Cargando...

Barcelona vive días destacados. Hemos vuelto a ganar la Champions femenina con Alexia Putellas al frente y la visita del papa León XIV para bendecir la Torre de Jesucrist de la Sagrada Família ha vuelto a situar a la ciudad en el escaparate internacional ante millones de personas. Son dos noticias diferentes, pero comparten una misma idea: Barcelona sigue siendo capaz de proyectarse al mundo a través de eventos y protagonistas que despiertan admiración. Pero este artículo no va de los focos. Va de la ciudad que nos queda cuando los focos se apagan.

Barcelona sigue siendo capaz de proyectarse al mundo a través de eventos y protagonistas que despiertan admiración

Barcelona no tiene un problema de talento. Ni de capacidad. Ni de activos. Su gran déficit es la dificultad de alinear todas estas fortalezas en una dirección compartida. Y hace demasiado tiempo que faltan los consensos políticos necesarios para hacerlo posible. Esta es una idea que me ha acompañado a menudo durante los últimos años, tanto desde las responsabilidades de gobierno como desde el regreso al mundo profesional. Lo he pensado después de conversar con centenares de empresarios, investigadores, estudiantes, trabajadores y emprendedores. Y casi siempre he llegado a la misma conclusión: Barcelona tiene mucho más potencial del que le estamos permitiendo desplegar.

La ciudad sigue teniendo casi todas las cartas ganadoras sobre la mesa. Pocos territorios europeos concentran en tan poco espacio tanto talento, capacidad científica, iniciativa empresarial, creatividad y proyección internacional. Y, sin embargo, demasiado a menudo parece que hayamos renunciado a formular una ambición compartida sobre qué papel queremos tener en el mundo durante las próximas décadas. Mientras las grandes ciudades compiten por liderar la revolución tecnológica, la transición energética o la captación de talento, nosotros seguimos consumiendo una parte excesiva de nuestra energía política en debates que a menudo tienen poco que ver con los grandes desafíos del futuro. Los ciudadanos tienen derecho a exigir una política capaz de construir consensos, fijar prioridades y movilizar las energías del país hacia objetivos compartidos.

Esto no significa menospreciar los problemas cotidianos que más condicionan la vida de las personas. Todo lo contrario. La vivienda es probablemente la principal emergencia social que afronta hoy Barcelona y debe ocupar una centralidad absoluta en la agenda pública. No habrá una ciudad atractiva, cohesionada y próspera si una parte creciente de las clases medias, de los jóvenes y de los profesionales no puede permitirse construir en ella su futuro. Pensar en grande también exige resolver con valentía lo que condiciona la vida de cada día.

Precisamente por eso deberíamos volver a poner la creación de riqueza en el centro del debate público. Porque el desarrollo económico no es un debate reservado a las empresas: es una de las principales políticas sociales que puede impulsar una ciudad. No habrá vivienda asequible sin una economía fuerte. No habrá servicios públicos excelentes sin creación de valor. No habrá oportunidades para los jóvenes sin una economía dinámica. No habrá liderazgo internacional sin capacidad de atraer talento e inversión.

Pero ninguno de estos objetivos se logrará solo con buenos diagnósticos o con más recursos. También exigen una determinada manera de ejercer el liderazgo público. Las sociedades más fuertes son aquellas capaces de hacer circular talento, experiencia y liderazgo entre las instituciones y el resto de la sociedad. Deberíamos normalizar mucho más que los responsables públicos entren y salgan de la política a lo largo de su trayectoria, porque es a menudo fuera de las instituciones donde se detectan antes las oportunidades, los riesgos y las transformaciones que acabarán marcando el futuro. No lo digo solo en teoría. El paso por las instituciones y el regreso al mundo profesional me han confirmado que las transformaciones que marcarán el futuro a menudo se detectan antes fuera de los despachos públicos que dentro de ellos.

No nos faltan activos. Lo que nos falta es volver a creer que podemos hacer cosas extraordinarias. El futuro no pertenece a las ciudades que administran la inercia, sino a las que se atreven a imaginar, ambicionar y construir algo más grande. Por eso creo que ha llegado el momento de recuperar una cierta rebeldía cívica: rechazar la idea de que nuestro mejor tiempo ya ha pasado, negarnos a ser una ciudad simplemente agradable y seguir aspirando a lo que Barcelona ha sabido ser en sus mejores momentos: una de las capitales más influyentes de Europa.

La política, al fin y al cabo, no consiste solo en gestionar conflictos. Consiste también en construir horizontes. Y Barcelona necesita urgentemente volver a tener uno. Porque el problema de Barcelona no es lo que es hoy. Es la distancia entre lo que es y todo lo que podría llegar a ser.

Barcelona merece más.

Victòria Alsina i Burgués es profesora universitaria, exconsellera y concejala en el Ayuntamiento de Barcelona