Hace dos semanas, terminó un campeonato mundial de fútbol que, más allá del sujeto deportivo, ha sido un éxito económico. Récord histórico de ingresos, que incluyen no solo las entradas, la televisión, la publicidad, etcétera, sino otros conceptos innovadores, como vender trozos de césped del campo en el que se jugó la final, un detalle que me ha parecido el colmo de la mercantilización.
En Catalunya, el largo evento deportivo, y en particular la participación de la selección española, ha sido cubierto amplísimamente en programas de radio y televisión y en los medios escritos de mayor difusión (incluidos los catalanes) en unas proporciones e intensidad hasta la fecha desconocidas. Personalmente, esperaba que terminara pronto la competición, un poco harto de tanta omnipresencia futbolística en la calle, de tanta pasión mediática, de tanta camiseta alrededor de una selección que ni me va ni me viene, y toda la liturgia vinculada a once jugadores disfrazados de nación que corren detrás de un balón para meterlo en la portería del rival. Al final, la guinda del pastel: la victoria hispana. Pantallas gigantes y estallido patriótico con imágenes que hablan por sí solas, desde la demostración de Rodri toreando con una bandera española, la colcha españolista de Rosalía, la imagen de Felipe VI levantando el trofeo conseguido por sus súbditos y las multitudinarias celebraciones de afirmación nacional, todo bien cubierto por unos medios especialmente excitados por la fiebre rojigualda. Veremos qué queda de todo esto y, afortunadamente, el próximo mundial ahora queda a cuatro años vista.
El hecho es que el éxito de la selección española tiene algunas cosas que ver con el Barça. El planteamiento y el estilo de juego están inspirados en los de este equipo y, en la práctica, el carácter de la selección viene en buena parte determinado por el hecho de que muchos de sus jugadores hayan salido de la escuela del Barça, la famosa Masia, o jueguen en este club. Curiosamente, el club que más jugadores aporta a la Roja es el mismo que, cuando va a muchos campos de la liga española, tiene que oír el lamentable "P... Barça y p... Cataluña". Pero la relación de odio fácilmente puede dar lugar al amor puntual interesado, si sacas algún beneficio.
Hay dos contribuidores catalanes al éxito de la Roja. El primero, el fundamental, los jugadores catalanes y los del Barça. Entre los convocados puede haber quienes tengan una fuerte identificación con España y lo que representa la selección. Pero, seamos prácticos, figurar entre los grandes jugadores del momento debe de ser un honor, lograr éxitos a nivel internacional, una satisfacción, y que aumente tu valor personal en el mercado de fichajes y de la publicidad, otra satisfacción. Ser un jugador de la Roja es rentable. Nada que decir, salvo algunas excentricidades patrioteras. Y en el caso de este Mundial, subrayar un contraste entre los catalanes que han participado y los que participaron en el de Sudáfrica de 2010. Si entonces vimos a Puyol y Xavi corriendo por el campo con una bandera catalana, en el actual, la única expresión de catalanidad que se ha visto ha sido la bandera del Dani Olmo… de Terrassa.
Mientras no exista selección catalana, la primera factoría de jugadores de España estará al servicio de Madrid
El segundo contribuidor es el propio Barça. Como club, tiene interés en que sus jugadores figuren entre los mejores del mundo, porque así se reconoce su escuela y su estilo de juego, se revalorizan sus jugadores, se refuerza su proyección internacional y mejora el atractivo del club a ojos de los mejores jugadores del mundo. Al fin y al cabo, indirectamente, aumenta el valor del club.
En este contexto, cabe decir que tanto los jugadores como el Barça están obligados, por las buenas o por las malas, a ponerse al servicio de lo que digan desde la selección, la cual tiene una relación de casi propiedad y de poder que genera una relación extractiva. Este hecho está en sintonía con la relación política y económica del Estado con Catalunya. Ya tiene narices que el éxito deportivo español y la parafernalia nacionalista que arrastra sean debidos, en una parte considerable, a un club catalán. Unos invierten (el Barça, la Masia) y otros se aprovechan de sus inversiones.
La adhesión que ha conseguido generar la Roja en Catalunya se ha alimentado de los incondicionales, más una hornada de población de catalanistas y barcelonistas que se ha añadido a ellos. El primer factor explicativo de esto, y más importante, parece que ha sido la amplia presencia de catalanes y del Barça en la Roja, pero puede haber más razones que expliquen el fenómeno, como el creciente peso que tienen los valores deportivos y de entretenimiento respecto a los valores políticos. Lo que cuenta es el éxito deportivo de aquellos jugadores con los que te identificas (en este caso, del Barça y catalanes), aunque entre en contradicción con tu sentimiento nacional.
En una línea complementaria a la anterior, en el país puede haberse producido una reducción del rechazo a la Roja, muy probablemente debido a los fracasos políticos del independentismo desde 2017 y al auge de fuerzas políticas próximas al españolismo; seguramente, el gran cambio demográfico asociado a la ola inmigratoria también ha favorecido una identificación social más fuerte con la Roja; el relevo generacional en la sociedad catalana, con la devaluación de elementos culturales críticos, como la lengua, también puede haber ayudado; finalmente, una cierta atracción del vencedor puede haber hecho inclinar las preferencias.
Sin embargo, el factor que probablemente sea más determinante no es la presencia de la Roja, sino la ausencia de una selección catalana que compita internacionalmente. Una ausencia que hace que mucha gente de aquí y de recién llegados se incline por la selección que considera más cercana y la apoye. No tengo ninguna duda de que una selección catalana de fútbol (extensible a muchos otros deportes) habría hecho un papel muy digno en este Mundial. En este supuesto, probablemente España no habría tenido el éxito que ha tenido. Pero esto es, lamentablemente, ciencia ficción, así que, mientras no llega, la primera factoría de jugadores de España está al servicio de Madrid.
