Como todo ser vivo, los humanos somos un producto de la evolución de la vida en el planeta. Y esto nos hace muy ambivalentes en nuestros comportamientos. El sociobiólogo E. O. Wilson lo resumió en una célebre frase: “El verdadero problema de la humanidad es el siguiente: tenemos emociones paleolíticas, instituciones medievales y tecnologías divinas. Y esto es extremadamente peligroso”.
Creo que Wilson se quedó corto. En primer lugar, las emociones humanas no provienen del paleolítico, sino que son mucho más antiguas en términos evolutivos. Sobre las instituciones, acertó más: por ejemplo, los parlamentos tienen origen en el control de los impuestos exigidos por unas monarquías que aún no tenían suficiente poder para convertirse en incontestables (aunque algunas instituciones —imperios, legalidad, democracia, etc.— remiten a la antigüedad). Y las tecnologías van creando un mundo propio que, efectivamente, parece poder convertirse en autónomo del control humano. Una conclusión muy ambivalente.
Actualmente, hemos entrado en una nueva fase internacional de mundo revuelto. Y esto nos obliga a pensar mejor y a recuperar verdades olvidadas. Mencionemos dos: los componentes biológicos de los humanos que conforman buena parte de nuestros comportamientos, y el deslumbramiento que nos producen algunas ideas de nuestros lenguajes abstractos.
Respecto a la primera, sabemos que los humanos —autodenominados de manera optimista sapiens— compartimos con los primates características tales como ser territoriales, grupales, jerárquicos, gregarios y actuar desde premisas a la vez competitivas y cooperativas. También sabemos que los primates emplean violencia física, sobre todo cuando compiten por tres cosas: recursos, sexo y poder —que son tres motivos básicos de la corrupción política de los humanos—. Y la neurobiología nos dice que las emociones son más fundamentales que la racionalidad en el momento de explicar buena parte de nuestros comportamientos.
La cultura occidental paga un precio elevado por haber separado irracionalmente el mundo humano de sus antecedentes evolutivos. A muchas personas les sorprende, por ejemplo, saber que la moralidad y la política sean anteriores a la humanidad. Lo que explican los primatólogos resulta fascinante —véase, por ejemplo, las obras de Frans de Waal, El mono que llevamos dentro (2005) o Diferentes (2022). Los chimpancés hacen coaliciones y golpes de Estado, no siempre manda el macho alfa, las hembras juegan un rol político cuando defienden a las crías como el objetivo prioritario —el despotismo les resulta menos malo que la anarquía—, un mismo individuo actúa diferente según el grupo y las circunstancias, etc.
En cuanto al deslumbramiento de las ideas, los humanos solemos no pensarnos muy bien a nosotros mismos. Quedamos deslumbrados por ficciones ideológicas (conceptos, valores) a menudo alejadas de las ambivalencias humanas. Las ideologías están llenas de optimismo y voluntarismo, pero la historia nos enseña cosas muy distintas sobre nosotros mismos (una referencia: Jonathan Hoslag, Tres mil años de guerra y paz, 2019)
Cuando el escenario combina la emergencia de unos imperios expansivos con unas instituciones internacionales débiles es cuando sale a la luz que el mundo internacional no está basado en reglas, sino en equilibrios entre poderes fácticos
Cuando estas ideas políticas o religiosas son asimiladas por unos cerebros humanos que acostumbran a ser crédulos y perezosos, demasiado a menudo nos dejan ciegos ante la realidad. “La inclinación del espíritu humano —escribe el historiador y político romano Tácito— está dispuesta a creer de buena gana lo que le resulta difícil de comprender”.
En tiempos de crisis es cuando la política muestra mejor su estructura trágica. El hecho de que resultan imposibles las síntesis que no supongan pérdidas. Son los tiempos en los que se ve más claro que Tucídides, Montaigne, Shakespeare o Berlin acaban teniendo razón: nuestros mejores objetivos no son muy compatibles entre sí, y siempre resulta prudente fijarse en los comportamientos prácticos de los humanos cuando proponemos teorías políticas o morales bienintencionadas.
En tiempos de crisis es también cuando se constata que la política, más que depender de grandes variables socioeconómicas o culturales complicadas, depende a menudo de factores empíricos concretos: fenómenos abruptos (desmoronamientos como la URSS o Siria, primaveras árabes), liderazgos transformados por sus propias decisiones, consecuencias no previstas (ascenso del nazismo después del Congreso de Viena), duración de guerras (Robert Kaplan apunta a que las consecuencias de la Primera Guerra Mundial habrían sido distintas si la guerra hubiera durado un año en vez de cuatro), etc.
En épocas de paz prolongada, la tendencia es a volvernos optimistas, marginando o abandonando el realismo analítico y el carácter trágico de la política. En términos de futuro, resulta un grave error. Es cuando desde el mundo político y académico se apuntan ideas peregrinas como la del “final de la historia”, que refleja una ignorancia grave, precisamente, sobre la historia humana. Aunque Kant es políticamente insuficiente, Hegel desafina aquí por elevación.
Cuando se solapan, como ahora, importantes cambios tecnológicos y geopolíticos, el llamado “orden internacional” se vuelve más desordenado, aumenta, diríamos, su entropía. Creo que existe una demagogia flagrante en el uso que se hace del “derecho internacional” como un supuesto conjunto de reglas que se respetan (Estados Unidos, por ejemplo, ha intervenido más de cincuenta veces en América Latina en las últimas décadas). Cuando el escenario combina la emergencia de unos imperios expansivos con unas instituciones internacionales débiles es cuando sale a la luz que el mundo internacional no está basado en reglas, sino en equilibrios entre poderes fácticos.
El progreso ético y político existe, pero es rematadamente lento, especialmente comparado con el progreso tecnológico. El primero es un progreso que se basa probablemente en dos cosas: 1) evitar los males, más que en lograr algún bien; 2) poner límites a la rigidez de las concepciones del bien, a las pretensiones de los “virtuosos”. La virtud, cuando pretende imponerse, es gemela del extremismo totalitario. Ambos tienen un componente de romanticismo revolucionario, en el que la verdad y la moral pretenden avanzar juntas en un viaje en el que, cuando hay problemas prácticos, se adjudican a “la aplicación de los principios” y no a la abstracción o falta de cintura y sentido práctico de los propios principios.
¿Alguna recomendación “realista” de cara al futuro? Quizás la mejor es la que Václav Havel denominaba “la esperanza sin optimismo”. Ha costado mucho conseguir sistemas de derechos y libertades efectivas, democracias de raíz liberal y estados de bienestar. Se trata de sistemas capaces de evitar los peores males, a pesar de que no maximicen los pretendidos “bienes”. Visto lo que somos los humanos, no es poco. Hay que defenderlos de forma explícita. Siguen siendo nuestra esperanza.
Que tengamos todos un magnífico año 2026.