La diferencia fundamental entre Vox y Aliança Catalana es que los primeros aspiran a gobernar y Aliança no muestra ningún interés al respecto. El partido de Sílvia Orriols ha aprovechado el hueco que le han dejado los partidos, digamos, procesistas para irrumpir en el mapa político catalán y dinamitarlo, renunciando, sin embargo, a ejercer el mismo papel en el mapa político español. Ambas opciones serán sin duda agradecidas por el establishment español.
En cuanto a España, es significativa la renuncia de AC a tener escaños en las Cortes españolas, porque es donde su actuación podría llegar a tener más trascendencia política que su discurso de oposición en el Parlament, que, por cierto, es siempre el mismo. El declive del bipartidismo y la atomización del Congreso de los Diputados en numerosos grupos y grupúsculos hace más fácil que minorías como Compromís, BNG o Coalición Canaria, con un solo diputado, se vuelvan decisivas en la formación de mayorías. Solo con un diputado en el Congreso, si no son más, Aliança Catalana multiplicaría su notoriedad mediática y aumentaría considerablemente sus ingresos. Se puede entender, de acuerdo con su discurso, que AC no tenga ningún interés en contribuir a la gobernabilidad de España, pero, si tan radicales dicen que son, podrían convertirse en un factor de inestabilidad y un quebradero de cabeza enorme para el sistema político español. Así que, si renuncia, será porque no se atreve a jugar este papel, o quizás es que quiere limitar a Catalunya el papel desestabilizador procurando no molestar a los poderes españoles.
Los partidos convencionales hablan a menudo de cordones sanitarios, sobre todo refiriéndose a Vox y a Aliança Catalana, pero Vox es un partido convencional de extrema derecha que está dispuesto a imponer su ideario allí donde tenga fuerza para hacerlo, y lo ha conseguido en numerosos municipios y comunidades autónomas mediante sus pactos con el Partido Popular. Aliança es diferente porque ya ha dejado claro que no quiere saber nada de los otros partidos independentistas y tampoco de los que no lo son. Así que aspira solo a una agitación política estrictamente verbal, pero que tendrá muchas consecuencias en Catalunya, políticas y también sociales, porque atizará la conflictividad que suele generar la xenofobia que patrocina.
La irrupción del partido de Sílvia Orriols es el ingrediente definitivo para que la política catalana sustituya el debate centrado en el eje nacional por el eje izquierda-derecha que conviene al PSC
En cuanto a la política, la irrupción de Aliança Catalana en el Parlament como fuerza no residual supondrá el quiebre definitivo del paradigma político catalán que durante décadas ha estado más determinado por el eje nacional. Aliança Catalana será el ingrediente necesario para que la política catalana se desarrolle estrictamente en el combate izquierda-derecha, como en cualquier Parlamento de comunidad autónoma, y relegue la reivindicación nacional a discursos intrascendentes. De paso, alimentará la falacia española que presenta el catalanismo como un movimiento supremacista e insolidario.
En Catalunya, Junts, Esquerra Republicana, la CUP y Aliança Catalana, y también PSC y Comuns, ya no representan la expresión política transversal del catalanismo, porque aquello que era un movimiento político se ha desarticulado por decisión propia. Estos partidos no tienen ningún tipo de complicidad ni objetivo compartido. Al contrario, se han declarado adversarios mutuos en disputa de una cuota autonómica.
La apuesta de ERC de sustituir el independentismo por el republicanismo propio de una izquierda convencional hermanada con la española, le está dando, de momento, unos inesperados buenos resultados en las encuestas, gracias al liderazgo de Gabriel Rufián
Quien antes se ha percatado del cambio que viene ha sido Esquerra Republicana. De la misma manera que, cuando cayó el muro, los comunistas cambiaron su producto caducado por el ecologismo, los republicanos catalanes han considerado caducado el producto independentista y han transformado su tienda y su principal escaparate —Gabriel Rufián— para presentarse como estrictamente republicanos de una izquierda convencional hermanada con la española. Es por ello que señala a Junts per Catalunya como su principal contrincante, incorporándolo en sus discursos a la trinchera de las derechas. Es la apuesta estratégica que le asegura cuotas de poder en Catalunya —los pactos con el PSC irán a más— y capacidad interlocutoria en Madrid, mientras gobierne el PSOE. Desde un punto de vista electoral, no parece una mala idea. Todo el mundo podía pensar que después de hacer president a Salvador Illa, líder orgulloso del antiprocés, ERC no levantaría jamás la cabeza, pero, mira por dónde, las arengas de Gabriel Rufián le están dando buenos resultados, por lo menos en las encuestas, en las que ERC no baja e incluso sube un poco. Que esta apuesta acabe teniendo éxito dependerá, sin embargo, de que las bases militantes, tradicionalmente inconformistas, asuman la reconversión del partido sin hacer ruido.
Es obvio que el cambio de paradigma afecta principalmente a los mal llamados herederos del pujolismo, y digo mal llamados porque JxCat ha roto con los criterios fundamentales de lo que supuso Convergència, lo cual ha sido aprovechado por sus contrincantes para relegarlos al ostracismo institucional. No solo eso, ahora mismo Junts parece que no sabe hacia dónde moverse, y los que sí lo saben, como Agustí Colomines, promueven una fracción de izquierdas que añade indefinición al conjunto. Las circunstancias le han puesto muy difícil adaptarse a unos tiempos de máxima polarización, a un partido que no es de derechas ni de izquierdas, más aún mientras el president que consideran legítimo continúe en el exilio sin poder ejercer su liderazgo en condiciones normales.
Todo ello hace prever un escenario en Catalunya que continuará gobernada por el tripartito de izquierdas, si es necesario incluso con la colaboración de la CUP. Una vez olvidado interesadamente el procés y sus secuelas, Salvador Illa no tendrá inconveniente en incorporar al Govern cargos procedentes de ERC y de Comuns, si aritméticamente fuera necesario. Esto puede hacer pensar en un horizonte de estabilidad, pero también de frenada respecto a los proyectos de grandes infraestructuras imprescindibles para el progreso del país. El programa político del PSC apuesta por el crecimiento económico, mientras que ERC y Comuns son omnipresentes en las protestas ante cualquier iniciativa favorable al desarrollo, ya sea el aeropuerto, el cuarto cinturón, la política hidráulica o incluso las políticas de vivienda. No quieren centrales nucleares, pero patrocinan todas las plataformas contrarias a la construcción de parques eólicos o fotovoltaicos. De momento, el president Salvador Illa ya se ha visto obligado a retrasar el plan de las renovables, que es una urgencia de país, cuando Catalunya se encuentra a la cola de Europa. Al president Illa no le faltará el apoyo de ERC y Comuns para mantenerlo de president, con todos los honores y escasos proyectos de envergadura.