Lo primero que hace cada día un catalán estándar (un trabajador asalariado mileurista de cualquier sexo) es apagar el despertador; ir, con cara de pocos amigos y con los ojos aún legañosos, hacia el lavabo; descargar la vejiga, y ducharse. Una vez ya empieza a ser persona, se toma un café, un té matcha o se zampa un yogur con copos de avena y arándanos, y se va a acompañar a los niños a la escuela, convencido de que este año sí van a aprender a sumar y a restar —lo bueno se hace esperar y los veinte años son una muy buena edad para empezar a hacer operaciones matemáticas complejas como las sumas y las restas. Para comunicarse con sus hijos, lo hace a través de tiktoks o de las historias de Instagram: cuelga una historia o hace un tiktok y el hijo le responde con un emoticono o con un simple bro, das mucho cringe. Después de dejar a los hijos en buenas manos (ahora ya empieza a haber mossos en las escuelas, y eso, quieras que no, te hace respirar más tranquilo), se va corriendo a esperar un tren que sabe perfectamente que llegará a cualquier hora menos puntual; esto siendo optimista, porque también podría pasar que no llegara a causa de un desprendimiento de tierra patrocinado por las malas condiciones de la infraestructura ferroviaria. Otros catalanes estándares seguramente preferirán coger su coche y hacer cola durante unas cuantas horas; así tendrán tiempo de cagarse un poco en todo y en todo el mundo y llegar relajados al trabajo. Para gustos, colores; que cada uno haga lo que considere que se adecúa más a sus necesidades. Una vez que el catalán estándar baja del tren o del coche, desarmado (podría hacer daño a algún pobre delincuente), tiene que intentar llegar al trabajo sin que nadie le clave un arma blanca o le robe el móvil o la cartera. Una manera muy original de hacer deporte antes de empezar a trabajar.
Si el catalán estándar tiene que ir al médico, como mucho se tendrá que esperar diez horas para que lo atiendan en castellano y le digan que es un fascista por hablar en catalán
Llegado al trabajo, si tiene la suerte de no tener un jefe perverso que lo haga trabajar en unas condiciones laborales precarias, puede relajarse un rato y disfrutar de un trabajo que ni le va ni le viene. El día va pasando (el tiempo no se detiene nunca: ¡tempus fugit!) y toca ir al médico por una emergencia (pongamos por caso); ningún problema, como mucho se tendrá que esperar diez horas para que lo atiendan en castellano y le digan que es un fascista por hablar en catalán. Si tiene la suerte de que lo entiendan y le acierten el diagnóstico (esto es como una ruleta rusa), entonces solo tendrá que esperar un par de años para que lo operen, a menos que se quiera hacer una reasignación de sexo, que lo operarán al día siguiente. Pero, ¿qué son dos años de espera para una persona que es capaz de coger la Renfe cada día para ir a trabajar? Siempre puede dedicar estos dos años a buscar una nueva vivienda, que seguro que encuentra alguna de compra por menos de 600.000 euros o, si prefiere alquilar, por menos de 1.400 euros. Y, para celebrarlo, puede irse a un restaurante a zamparse un salmón a la plancha relleno de microplásticos y mercurio y brindar con una copa de agua filtrada del grifo. Seguro que lo atienden con un catalán muy genuino y que le sale muy barato (30 euros el microplástico).
Cuando termina de trabajar, el catalán estándar suele ir a casa y encender el televisor —porque las redes sociales son una fuente de mentiras y tergiversaciones de la realidad— para enterarse de qué buena obra han hecho los políticos que votó —y que lo volvería a hacer convencido— durante la jornada, y no hace nada más que corroborar que no han dejado nunca de cumplir a rajatabla todo el programa electoral que prometieron cuando se presentaron a las elecciones, sin contradecirse, delinquir, ni caer nunca en la corrupción. Más tarde, viendo que no tiene nada para cenar, y que los niños todavía hacen alguna de las trescientas actividades extraescolares a las que los han apuntado (él y su expareja) para aprender lo que no han tenido tiempo de aprender en la escuela y para poder estar un poco tranquilos, se va al supermercado a gastarse trescientos euros por un caldo de verduras transgénicas y con glutamato, un paquete de fideos con gluten y un par de tetrabriks de leche con mucha lactosa que están de oferta.
Cuando los niños llegan a casa —si tienen la suerte de que nadie los acose, agreda o robe por la calle y los haga llegar tarde—, se sientan a la mesa y encienden un rato la calefacción o el aire acondicionado (dependiendo de la estación) y cenan relajados con el móvil pegado a la cara sabiendo que, como mucho, tendrán que pagar 500 euros más al mes para no pasar frío o para poder respirar en verano. ¡Una ganga! Nos quejamos porque queremos. Y si el catalán estándar no llega a final de mes (que es muy poco probable que pase viviendo en esta sociedad del bienestar), que no se preocupe, siempre puede renegar de Catalunya y pedir una subvención, que seguro que se la darán.