Quiero decir esto de la manera más clara posible: no tengo ningún problema con el apoyo a los palestinos. Nunca lo he tenido. No como teoría, no como declaración, sino como forma de vida.
He actuado con un grupo palestino. He compartido un premio con un grupo palestino. A lo largo de los años he trabajado con artistas palestinos en al menos diez colaboraciones. Ya en 1994 me envolví con una kufiya, mucho antes de que se convirtiera en una moda, en un símbolo vacío o en una pose. Lo hice por identificación humana, no por querer gustar.
No tengo ningún problema con la empatía. Y aún menos con la tragedia. Y aún menos con el pueblo palestino.
Al contrario. He recibido cinco premios de paz por actividades destinadas a acercar corazones y crear diálogo. Hubo incluso un momento, pequeño y enorme a la vez, en que un admirador palestino se tatuó en el brazo un verso de una canción mía. Lo pregunto con sinceridad: ¿alguien conoce un caso así en la historia del conflicto? ¿O incluso en la historia de la música? No pasó porque yo dijera “las cosas correctas”, sino porque elegí de manera coherente el camino del encuentro, de la escucha, del respeto mutuo.
Entonces, ¿dónde está mi problema?
Empieza exactamente en el punto donde la empatía se acaba y empieza la ignorancia. Cuando artistas y personas de la cultura adoptan una posición taxativa basándose en un conocimiento parcial, a veces muy superficial. Sin entender el contexto, sin conocer a las personas, sin hacer preguntas difíciles. A veces incluso sin escribir ni una sola canción que intente realmente tocar la complejidad. La música, que debería abrir el corazón, se cierra en un eslogan.
Mi problema empieza cuando esta ignorancia genera una realidad en la que los judíos e israelíes que viven aquí, en Catalunya, se vuelven invisibles.
Cuando no se les tiene en cuenta. Cuando su dolor “incomoda”. Cuando su miedo no entra en la conversación y, por tanto, tampoco recibe empatía
En este momento, la solidaridad deja de ser moral y se convierte en algo ficticio. Porque una solidaridad que solo ve un lado excluye al otro. Y aunque las intenciones sean buenas, el resultado es el mismo: un espacio menos seguro para los judíos y una ampliación real de los límites del antisemitismo. No porque alguien lo haya planeado, sino porque es así como funciona.
Una solidaridad que solo ve un lado excluye al otro. Y aunque las intenciones sean buenas, el resultado es el mismo: un espacio menos seguro para los judíos y una ampliación real de los límites del antisemitismo
Y lo absurdo es que nada de esto nos acerca ni una pizca a una solución del conflicto israelí-palestino. Al contrario. El discurso se vuelve más violento, los extremos se refuerzan y el espacio donde realmente es posible encontrarse se reduce.
Lo digo por experiencia, no como eslogan: si mi camino —el camino de la amistad, de la confianza, del conocimiento real entre personas— se replicara mañana entre millones, habría paz aquí. No una paz sobre el papel, sino una paz nacida de la vecindad, del reconocimiento, de la comprensión mutua.
Pero si el otro camino —el de doblegar un lado, el de la culpa unilateral, el de borrar un relato— continúa replicándose, no se resolverá nada. Ni aquí ni en ningún sitio. Porque la imposición no genera reconciliación, y el silenciamiento no genera verdad.
No hablo desde la ideología. Lo he hecho cientos de veces, a escala humana. Sobre escenarios, entre bastidores, en salas de ensayo, en conversaciones que no llegan a los diarios. Así es como se ve la paz cuando se le da una oportunidad
El arte puede ser un puente. Pero solo si no se utiliza como un martillo.
*Kobi Farhi (Jafa, 1975) es un músico, compositor y activista cultural israelí, fundador y vocalista de Orphaned Land, la banda pionera del metal oriental que desde 1991 fusiona rock y metal con sonoridades judías, árabes y armenias. La trayectoria de Kobi Farhi está estrechamente ligada al diálogo intercultural y la defensa de la convivencia en Oriente Próximo. El artículo es una reflexión del autor tras el Concert-Manifest x Palestina celebrado recientemente en el Palau Sant Jordi de Barcelona.