de sus herederos políticos más o menos directos, pero si la izquierda quiere combatir el uso partidista de símbolos e instituciones, algún día tendrá que ponerse a ello en serio, y no sólo con la denuncia ocasional.

Se empieza con el himno, se sigue con la bandera y la Guardia Civl y se llega, como ya hemos llegado, a la patrimonialización de la Constitución. Si Rivera reparte ya carnés de constitucionalistas en función de quien acudiera o no a Altsasu a defender la unidad de España y la Guardia Civil, Casado lo hace en función de quién sí o quién no apoya la convocatoria anticipada de elecciones. ¡Hasta ahí podíamos llegar!

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