En Historia del siglo XX, el historiador Eric J. Hobsbawm definió la pasada centuria como un siglo corto dominado por los extremos. En verdad, el título original del libro en inglés es, precisamente, Age of Extremes. The short Twentieth Century 1914-1991. A pesar de que sólo empezar esa extensa interpretación de la contemporaneidad, Hobsbawm expresa sus dudas sobre si su visión podría aplicarse en todo el mundo —que es el que yo mismo le reprocharía—, hay que aceptar que, por norma general, no se yerra.

Hobsbawm no era un especialista en el siglo XX. Dedicó toda su obra a estudiar el siglo XIX, empezando, en 1962, con un libro también muy influyente: The Age of Revolution: Europe 1789-1848. Siguió, en 1975 y 1987, respectivamente, con dos libros más: The Age of Capital, 1848-1875 y The Age of Empire, 1875-1914. Hobsbawm ofreció una visión histórica —y casi autobiográfica— a lo que Marx había planteado desde una perspectiva meramente ideológica. Su visión era “totalista”, en el sentido de lo que Hans Magnus Enzensberger atribuía a los mass-media en tanto que “industria elaboradora de conciencia”. Hobsbawm quiso ofrecer una interpretación general del mundo a partir, por encima de todo, de la parcialidad europea, como ya apuntó Edward Said en su día, déficit que sólo compensó con alusiones a la historia cosmopolita de su familia, a la que menciona a menudo en sus libros, como también hace con su propia vida.

He querido plantearles esta reflexión previa para prevenirles acerca de lo que no cabe duda es una interpretación parcial del siglo XX pero que ha calado entre la gran mayoría de la gente aunque no profese el marxismo. Y si eso ha podido pasar es porque resulta una teoría atractiva aunque no encaje del todo con las historias, digamos, nacionales, y que difiera muy poco de la interpretación liberal clásica sobre la idea de progreso y sobre el desarrollo económico. Hay quien necesita argumentos históricos para justificar el presente con esta visión “totalista” del mundo que se basa en el mito platónico de la caverna. Les pongo un ejemplo, para que podamos entendernos.

A raíz de la muerte de Fidel Castro, un antiguo guerrillero salvadoreño escribió que si la dictadura cubana pudo durar tanto fue consecuencia del bloqueo de los EE.UU.

A raíz de la muerte del dictador comunista Fidel Castro, un antiguo guerrillero salvadoreño, Joaquín Villalobos, hoy asesor del presidente colombiano Manuel Santos en las conversaciones de paz con las FARC que han tenido lugar, no en vano, en La Habana, escribió que si la dictadura cubana pudo durar tanto fue consecuencia del bloqueo de los EE.UU. Párense a pensar un momento y estoy seguro de que se darán cuenta del “argumento perverso” subyacente. Según Villalobos, los “malvados” de la película serían los EE.UU., la representación máxima del capitalismo, que ahora lo son todavía más debido a que el presidente electo es un magnate republicano extremista, mal educado, xenófobo y machista: “Fidel —escribe Villalobos— fue un líder que respondió a un momento histórico del continente, un líder cuya vida política alargó artificialmente el error político estadounidense”. ¿Está seguro de lo que escribe? Yo no, la verdad. Más bien comparto la visión del historiador mexicano Enrique Krauze cuando levanta los ojos y mira hacia atrás: “Aquellos años revolucionarios [refiriéndose al “Che” y a su ciclo revolucionario] no pueden concebirse sin el antecedente del antiamericanismo en América Latina”. ¡Exacto!

Contrariamente a lo que podría parecer, esa visión “totalista” desprecia el todo para destacar el detalle y atacar las visiones contrarias con mucho sectarismo. Volviendo a Hobsbawm, su defensa de la Revolución soviética, cuyo centenario se celebrará el año próximo, le empuja a “salvar” a los bolcheviques de la deriva totalitaria de la URSS bajo el estalinismo, del mismo modo que su interpretación de la Guerra Civil española es comunista en el peor sentido de la palabra. Vengo a decir, para entendernos, que su interpretación de la Guerra de España debe más al mito de La Pasionaria que al de Andreu Nin y la FAI. Por este motivo Hobasbawm criticó la película Tierra y Libertad (1995), de Ken Loach, puesto que la consideraba el reverso trotskista de la interpretación “neoliberal” del historiador francés François Furet, un antiguo militante del PCF que refutó la doctrina. Hobsbawm discrepaba de la idea de que la Guerra Civil española fuera un conflicto entre el totalitarismo de la ultraderecha (nazi, fascista o falangista) y el del Komintern. Para Hobsbawm, “si reconstruyo bien a partir de mi memoria personal las percepciones de esa generación —aquí vemos otro ejercicio de egohistoria—, mi generación de la izquierda, fuéramos o no intelectuales, no nos veíamos a nosotros mismos como a una minoría en retroceso. No pensábamos que el fascismo continuaría ineluctablemente su avance. Estábamos seguros de estar a las puertas de un mundo nuevo. Dada la lógica de la unidad antifascista, sólo el fracaso de los gobiernos y de los partidos progresistas para unirse contra el fascismo contaba a la hora de explicar nuestro rimero de derrotas”. Quizás fuese que esa “ilusión” sobre el mundo nuevo era patrimonio únicamente de una minoría.

Claro que está que Hobsbawm se afilió al Partido Comunista en 1936 y no lo abandonó jamás, ni en los momentos más críticos de la década de los cincuenta, cuando la mayoría de los historiadores marxistas británicos se dieron de baja. En este sentido, Hobsbawm fue un “culo de hierro”, que es como se conoce al militantes comunistas más incombustibles. En la historiografía catalana también ha habido algunos de esos historiadores comunistas tout court.

Les confieso que no quería escribir este artículo. De lo que les quería hablar era de la elección del presidente de Austria que tuvo lugar ayer. Austria debía elegir entre un presidente federal de ultraderecha, Norbert Hofer, y un candidato procedente de los verdes, Alexander Van der Bellen, quien no es precisamente una joya. Ha ganado Van der Bellen y lo celebro. Si hubiera ganado Hofer, su victoria habría supuesto no sólo otro triunfo de las corrientes populistas que surcan el mundo, sino también un vuelco histórico en Europa: hubiese sido el primer jefe de Estado de ultraderecha elegido en la historia de la Unión Europea, aunque no sería el único mandatario que defiende políticas extremas. Ahí están los primeros ministros de Hungría, Polonia o Croacia y el ejemplo de la fuerza que la ultraderecha tiene en Suecia, Finlandia o Suiza.

La era de los extremos que radiografió Hobsbawm no se acabó con el fin del siglo XX, porque muchas zonas del mundo están aún inmersas en el mismo conflicto

La era de los extremos que radiografió Hobsbawm no se acabó con el fin del siglo XX, porque muchas zonas del mundo están aún inmersas en el mismo conflicto. Lo que seguro que se acabó es la lógica del siglo XX, a pesar de que una buena proporción de la población del planeta viva bajo la dictadura de un Partido Comunista, sobretodo en Asia, o bajo dictaduras musulmanas. El problema vuelve a ser, sin embargo, que los intelectuales europeos aplican el mismo relativismo democrático de otros tiempos, aquel que hoy en día provoca que Henry Ettinghausen, Agustí Pons y un servidor discutamos sobre la figura de Carles Fontserè a raíz de las opiniones vertidas en sus memorias por este famoso cartelista catalán sobre los nazis, la resistencia francesa y Roosevelt. Un gran debate que no debería quedar reducido al absurdo.

Lo que podemos constatar, de momento, es que ante el ascenso del populismo de derecha, algunos oponen un populismo de izquierda que se asemeja mucho a la opción por el comunismo de gente como Hobsbawm, hasta el punto que su antiamericanismo y su antisemitismo les lleva a perdonar que existan lugares en el mundo donde los derechos humanos hayan perdido la batalla por la libertad. Ayer mismo, Pablo Iglesias reivindicó en un tuit a Hobsbawm para resaltar la diferencia entre los partidos comunistas integrados en movimientos nacionales contra los nazis y los fascistas y los que sólo fueron una minoría. A los primeros les correspondió el premio de la hegemonía, como en Italia y Yugoslavia. Por eso Iglesias es partidario del nacional populismo. Un nacional populismo —en versión española o catalana— que está condicionado por una dicotomía parecida a la de los años treinta, lo que liga En Comú Podem con el Movimiento 5 Estrellas y la CUP con los populismos autoritarios en América Latina bolivariana. No se escandalicen por la comparación e intenten pensar en ello.

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