Vuelve el lujo al Vaticano. Se acaba el capricho del papa Francisco. El secreto retorno a la tradición. León XIV se esconde. El Vaticano recupera vida en el palacio. Todos ellos son titulares de estos días y responden al gesto del papa León XIV, que ha dejado de vivir en la residencia Santa Marta y se ha instalado en el tercer piso del Palacio Apostólico, el que da a la plaza de San Pedro y desde donde icónicamente estábamos acostumbrados a ver salir a los papas al balcón. El papa Francisco, en sus 13 años de pontificado, prefirió ir a vivir a Santa Marta, la residencia-hotel donde se sentía más cerca de los humanos. León ya hizo saber que él se veía de papa en el lugar oficial de los últimos pontífices, y así lo ha conseguido antes de que pase un año desde de ser elegido.

Para entrar en su casa, como todo en la Santa Sede, se ha seguido un rígido protocolo. El Papa se ha dirigido a su apartamento y han tenido que cortar la cinta roja que lo tenía sellado desde el 21 de abril de 2025, día de la muerte del papa Francisco. La planta tiene 10 habitaciones, un estudio privado, una capilla, un espacio para recibir visitas (spazio di rappresentanza), un comedor y una biblioteca. No nos han pasado fotografías para ver si también se ha habilitado un gimnasio, y sería coherente con la manera que tiene Robert Prevost de entender el cuerpo y el espíritu.

El espacio doméstico papal es archiconocido. Los fieles reconocen sobre todo la segunda ventana empezando por la derecha, el estudio desde donde el Papa sale normalmente a rezar el Ángelus (o el Regina Coeli en época pascual).

León XIV recupera una manera histórica de ejercer su ministerio, desde las alturas. Con más silencio, menos interrupciones mundanas. El poder se ejerce siempre desde un lugar, y no es lo mismo a pie de calle que en unas estancias aisladas

Estos meses se han modernizado instalaciones eléctricas que habían quedado obsoletas. La residencia de Santa Marta pierde a su huésped más ilustre, pero gana toda la segunda planta, donde hay sacerdotes y laicos vinculados al Vaticano de paso por Roma, así como cardenales que se alojan allí.

Los amantes de la tradición están contentos con el regreso del Papa a su hábitat histórico, el palacio apostólico. El Papa no vivirá solo, sino con un pequeño grupo de colaboradores. No se ha ido para hacer vida eremítica, sino para ejercer su servicio desde uno de los símbolos clásicos del poder, el palacio que gira en torno a la plaza, que tiene la maquinaria burocrática al lado (Secretaría de Estado) y que conecta con la magnificencia artística de los Museos Vaticanos.

El hecho de estar en Santa Marta se parecía más a vivir como un cardenal, como "antes". Tenía su antigua oficina cerca, la curia general de los agustinos cerca, y la sombra del papa Francisco y su estilo imperante. Con el gesto del traslado, León XIV recupera una manera histórica de ejercer su ministerio, desde las alturas. Con más silencio, menos interrupciones mundanas. El poder se ejerce siempre desde un lugar, y no es lo mismo a pie de calle que en unas estancias aisladas.

Pero no nos confundamos. El papa León XIV no es un Papa blindado: sale cada día, viaja, ha vuelto a Castel Gandolfo —va los martes—, se encuentra con decenas de personas cada día. Quiere religarse a la tradición, pero no quedar encadenado a ella. El Papa busca un centro de privacidad permanente. Anhela más el silencio que la dispersión de un comedor con trabajadores y visitantes. Es un papa cualitativo. Entramos en una era de más privacidad, más orden y menos interferencias. Con este retorno se recupera un ápice de misterio y solemnidad en el papado, pero también se vuelve más difícil cruzarse con el pontífice en el ascensor, o mientras se toman los postres tras almorazar en medio del bullicio de un hotel.