Sabemos desde hace mucho tiempo que el Parlamento que saldrá de las elecciones generales será el más fragmentado de la democracia y que ningún partido se aproximará a la mayoría absoluta. Fíjense cómo será la fragmentación que las encuestas más recientes dan ganador al PP con el mismo porcentaje de votos (28%) con el que hace cuatro años el PSOE sufrió una derrota humillante.

Sabemos, pues, que el próximo gobierno de España nacerá obligatoriamente de un acuerdo entre dos o más partidos. Esta campaña está completamente contaminada por los pactos postelectorales. Los líderes políticos no hablan de otra cosa y ya sólo piden el voto para pactar con fulanito o recomiendan que no se vote al adversario advirtiendo de que pactará con zutanito. Y leemos las encuestas con la calculadora en la mano, sumando los escaños de unos y otros para tratar de adivinar las futuras alianzas.

Cada uno juega su juego, y parece que en él no importa decir cosas absurdas o incurrir en contradicciones groseras. El PP, por ejemplo, se aferra a la tesis de que debe gobernar el partido más votado cualquiera que sea su fuerza. Ellos saben muy bien que el argumento es insostenible: en una democracia parlamentaria gobierna quien es capaz de articular una mayoría en la Cámara para respaldar un Gobierno. Ese es el modelo que hemos elegido y hay que atenerse a él o cambiar el sistema parlamentario por otra cosa.

El PP se aferra a la tesis de que debe gobernar el partido más votado. El argumento es insostenible: gobierna quien es capaz de articular una mayoría en la Cámara

Lo que puede reclamar el partido más votado es la preferencia para pedir la confianza del Parlamento. Pero si no la obtiene y existe una mayoría alternativa, quien pueda liderarla tiene el derecho y el deber de intentarlo. Eso es lo que acaba de ocurrir en Portugal y a nadie se le ocurre discutir la legitimidad del nuevo gobierno. Otra cosa es que se midan los riesgos políticos que conllevan determinados pactos difíciles de digerir para la sociedad. Todo acuerdo parlamentario es legítimo, pero no todos son explicables; y en política es recomendable no hacer aquello que no se pueda explicar.

El PSOE, por su parte, cambia de doctrina a medida que las encuestas van ensombreciendo sus expectativas. Hace pocas semanas Sánchez aún proclamaba altaneramente que no pactaría con Podemos, por populista; ni con Ciudadanos, por derechista e insignificante; y desde luego, no con el PP, el enemigo histórico.

Pues bien, ahora el péndulo se ha ido al extremo contrario. De la autosuficiencia a invitar a todos, “se llamen como se llamen” (sic). Una especie de llamamiento urbi et orbe para sacar al PP del Gobierno (o más bien, para meterse en el Gobierno a toda costa sin mirar las compañías ni calibrar las consecuencias). Un par de malas encuestas han bastado para que Sánchez sustituya el cartel de “se reserva el derecho de admisión” por el de “todos bienvenidos, entrada gratuita”. Y suena a desesperación más que a generosidad.

Un par de malas encuestas han bastado para que Sánchez sustituya el cartel de “se reserva el derecho de admisión” por el de “todos bienvenidos, entrada gratuita”

“Se llamen como se llamen”. ¿Habrá pensado bien el candidato socialista lo que implica esta frase? Para empezar, con ella le ha dado medio debate hecho a Soraya Saénz de Santamaría esta noche en Antena 3.

El oscuro objeto del deseo de unos y otros es Ciudadanos: lo temen tanto como lo necesitan. Pero aquí también hay un carrusel de amagos tontos. Los dirigentes del PP atacan a Rivera advirtiendo de que pactará con Sánchez cuando en realidad son ellos quienes hacen sus cuentas contando con los votos de C’s para gobernar. Sánchez también ataca a Rivera porque, dice, “habrá un pacto de las derechas”, pero sabe muy bien que su única –cada día más lejana– esperanza de gobernar pasa por convencer a Ciudadanos de que se sume a su frente tutti fruti.

Rivera se deja querer por todos y todas, pero advierte que quizá deberían ir pensando en apoyarlo a él para presidente; e Iglesias, siempre sofisticado, argumenta sin rubor que la mejor manera de ayudar a los socialistas es que Podemos los derrote. Y sin rubor previene: yo no votaré a Sánchez, pero aceptaré con gusto que Sánchez me vote a mí.

Los dirigentes del PP atacan a Rivera advirtiendo de que pactará con Sánchez cuando en realidad son ellos quienes hacen sus cuentas contando con los votos de C’s para gobernar

Lo que hay tras todo esto es una singularidad de la política española, una más: los partidos saben que necesitan acuerdos para gobernar pero tienen pánico a las coaliciones. Los ciudadanos dicen rechazar las mayorías absolutas y reclaman diálogo y estabilidad, pero muchos abominan de los pactos de gobierno como si fueran detestables cambalaches antidemocráticos. Y los medios siguen alegremente el juego a los unos y a los otros.

Hay 17 Comunidades Autónomas en España. Tras las elecciones de mayo, en ninguna de ellas hay mayoría absoluta de ningún partido. Cualquier observador familiarizado con las prácticas del régimen parlamentario esperaría muchos gobiernos de coalición. Pues no señor, no hay ni uno. Ninguna mayoría absoluta, ningún gobierno de coalición. A cambio, el país está plagado de gobiernos precarios  prendidos con alfileres. ¿Quién entiende esto?

Ni siquiera pactos estables de legislatura. La práctica más extendida es el llamado “acuerdo de investidura”: tú no tienes mayoría, yo presto mis votos para que puedas pasar la investidura pero al día siguiente me desentiendo, tú te buscas la vida para gobernar en minoría y yo te tumbaré cuando me convenga. De todas las opciones posibles, la más inestable. Y si me permiten decirlo, la más oportunista e irresponsable.

El PP compite con dos candidatos: si las cosas van bien el 20D, Mariano; y si van regular tirando a mal, Soraya. Gente previsora

Esto no es lo que se hace en Europa. En las democracias parlamentarias de nuestro entorno es habitual que no haya mayorías absolutas. Y la solución más común es que uno o varios partidos negocien un programa y se comprometan a desarrollarlo juntos en un gobierno de coalición. Eso ocurre constantemente en los países nórdicos; es el pan de cada día en Bélgica y Holanda; acaba de suceder, como ya he dicho, en Portugal; Alemania está acostumbrada a gobiernos de coalición o, como el actual, de gran coalición; e incluso en un país con tanta tradición mayoritaria y bipartidista como Gran Bretaña se vivió en la legislatura anterior una coalición de gobierno entre los conservadores y los liberal-demócratas. Todo normal, nadie se escandaliza por ello. Y ningún partido siente que su identidad política esté en peligro por contribuir a la gobernabilidad de su país de la mejor manera posible, que es compartiendo el gobierno.

Por alguna razón, los partidos políticos españoles han concluido que el que participa como socio menor en un gobierno de coalición resulta electoralmente penalizado en las siguientes elecciones, y huyen de ello como de la peste. Lo que condena a la política española de los próximos años a la permanente inestabilidad.

Ya sé que soy raro, pero si el partido al que doy mi voto tiene la posibilidad de participar en una mayoría de gobierno, me gustaría verlo dentro de ese gobierno, aplicando las ideas por las que he votado. Eso y no otra cosa es el voto útil.

Y hablando de singularidades, no está nada mal la del PP. Compite con dos candidatos: si las cosas van bien el 20D, Mariano; y si van regular tirando a mal, Soraya. Gente previsora.

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