La ceremonia de los Oscar ―no Òscar Dalmau y Òscar Andreu― ha dejado buenas imágenes y mejores premios. Me impresionó mucho ―salí del cine con un mal cuerpo que me duró días― Parásitos y, por lo tanto, me ha gustado el reconocimiento de la Academia, tanto por la capacidad de esta película de enfrentarnos descarnadamente al mundo en el que vivimos, todos y todas, no sólo en Corea, como por el hecho de que sea una producción en lengua no inglesa y haya competido y ganado no sólo como película extranjera, sino en las categorías principales. Vivan las lenguas minoritarias y todas las culturas en igualdad de condiciones.

Con respecto a las imágenes, cada año son bastante parecidas: un buen espectáculo, mucho vestido impresionante, en el mejor o el peor sentido de la palabra, y un poco de reivindicación. Como esta última este año iba escasa, a mí me ha gustado ver a Gisela, que cantaba una canción de Disney, rotulada como cantante en “castilian” y, en cambio, a la mexicana Carmen Saharí como “spanish”. Gisela cantaba de manera compartida con otras intérpretes de diferentes lenguas, y el texto en la pantalla ha sido un detallito de nada que he leído ―a pesar de que seguro que no la tenía en origen― en clave irónica y que no se ha quedado aquí y ha ganado protagonismo en el mismo momento en que ha habido no pocas y pocos que se han ofendido. Más todavía cuando quien estaba encima del escenario era una catalana.

Llamar a la lengua “español” es el manto con el que se tapa la cooficialidad del gallego, el vasco y el catalán del artículo 3 de la Constitución española

Es cierto que en la red la hiperventilación que no deja que la sangre llegue al cerebro es habitual y en este caso, y desde Catalunya, tiene la gracia de poder hacer paralelismos y comparaciones malévolas entre el castellano y el español y el catalán y el valenciano. Pero lo cierto es que aunque las autoridades pertinentes ―las de la Academia competente en este caso, no la de Hollywood sino la Real― se han apresurado a quitar hierro al asunto y han señalado que ambas palabras son correctas y sinónimas y que la polémica en el uso diferenciado de las mismas ya está superada, no deja de ser sintomático lo que ha pasado.

Soy de una generación que no conocíamos el “español” como lengua, y no porque no lo estudiáramos, porque en los planes de estudio oficiales la lengua era el “castellano” y eso, ni más ni menos, era lo que aprendíamos. Yo sigo refiriéndome a la lengua con esta denominación y, de hecho, he tenido alguna que otra controversia con los que me corrigen el término. Lo hago por dos razones, porque es como lo aprendí y porque en el afán por utilizar “español" veo el deseo de esconder la realidad lingüística plural que existe  en el Estado, que sobrepasa al catalán y que hace que los y las hablantes en España de otras lenguas no recién llegadas se cuenten por millones pero no tengan ninguna representación en la oficialidad del país. Llamar a la lengua “español” es el manto con el que se tapa la cooficialidad del gallego, el vasco y el catalán del artículo 3 de la Constitución española; artículo, por cierto, que dice que el castellano es la lengua oficial del Estado.

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