Las fiestas navideñas ya no pueden demorarlo o disimularlo más. El nacionalismo catalán afronta el dilema que, antes o después, todas las organizaciones nacionalistas se ven impelidas a despejar: qué va primero, el país o el partido.
Con ocho actas de diputado en el alero ni JuntsxCat ni ERC pueden permitirse muchas más dudas, vacilaciones, especulaciones, centrocampismos, regates, chilenas o goles en propia meta. El partido está mucho más disputado de lo que parece y el resultado se antoja bastante más incierto de cuanto muchos auguraban. Quién quiera ganar va a tener que darlo todo en el campo y jugar al ataque con visión y sin concesiones.
A estas alturas resulta evidente que en el bloque no nacionalista bastantes dan por descontado el fracaso soberanista a la hora de ponerse de acuerdo para elegir un govern y un president. En sus cálculos va a pesar más el partido que el país. A la hora de escoger, demócratas y republicanos se dejarán arrastrar por la espiral competitiva dictada por sus intereses partidistas y se mostrarán incapaces de lograr acuerdos estables, que tengan como prioridad el objetivo nacional y no obtener ventaja sobre el competidor electoral.
En las filas nacionalistas juegan al póquer desde la noche electoral. Unos y otros han ido mostrando cartas y haciendo jugadas con el único objetivo de forzar al otro a descubrir si iba de farol. ERC ha hecho cuanto ha podido para obligar a Carles Puigdemont a revelar si pensaba regresar para intentar la presidencia pero, sobre todo, para afrontar un destino procesal que despejaría el camino a un hipotético candidato republicano. Puigdemont ha tratado de generar las condiciones que permitiesen abrir una negociación política con el gobierno español que le facilitara volver sin ser encarcelado. El tiempo se acaba y ambas estrategias se han probado estériles. President y vicepresident siguen donde estaban y, por desgracia, eso no va a cambiar a corto plazo.
Unos y otros habrán de elegir entre el partido o el país. Puigdemont habrá de aclarar si insiste en una investidura imposible para mantener su ventaja competitiva sobre los republicanos, o cede la vez a un candidato que garantice la unidad nacionalista. ERC también tiene que escoger entre sacar tajada de la delicada situación procesal del president o facilitar la investidura de un nombre alternativo que mantenga vivo el procés.
Si ambos escogen país antes que partido, el objetivo nacional catalán saldrá reforzado. Pero basta que uno elija partido antes que país para que la eliminatoria caiga del otro lado por el valor doble de los goles en campo contrario.