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Entre las infinitas desventajas que conlleva ser catalán se encuentra el hecho —absolutamente ridículo, espantosamente anómalo— de tener que buscar satisfacción en las derrotas deportivas de los españoles. Escribo este artículo antes de saber el resultado entre la Roja y los gabachos; pero eso da igual, pues lo importante del tema es evidenciar la maldición que implica tener que formar parte de una nación que solo puede regalarse un eructo de alegría gracias a la hipotética derrota de sus colonizadores. Hoy tenemos que animar a los futbolistas de Francia y mañana, ¡ay!, tendremos que elegir si queremos ir de la mano del resto de semifinalistas. Fijaos si es triste la condición catalana, que tenemos que vernos amigados con los enemigos del norte; un país que, españoles aparte, se ha convertido en la principal fuente de nuestras desventuras y, a su vez, quizás en el imperio que —bajo la broma de la fraternidad— más cadáveres haya esparcido por el planeta.

Ya me gustaría poder abstraerme del resultado de la selección española en el Mundial, porque servidor es del Barça y mi única bandera es la culé. Pero entiendo que resulta totalmente necesario apostar por la derrota de España, no solo porque —si los enemigos ganan el torneo— se me llenará Ciutat Vella de ese tipo de castellanos que lo celebran todo gritando y palpándose orgullosamente la entrepierna, sino también porque tendré que aguantar unos cuantos años más de gobiernos socialistas explicándome que la grandeza de mi país radica en la diversidad, riqueza y pluripollas en vinagre del barrio de Rocafonda. Solo para evitarme eso, hoy estoy dispuesto a abrazar a los franceses, a pesar de su insufrible retórica barroca, sus nauseabundas óperas repletas de tenores afeminados y esa consuetud vomitiva de bañar en salsas cualquier vianda. Si este es el precio que pide la tribu, lo asumo sin renegar. 

Uno puede tolerar, e incluso celebrar, el apoyar a Inglaterra, una nación igual de hija de puta que Francia, pero con un sentido extraordinario de la ironía y una profusión del cinismo que tiene la delicadeza de fundarse en el arte del mal menor. Pero la tragedia, si nos fallan bleus y King Charles, sería vernos en la tesitura de tener que pedir ayuda a los argentinos. Hoy por hoy, Catalunya es un rebaño que confía en Argentina; es decir, somos un pueblo que se fía de uno de los estados más desastrosos del planeta, de una civilización que solo destaca por urdir un teatro un poco chillón pero muy intenso, situada en un trozo del mundo riquísimo pero que siempre ha fardado de pobre, puesto que sus líderes la han saqueado sin compasión ante la parsimonia de un pueblo gozosamente indolente. Francia, al menos, es una nación gallarda; pero tener que ensalzar a Argentina es como celebrar tener una novia "simpática".

Si gana España, tendré que aguantar unos cuantos años más de gobiernos socialistas explicándome que la grandeza de mi país radica en la diversidad, riqueza y pluripollas en vinagre del barrio de Rocafonda

La condición catalana pide mucho más de lo que devuelve a sus desafortunados poseedores. Ir a favor de Argentina supone —aunque solo sea durante unos días— formar parte del mismo colectivo que la mayoría de los cocteleros de Barcelona, con su cháchara espantosamente incontinente; significa tener que poner buena cara a una serie de gente que lleva muchos años en nuestra capital y no ha tenido nunca los santos cojones de decir ni "bon dia" (el ejemplo más paradigmático es su genial capitán, quien, por otra parte, es uno de los hombres que más feliz me ha hecho en la vida). Como somos hijos de un país huérfano y tenemos unos líderes que se venderían el alma antes que liberarnos, debemos buscar consuelo en que un equipo de chavales bajitos y malnutridos nos saque las castañas del fuego. No se me ocurre mayor desgracia ni una humillación más vomitiva que tener que pedir limosna a los despojos del mundo.

Todo esto es espantoso, tristísimo y de una pobreza evidente. Pero es poca cosa si lo comparamos con la turra patriótica que nos espera en caso de que los jugadores del Barça, y ya tiene cojones la cosa, lleven de nuevo a España a conseguir el Mundial. De hecho, la cosa será peor que una sobredosis de españolismo, puesto que la izquierda gobernante nos recordará continuamente que su país ha triunfado con un equipo de columna vertebral catalana. A su vez, me atrevo a insistir, tendremos que aguantar decenas de viajes de Pedro Sánchez y Salvador Illa al barrio marginal de Mataró —un lugar que nuestra jovencísima estrella ha abandonado en cuanto ha ganado algo de pasta—, el cual será enaltecido como la prueba definitiva del éxito de una Catalunya antirracista, antifascista y anti lo que se tercie. Señores gabachos, denme la satisfacción de acabar con la agonía; si es necesario, en casa estamos dispuestos a emplear la mantequilla para su uso estrictamente culinario.