Resulta muy sintomático que la pátina de buen Govern que regía hasta hace muy poco la Administración de Salvador Illa (gracias a un apagón informativo que enorgullecería a Xi Jinping) haya explotado con el paro de los maestros catalanes. Las aulas, nos guste o no, son un reflejo de nuestra sociedad y los profesores del país —a pesar de habitar más bien en el lado progre de la vida— han sido el primer colectivo en confesar, sin la sordina de la corrección, que nadie puede hacer funcionar el aula con las actuales cifras de recién llegados. A menudo las cosas tardan en caer por su propio peso, sobre todo cuando tendemos a escuchar poco a nuestros vecinos, y más aún si gozamos de escasa paciencia con los lloricas; pero todo el que tenga el tímpano mínimamente acusado habrá oído a algún miembro de la comunidad educativa quejándose de la imposibilidad de explicar la tabla periódica con un 10% de la clase que no sabe ni decir bona tarda.
La actual huelga en la enseñanza y el malestar de las batas blancas o las revelaciones (ya sabidas) del informe Fénix nos muestran una Catalunya empobrecida, sin clase media y conformada por unos ciudadanos que no tienen suficientes herramientas a la hora de prosperar y a quienes la Administración castiga con una losa impositiva que ya sobrepasa de mucho el robo. Si el debate migratorio ha empezado a normalizarse no es porque, como avisan los cursis, nos hayamos vuelto una pandilla de racistas, sino porque cada vez se hace más evidente que las estructuras del estado del bienestar, hijas de la socialdemocracia, están a punto de llegar al colapso. Si los alemanes, hijita mía, han empezado a recortar…, pues ya os podéis imaginar lo que nos espera: un futuro muy crudo con la existencia densificada (todo el mundo apiñado en pisos de mierda) y una economía que solo puede ofrecer vender nuestras ciudades a los puñeteros guiris.
Con todo este panorama (a lo que habría que sumar el hecho todavía alucinante de tener un Govern que espía a las asambleas y atenta contra el derecho de reunión, sin que ni puto Dios dimita), resulta muy normal que Oriol Junqueras haya tenido muchas dificultades para justificar su apoyo a los presupuestos de Salvador Illa. Por eso Esquerra y su capataz han acabado aislándose del ruido de maestros, doctores y miembros de la bofia para acabar imponiendo a los sociatas un proyecto que, de tan esencial, la mayoría de ciudadanos no sabíamos ni que existía. Hablo de la ahora famosa línea orbital, conocida como cuarto cinturón ferroviario por los amigos, consistente en un sistema de cercanías que unirá las principales ciudades del Área Metropolitana de Barcelona. Dicho de otra forma, el invento consistirá en un gueto móvil para que la gente del extrarradio se mueva por sus ambientes un poco cutres sin molestar a los barceloneses.
Yo de los republicanos habría puesto como condición algo un poco más realista y cercano, como la llegada del primer astronauta catalán transexual a Marte
Hay que reconocer que Oriol Junqueras es un tipo con un sentido del humor muy vaticanista, porque, con la mayor parte de la red de Rodalies absolutamente destrozada e inoperante, esto de proponer una obra nueva, que los más optimistas sitúan alrededor del año 2040 (con un presupuesto de 5.200 millones de pepinos, todos por obra y gracia de un Estado que, según los documentadísimos señores encorbatados de Fomento, lleva a cuestas un total de 50.000 millones de déficit en infraestructuras), es una martingala de chiste bastante cachondo. Yo de los republicanos habría puesto como condición algo un poco más realista y cercano, como la llegada del primer astronauta catalán transexual a Marte o penalizar a todos los camareros argentinos que confundan un cafè amb gel con un cafè amb llet. Pero todo ello se normaliza si uno entiende que Esquerra, como todos los partidos catalanes, están infiltrados por la bofia.
Dicho esto, mi lado de espíritu cínico entiende la táctica de Oriol Junqueras, a quien le conviene que Salvador Illa vaya desgastándose para así ganar tiempo, asegurarse su amnistía traficando lo que pueda con Pedro Sánchez y acabar comiéndose el terreno del PSC (gracias también al auge que podrá tener el presidente Rufián entre los descendientes de castellanos). Oponerse a los presupuestos, en definitiva, implicaba ir a unas elecciones en las que Junqueras no podría haber participado, con toda la mandanga implícita de buscar un candidato de paja y etc., e incluso corriendo el riesgo de que Aliança te birle unos cuantos votos. Esto acabará pasando igualmente, pues la pereza mental de la izquierda catalana hace tiempo que no quiere complicarse con el colapso del país y Sílvia Orriols solo tiene que esperar a que la gente sea un poco más pobre y esté más cabreada para que incluso la acaben votando los cupaires del sindicato USTEC.
Pero para todo eso aún falta un poco de tiempo; hasta entonces, los republicanos continuarán cobrando el sueldo de políticos profesionales y Salvador Illa les guardará las sillas de la Administración que les aseguró cuando Esquerra lo invistió president. En el fondo, todo el mundo gana un poco de oxígeno y, por si fuera poco, los quinquis de Mataró podrán ir hasta Granollers sin tener que intuir, en el fondo del vagón, las torres de la Sagrada Família. Ya me diréis qué más podemos pedir…