Todos los sondeos de los últimos años indican que los ciudadanos europeos rechazan de manera contundente el modelo de inmigración constante que hemos vivido durante este siglo. En una encuesta reciente de YouGov, en muchos países supera el 50 % la opción de "no admitir más inmigrantes nuevos y exigir que un gran número de los que llegaron en los últimos años se marchen". En Catalunya, los datos que nos da el CEO muestran que la mitad o más de los catalanes piensa que hay demasiada inmigración, que el efecto sobre los servicios públicos es negativo y que las leyes son demasiado tolerantes.
El punto de ruptura entre el modelo globalizador y la ciudadanía tuvo lugar en 2015, cuando la guerra de Siria provocó un enorme movimiento de desplazados hacia Europa. Desde entonces ha emergido una nueva derecha contraria a la inmigración que ha logrado conquistas electorales muy importantes, y que tiene expectativas aún más altas. La voluntad de los ciudadanos europeos —perfectamente legítima y democrática— es bien clara, y los partidos tradicionales han aprendido que muchos de sus electores los abandonan si no defienden el cierre de fronteras.
Esto explica por qué la entrada de recién llegados ha caído en picado en los últimos años, con una sola excepción. Ahora mismo, el 65 % del crecimiento demográfico de la Unión Europea proviene de un solo Estado, España, que sin embargo solo representa un 11 % de la población de la UE. En 2025, España creció en 462.000 personas, mientras que Francia (que tiene veinte millones de habitantes más) lo hizo en 230.000, y tanto Alemania como Italia perdieron población. La ola migratoria fomentada por las autoridades españolas no tiene ninguna equivalencia en el continente, y hace unas semanas ya expliqué a quién beneficia. Hoy la gran puerta de entrada al continente es el aeropuerto de Barajas.
La crisis de Ceuta ha hecho revivir a los gobiernos europeos el trauma de los refugiados sirios
Por todo esto, las imágenes de la entrada masiva de marroquíes en Ceuta han provocado un terremoto en toda Europa, y han encabezado todos los informativos y las portadas de los periódicos. Desde España no se acaba de entender, porque como el Estado de facto no acepta refugiados, aquella entrada masiva de sirios de 2015 no tuvo ningún impacto. En cambio, para la mayoría de los políticos europeos ha sido revivir un trauma que les puede llevar a un nuevo hundimiento electoral. Si ya veían con un enorme escepticismo la regularización extraordinaria de un millón y medio de personas (que pronto tendrán libertad para moverse por todo el espacio Schengen), ver a jóvenes entrando en Europa por mar o atravesando una valla ha sido letal.
La reacción exigiendo el control fronterizo ha sido inmediata y llena de furia, y a pesar de que los acólitos de Pedro Sánchez han intentado vender que eran ataques de la ultraderecha (con Meloni como espantajo), en realidad han venido de todo el espectro político: entre los 22 países de la Unión que han firmado la carta que reclama nuevas medidas, hay gobiernos tanto de izquierda como de derecha. La decisión de Sánchez de acusarlos de actuar "por prejuicio, mentiras, ignorancia o interés político" es totalmente irresponsable, y más cuando todos los Estados ya lo veían como el caballo de Troya de los intereses chinos en el continente y el punto débil ante la amenaza rusa.
La crisis de Ceuta también ha vuelto a confirmar que tenemos una izquierda totalmente desconectada de la realidad geopolítica global y de la voluntad mayoritaria de los ciudadanos. Algunos se han dedicado a denunciar una conspiración trumpista-sionista para perjudicar al PSOE, pero quiero recordar que ya intentaron lo mismo con el caso de corrupción de Zapatero, y tuvieron que plegar velas. Otros, con una voluntad totalitaria execrable, equiparan la defensa de las fronteras con el racismo, e intentan, desde su atalaya privilegiada, expulsar del debate público a quien no piensa como ellos. No hay que olvidar tampoco que una entrada masiva de recién llegados supone una explosión de ingresos para el tercer sector, y por eso no me extraña que algunos reclamen el traslado inmediato de los marroquíes a la península.
Los hechos de estos días deberían hacer entender a todo el mundo que, a pesar de lo que repite esta izquierda, la inmigración sí que se puede regular con el control de fronteras. En el caso de Ceuta es obvio que la clave la tiene Marruecos, y fijaos que decide perfectamente quién entra (¿verdad que no habéis visto subsaharianos en las imágenes?) y cuándo. Abandonemos, por tanto, la idea de que el fenómeno es inevitable y no se puede hacer nada. Si España es, de largo, el rincón de Europa donde llegan más inmigrantes —sobre todo latinoamericanos por Barajas— es por una decisión consciente (y antidemocrática) de los gobiernos sucesivos de PP y PSOE.
