Hace tiempo aprendí un juego. Había que poner una servilleta de papel sobre la boca de un vaso. Humedecías el borde y quitabas la parte sobrante. Así era como el orificio quedaba cubierto por una lámina fina y tirante. A continuación ponías una moneda en el centro. Y empezaba la partida: bien con palillos o bien con cigarrillos, cada turno consistía en ir haciendo agujeros en el papel sin que la moneda cayera. Cada vez había menos papel que quemar o pinchar. La moneda iba, poco a poco, deslizándose. Así hasta el último que era quien con un pequeño pinchazo o un hilillo de fuego, rompía el hilillo que mantenía la moneda a flote. 

La situación que vivimos actualmente en España da la sensación de estar como esa moneda cuando ya está a punto de precipitarse hacia el fondo. La tensión política generada entre el Estado y Cataluña, la corrupción insoportable del Partido Popular, los escándalos judiciales y la falta de medios de información rigurosos, han ido agujereando la servilleta y la pandemia parece que rompe ya los últimos flecos que quedaban sujetándolo todo. 

La cuestión de la República hace tiempo que se plantea en diversos foros. Pero ahora es evidente que toma fuerza. Aunque el CIS no quiera abrir la puerta al debate social que supondría valorar la figura de la Monarquía, es evidente que hay un debate candente. Entre quienes defienden a capa y espada a los Borbones, creyendo erróneamente que así son leales a la monarquía parlamentaria; y quienes plantean que el sistema es anacrónico, no democrático y, además, problemático. 

Desde que comencé mi activismo político la cuestión de la República ha estado siempre presente. Candente entre grupos de jóvenes y de muy mayores. Apagada y relegada entre la generación de media edad. Ese "ahora no toca" tan de "buen padre de familia" que diría el Código Civil. 

He participado de foros, mesas, encuentros, intentos de creación de organizaciones de índole republicana. Y siempre eran interesantes, pero poco motivantes: pocos, muy mayores y absolutamente divididos y dispersos. Como si fuera algo más por dignidad y romanticismo que por activismo que tuviera fe en conseguir sus propósitos. 

Sin embargo, al iniciar mi experiencia en Cataluña hace tres años, al recorrer muchísimos de sus pueblos, me sorprendió encontrar banderas republicanas. Al principio no me lo esperaba y fue ilusionante ver tantísima gente hablando de republicanismo cívico, de república, de todo lo que unos pocos hablábamos en los demás territorios del Estado. 

Tiempo después viví algo similar en Euskal Herria. Una realidad republicana que era. Que estaba. Que no se pasaba los días hablando del pasado sino que estaba haciendo república a través de sus políticas, de su manera de hacerlas. 

Gracias a las tecnologías, he mantenido el contacto con muchísima gente que ha estado en uno u otro momento. Y de un tiempo a esta parte he observado cómo se han empezado a  materializar distintas iniciativas que tienen como objetivo plantear un referéndum sobre la  monarquía. 

De hecho, ya están en marcha. Comienza ya la recogida de firmas, la creación de grupos territoriales, los debates. Y los planteamientos. 

¿A cuánta gente podemos ser capaces de llegar para que firmen por un referéndum? ¿Podremos contar con los republicanos independentistas? ¿Podremos contar con la derecha republicana? ¿Estaríamos dispuestos a coordinarnos por un objetivo común, que es el planteamiento de una república por vías absolutamente democráticas?

¿Habría que plantear una consulta sobre monarquía o república? ¿O debería plantearse algo que pudiera ir más allá: ¿monarquía, república o repúblicas?

Es una cuestión que evidentemente supone tener que plantear el debate en los términos que una posible negociación diera lugar. Porque mientras España esté conformada como actualmente lo está, para poder plantear una cuestión como esta, habría que conseguir contar con el mayor número de apoyos. Es una cuestión de Estado. Y sería lógico que desde el independentismo (que es republicano en su totalidad) planteasen la necesidad de diseñar una fórmula que incluyera sus reclamos. 

El debate que se genera es muy delicado, porque tal y como he vivido estos días, los hay que son antes españoles que republicanos. Dicho esto en el sentido que implica que ni se plantean referéndums de otra índole. Mantienen la postura que en su día expusiera Negrín: no estoy haciendo la guerra contra Franco para que nos retoñe en Barcelona un separatismo estúpido y pueblerino. De ninguna manera. Estoy haciendo la guerra por España y para España. Por su grandeza y para su grandeza. Se equivocan gravemente los que otra cosa supongan. No hay más que una nación: ¡España! No se puede consentir esta sorda y persistente campaña separatista, y tiene que ser cortada de raíz. Nadie se interesa tanto como yo por las peculiaridades de su tierra; amo entrañablemente todas las que se refieren a Canarias y no desprecio sino que exalto las que poseen otras regiones, pero por encima de todas esas peculiaridades, España”.

Por otro lado quienes consideran que nada se les ha perdido ya en España y que nada tienen que promover "en beneficio de aquéllos". O sea, lo del "con su pan se lo coman". Suelen ser quienes "han desconectado" y consideran que en determinado momento el cordón se rompió. 

En este momento, el independentismo catalán está preparando las velas. El viento sopla fuerte. Y vienen elecciones donde será muy probable que obtengan una respuesta mayoritaria. Los desplantes al Gobierno del Estado por parte de Madrid, independientemente de cómo están evolucionando los hechos, han mostrado una tendencia por parte de las derechas españolas: están en pie de guerra. Van a llevarlo todo al límite hasta hacerlo saltar. 

De hecho, Carles Puigdemont señalaba que está preparándose un golpe de Estado, "con el rey delante y rumor de togas". Y desde luego, que toda la pinta tiene. 

Ahora bien: ¿seríamos capaces de ponernos de acuerdo los republicanos de toda índole para sumar en una dirección? 

Se trataría, en definitiva, de cambiar la servilleta. De sustituirla por otra que se rompa con más dificultad. La moneda, también habría que cambiarla, quizás, porque yo jugaba con pesetas. Ahora ya sería tiempo de actualizarse, porque hasta el euro tiene visos de desaparecer...