Más allá de Rosalía, capaz de leer los signos de los tiempos —y nunca tan bien dicho—, el supuesto regreso a la fe de la generación Z tiene a otros protagonistas que, paradójicamente, preocupan a la jerarquía católica. La Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española —presidida por el obispo de Solsona, Francesc Conesa— ha publicado una nota para ofrecer criterios de "discernimiento" —palabra siempre clave— ante la expansión de “nuevas iniciativas de evangelización fuertemente marcadas por la experiencia emocional”. Esto significa propuestas como Hakuna, Emaús o Effetá, que han conectado con muchos jóvenes a través de retiros y encuentros intensos de oración, música y testimonio. Misticismo pop.
Los obispos reconocen el dinamismo misionero de estas experiencias, pero, sin enmendarlas, recuerdan que la fe cristiana no puede reducirse al impacto sentimental: “Existe el peligro de pretender suscitar determinados comportamientos mediante un bombardeo emocional que podría considerarse una forma de abuso espiritual”. Pero, si les traen nuevos clientes a un negocio que lleva dos mil años funcionando, ¿por qué están preocupados los obispos? ¿Por qué han tenido que salir con una nota doctrinal a modo de cortafuegos? ¿Les preocupa porque han visto que lo que les llenaba algunas parroquias no se traducía en compromiso real? ¿No les gustaba el modelo Tamara Falcó y otros influencers y youtubers que llenan auditorios al estilo de algunos grupos evangélicos? ¿O en realidad la alarma viene porque los conciertos de Hakuna han saltado de Vistalegre al balcón de la Real Casa de Correos, sede de la presidencia de la Comunidad de Madrid, en la Puerta del Sol, con 15.000 personas —encabezadas por Ayuso y Feijóo— el pasado 22 de diciembre?
Propuestas como Hakuna, Emaús o Effetá han conectado con muchos jóvenes a través de retiros y encuentros intensos de oración, música y testimonio
Quizás la respuesta deba buscarse en Roma y en León XIV, que conoce perfectamente los peligros de ideologizar la fe, lo que también subyace en la práctica evangélica que Robert Prevost conoce, tanto de Estados Unidos como de Perú. El papa León vendrá de visita a España y Catalunya en junio. Será una visita larga. Más larga que la de sus antecesores. Parecida a la que realizó Juan Pablo II en 1982. Aquella visita fue una reconquista tras el papel del cardenal Tarancón en la Transición. La visita de un papa no se limita a celebrar una misa en la Sagrada Familia o en Montserrat. Es todo un mensaje. Y da la sensación de que a Prevost no le gusta Hakuna, consolidado como un grupo de pop católico, vinculado al Opus Dei. El grupo nació en 2013 como parte de los preparativos de la Jornada Mundial de la Juventud de Río de Janeiro. Detrás está su fundador, José Pedro Manglano, un sacerdote que pertenecía en ese momento al Opus. En su página web, el grupo explica cómo siguen un “estilo de vida” que se centra en estar “arrodillado ante Cristo en la Hostia”.
Dirán que, al fin y al cabo, todos son del mismo equipo. Y es así. Pero, como en las elecciones a la presidencia del Barça, menos el día de partido, existen bandos irreconciliables. A veces, más en el Barça —que también es una religión— que dentro de la propia Iglesia. Y sí, al fin y al cabo, se trata de quién tiene el poder. Y en ambos casos —religión y fútbol— hablando sobre Dios, sin que sepamos qué es exactamente lo que piensa Dios en cada caso.
