Cuando un río pasa a depender del grifo del progreso, deja de ser un río y se convierte en un elemento más a merced de un sistema capitalista que da prioridad a la producción por encima de la sostenibilidad y la lógica. Y el poder lo acaba teniendo quien controla la cañería, no quien ve pasar el río por delante de su casa. El Ebre no solo no es una excepción, sino que casi es el ejemplo de lo que no debería ser una gestión fluvial. El último episodio es reciente: el pasado lunes por la mañana, en pocas horas, el río, a la altura de Ascó y Tortosa, pasó de unos 400 metros cúbicos por segundo a 1.500 m³/s, a causa de un desembalse programado que se avisó con poquísima antelación. Una riada que causó diversos problemas.
La institución responsable, la Confederació Hidrogràfica de l'Ebre (CHE), con sede en Zaragoza, afirma que envió un correo electrónico el viernes por la noche, pero ni todo el mundo lo recibió a tiempo, ni son maneras de funcionar: un aumento de caudal de esta magnitud no se puede comunicar con un fin de semana de por medio y sin margen de reacción. Además, se dijo que la crecida duraría dos horas y acabaron siendo cinco. La Associació d'Empreses de Navegació Activa a les Terres de l’Ebre (AENATE) ha manifestado su malestar por esta situación, no solo por una cuestión de pérdidas económicas (ya había grupos de kayak contratados que se tuvieron que anular a toda prisa y embarcaciones amarradas que se tuvieron que refugiar), sino también por el riesgo en la seguridad que esto supone. Esta última situación ha sido la gota que colma el vaso.
La mencionada asociación agrupa una quincena de empresas que a lo largo de todo el tramo navegable del Ebre catalán —desde la Pobla de Massaluca, en la desembocadura del Matarranya, hasta Deltebre— desarrollan actividades turísticas y de ocio. Son rutas que cada vez tienen más éxito entre el público, por la gran belleza de su recorrido y porque se trata de una actividad apta para todas las edades, divertida y sencilla de hacer. Su viabilidad, sin embargo, depende absolutamente del comportamiento del río y sería bueno que se tuviera más respeto por la población que vive aguas abajo de los embalses y por estas empresas del sector que, a pesar de ser privadas, ofrecen un servicio que beneficia a todo el territorio.
La última riada no se avisó con suficiente antelación y esto generó malestar y problemas a las empresas náuticas del territorio
En los últimos años, ha aumentado el volumen de visitantes que se dirigen a las Terres de l'Ebre atraídos por su navegación fluvial: muchos turistas tienen el kayak como puerta de entrada a una tierra que es Reserva de la Biosfera. Es por eso que esta actividad debería estar más dignificada y las instituciones pertinentes deberían poder facilitar, por ejemplo, embarcaderos adecuados (ahora todos son demasiado altos, solo para embarcaciones a motor) o espacios para que la gente, al acabar la etapa, se pueda cambiar de ropa. La navegación fluvial es un activo al alza, una actividad segura y lúdica que permite acercarse a la naturaleza de una manera amable y respetuosa. Quien no ha vivido el río desde dentro, no lo conoce del todo; os lo dice una monitora de kayak que lo surca a menudo.
Es cierto que anualmente se abren las compuertas de Mequinensa, Riba-roja y Flix para controlar la plaga de la mosca negra, para hacer pruebas piloto con la suelta de sedimentos y para eliminar macrófitos, y que suelen ser controladas, pero esta sensación de impunidad y de improvisación no debería estar. El río Ebre es un recurso natural de gran valor y su gestión debería tener en cuenta también la seguridad de las personas y el desarrollo de las actividades que dependen directamente de él. Se debe encontrar el equilibrio entre el goce y las necesidades energéticas y, sobre todo, disponer de un sistema eficaz de previsión y de aviso temprano sobre la gestión hidráulica, con mecanismos de comunicación eficientes y con suficiente antelación. El río depende de Endesa y parece más un canal, que lleva el caudal que quieren los que mandan; esta es la triste realidad. El agua es vista únicamente como eslabón de una cadena de producción, cuando se debería contemplar como lo que es: un ser vivo, que respira, fluye y tiene su función ecológica. Cuando gritamos lo riu és vida, también estamos diciendo todo eso.
