Ni dos semanas laborables les ha costado al Partido Popular, Ciudadanos y Vox ponerse de acuerdo para iniciar la reconquista en Andalucía. Con los parones navideños por medio, han desmontado con la facilidad que se desarma un juego de construcción infantil esa aparente maraña de avisos innegociables, ultimatos y líneas rojas que habían ido tejiendo unos y otros durante la campaña, la noche de las elecciones y los días siguientes. Quedaba claro que la derecha española tiene un plan. Pero además, ahora, queda igualmente diáfano que maneja una puesta en escena ensayada y elaborada para ejecutarlo.

El plan se ha plasmado por escrito en los acuerdos firmados por PP y Cs, por un lado, y PP y Vox, por otro, haciendo como que no se conocen de nada y todo aquello donde acuerdan se debe a una mera coincidencia. Se puede resumir en tres puntos. En lo económico, el verdadero cemento que arma la Santa Alianza y del cual evitan hablar cuánto pueden, se trata de bajarse los impuestos a sí mismos y que financiemos con el dinero de todos sus elecciones privadas en sanidad, en educación o en pensiones. En materia de igualdad, retorno a un patriarcado bien entendido donde el hombre ya ha aprendido cómo debe tratar a la mujer; así que, chicas, es hora de que volváis a lo vuestro que ya nos ocupamos nosotros. En materia de soberanía y organización territorial, recentralización por las buenas o por las malas y un Estado central que sabrá ser bueno y generoso con los territorios que se porten bien, pero firme y contundente con los territorios que se porten mal; como haría un padre paciente y responsable.

Vox encarna a ese socio malo y provocador que dice lo que los otros piensan pero no se atreven y que, al decirlo en voz alta, les permite meterlo en la agenda

La propia escenificación de las negociaciones políticas entre los tres partidos, centralizadas en Madrid y lideradas por sus direcciones estatales, constituye el mejor ejemplo visual y práctico de la concepción del Estado que impulsan y defienden. La transcripción en dos acuerdos diferentes añade, además, el plus de ofrecer la coartada perfecta para pasarse la responsabilidad unos a otros por sus decisiones y políticas más impopulares o polémicas; dejando al ciudadano en manos de una administración pública vacía y vaciada donde nadie es responsable de nada y la culpa siempre recae en las exigencias y decisiones de otros, mientras las responsabilidades políticas se diluyen en ese mismo vacío.

La puesta en escena, hay que reconocerlo, resulta bastante más elaborada que el plan. Los tres socios se las han arreglado para repartirse con inteligencia los papeles y representarlos con pulcritud. Vox encarna a ese socio malo y provocador que dice lo que los otros piensan pero no se atreven y que, al decirlo en voz alta, les permite meterlo en la agenda. El PP ofrece la experiencia de ese decano de la sociedad que sabe cómo apaciguar al exaltado y darle bola al otro socio, porque lo importante es gobernar. Ciudadanos interpreta el papel de ese accionista moderado escandalizado permanentemente por las cosas que hace y dice su empresa, pero que no deja de disfrutar puntualmente de sus bonus y beneficios societarios.

El espectáculo va a continuar hasta las elecciones de mayo porque permite a Vox alimentar su espacio, al PP tratar de retener al votante conservador y a Cs seguir aspirando a captar votos en el centro y centro izquierda. Pónganse cómodos en sus butacas y disfruten del show mientras se multiplica por mil la presión para que Pedro Sánchez disuelva y convoque elecciones antes de que termine la función y se pierda la oportunidad.  

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