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La Odisea ha vuelto para recordarnos que lo que nos proponen como una etiqueta de autoestima o un requisito de recursos humanos (la excelencia), en el mundo antiguo tenía el regusto de la sangre, el bronce y el polvo de la batalla. Nos hemos vuelto blandos, quizás demasiado habituados a medir el mérito en seguidores digitales y reconocimientos poco exigentes, olvidando la profundidad de conceptos clásicos básicos que nos estructuraron el pensamiento, como la virtud. No es necesario ahondar en la virtud cristiana, que llegará mucho más tarde, para dar el valor que contiene este concepto en sí mismo. 

Ya en la filosofía homérica, la excelencia se llamaba areté (ἀρετή). Pero no era una actitud contemplativa ni un certificado de deberes morales. Areté (Ἀρετή), o virtus en latín, es un concepto griego que contiene la doble acepción física y moral. Algunos etimólogos consideran que proviene de Ares, el dios de la guerra (Marte para los latinos). Los que llevamos este nombre en nuestro signo del zodíaco siempre hemos tenido presente que Ares nos remite a la batalla y que en la virtud hay siempre una lucha.

El historiador Ivan Gobry, en el volumen Le Vocabulaire Grec de la Philosophie, señala cómo el nombre ἀρετή contiene combate y coraje. La raíz "ar" lleva a haristos, valiente, y esta lleva implícita la fuerza del alma hacia el bien. Otros expertos consideran que ἀρετή, en Homero, no es un valor moral, sino la capacidad de un héroe en la batalla o en el consejo que combina valor físico, astucia y destreza.

En la definición que recoge la Enciclopedia Herder o en los análisis sobre los conceptos éticos en Homero, emerge la areté como la eficacia máxima que demuestra un guerrero cuando sobresale en el cumplimiento estricto de su deber. La areté de entonces no entiende de compasiones o de debates teóricos; es una fuerza en acción, una destreza física y mental en el combate. El guerrero no quiere ser "bueno" en el sentido moderno, sino que aspira a ser absolutamente eficaz en su oficio. Ahora todo el mundo habla de la Odisea, pero no olvidemos la Ilíada, donde este concepto se explica desde un vínculo indisoluble: el honor, que los griegos llamaban timé. En la Ilíada, no hay excelencia sin reconocimiento. La areté del guerrero necesita ser vista, aclamada y consolidada a través del honor público y de los botines que certifican su valor ante la comunidad. Es una relación directa y transparente: el deber se paga con el heroísmo, y el heroísmo se corona con la gloria visible.

Volver a Homero y a los clásicos no es un refugio para eruditos. Es un espejo incómodo para una época obsesionada con la apariencia y las virtudes de salón. Nos recuerdan que la verdadera valía no se postula ni se especula: se demuestra haciendo lo que nos toca hacer

Con la llegada de Platón y Aristóteles, la areté vivió una auténtica revolución. Ya no hacía falta llevar una lanza para ser excelente. Los filósofos intelectualizaron el concepto, desplazándolo de la batalla física a la plaza pública, a la polis. La areté se convirtió en virtud moral, en la sabiduría del alma que busca el bien común y el gobierno de la propia vida. Pasamos de la destreza de matar a la virtud de saber vivir con los demás.

Volver a Homero y a los clásicos no es un refugio para eruditos. Es un espejo incómodo para una época obsesionada con la apariencia y las virtudes de salón. Nos recuerdan que la verdadera valía no se postula ni se especula: se demuestra haciendo lo que nos toca hacer. Es un elogio de la praxis dirigida al bien. Llegará Aristóteles y definirá la virtud no como una serie de repeticiones, aunque la acción sea un signo de un sujeto moral; es más una disposición que se adquiere voluntariamente. En Ética a Nicómaco vuelve a ello, subrayando que más allá de disposiciones naturales, hace falta un esfuerzo. Ay, la palabra esfuerzo, el concepto de lucha, que hemos dejado en el campo de los deportes y la esfera lúdica. La gracia de la virtud aristotélica es que a pesar de ser adquirida racionalmente, no lo es por un corpus racional teorético, sino por la práctica: tiende a la acción. Sería la praxis la que lleva a hacer el bien. Aquí se inscribe el coraje, entre el miedo y la temeridad.

Mientras los pensadores jónicos no estaban muy preocupados por la virtud, sí se dedicaban a ella los pitagóricos. Para Pitágoras, la virtud es "la armonía del alma" y la salud es la armonía del cuerpo. Para la filósofa e investigadora ICREA Genoveva Martí (Medalla Monturiol al mérito científico y tecnológico), según Aristóteles estudiamos ética para "mejorar nuestras vidas". La finalidad, como se escribe en Perspectivas en Filosofía, es "vivir una vida bien vivida y la virtud es central en una vida bien vivida". En condiciones normales, la persona virtuosa vive una vida en la que encuentra amigos, honor, placer; pero, aun así, estos no son objetivos. De hecho, "la virtud no garantiza el bienestar, pero sí da sentido a la consecución de estos otros bienes menores".