diez años cinco cambios

1. Debido quizás a las circunstancias personales tan dramáticas, solo Pasqual Maragall es el expresident de la Generalitat qua ha adoptado un papel más parecido al de los expresidentes de los EE.UU. La Fundación que lleva su nombre y que está dedicada a la investigación del Alzheimer es de primera fila mundial y la Fundación Catalunya Europa, nacida en 2007 con una clara vocación europeísta, son el legado de uno de los políticos catalanes que ha influido más en una cierta manera de entender las ciudades metropolitanas. Puede que también haya sido por eso que hasta hace muy poco, hasta que la nueva normativa de la UB sobre cátedras temáticas cambió y las mercantilizó, que el profesor Germà Bel dirigía oficialmente la Cátedra Pasqual Maragall de economía y territorio. Previamente, en 2003, el expresident Jordi Pujol también creó un centro de estudios, muy personalista y enfocado a reflexionar sobre actitudes y valores con el que desplegó una gran actividad. La entidad desapareció en 2014 a raíz del desprestigio del expresident que mandó a pique, precisamente, el núcleo de la misión que lo animaba. Ningún otro expresident ha logrado encontrar su lugar. El expresident Montilla se convirtió en senador español inmediatamente y ahora vive muy bien duplicando su sueldo en un consejo de administración, y el expresident Artur Mas está desubicado desde que dejó de ser rey, por decirlo con el alias desafortunado que empleó Pilar Rahola en un perfil biográfico que le perjudicó mucho más de lo que él cree. El caso del president Carles Puigdemont es muy diferente, como es evidente, y por tanto se podría decir que todavía no ha logrado —y probablemente no lo logrará mientras no se resuelva el conflicto— la condición de expresident al uso. En cambio, es demasiado pronto por saber que hará Quim Torra, pero esperemos que no caiga en la tentación de convertirse en masovero presidencial.

2. A raíz de que este fin de semana se cumplía el décimo aniversario de su elección como president, después, como dice él mismo, “de haber picado mucha piedra”, ayer, el MHP Artur Mas publicó un artículo en El Punt Avui, “Deu anys, cinc canvis”. La intención del president era exponer su visión de lo ocurrido durante la década soberanista (en vez de procés acabaremos llamándola así), cuya mitad corresponde a los años de su mandato como president, 2010-2015, antes de que su conocido paso al lado desencadenara una aceleración política de gran trascendencia. El artículo arranca con una especie de reivindicación de los recortes, con la misma falta de sentido político que demostraron tener los tres artífices de aquellas decisiones, Andreu Mas-Colell, Albert Carreras e Ivan Planas, en el libro Turbulències i tribulacions. Els anys de les retallades (Grup 62). Tengo la impresión de que ninguno de los cuatro todavía no ha entendido la diferencia entre la gestión económica de una crisis y su gestión política. El Govern Mas fue el más antipolítico de toda Europa en la gestión de los recortes y lo pagó en las urnas en 2012, cuando el conseller Quico Homs calculó mal el estado de ánimo de los catalanes, también estaban enfadados con el Govern por la nefasta gestión de Felip Puig ante el caso Quintana (la chica a quien los Mossos le vaciaron un ojo), las traiciones de Duran i Lleida, la huelga general europea del 14-N que tuvo lugar en plena campaña y, en especial, la delirante portada de El Mundo sobre unas supuestas cuentas en Suiza de Mas y Pujol vinculadas a la financiación ilegal de CiU. Aquella denuncia se añadía al descubrimiento en 2009 del caso Palau, que en 2010 no les pasó factura pero que posteriormente fue nuclear. Todavía recuerdo la cara de sorpresa que ponían quienes diseñaron una campaña electoral mesiánica completamente errónea. La concatenación de errores de percepción de la realidad —incluyendo los yerros demoscópicos— fue tan colosal, que en aquellas elecciones CiU perdió 12 escaños.

Mas pasará a la historia por el 9-N y por aquel abrazo con David Fernàndez que llevó a las urnas a más de dos millones de personas

3. La cuestión es que Mas arrastró el sambenito de los recortes durante todo el procés. La memoria traiciona a Artur Mas, porque su presidencia estuvo marcada, también, por lo que él mismo definió en la conferencia del 20 de noviembre del 2007: que el derecho a decidir debía convertirse en la pieza básica del nuevo catalanismo tal como había sido planificado desde la Casa Grande del Catalanismo, un proyecto que Mas puso en marcha en 2004 y que en 2010, justo cuando obtuvo la presidencia, solo supo aprovechar con el nombramiento de Ferran Mascarell como conseller de Cultura. En la oposición, los partidos catalanes se dedican a la “filosofía”, y cuando gobiernan dejan de pensar. El fracaso reiterado de las peticiones de mejora de la financiación autonómica —y de la negativa rotunda de Mariano Rajoy a pactar algo parecido al concierto económico—, propició que el president Mas fuera decantándose cada vez más por una solución soberanista que, por otro lado, las bases convergentes ya habían ido asumiendo desde 2009, cuando participaron activamente en la organización de las consultas populares y la implantación territorial de la ANC.

4. No me cabe ninguna duda de que el giro soberanista de Artur Mas existió. Soy testigo de ello y no lo negaré, a pesar de sus vacilaciones y de su incapacidad para afrontar con mano firme los casos de corrupción de su entorno para cortarlos de raíz. Pero lo relevante no es que su gobierno diera, como asegura, “el paso hacia la independencia”, sino que el electorado convergente mutó de una manera tan rápida e irreversible que lo trastocó absolutamente todo. No ha habido otro ensanchamiento tan amplio de la base independentista que este. Sin que CDC y una minoría de UDC abrazaran el independentismo, no se habría logrado jamás el 49,5% actual. Y en este sentido, la contribución de Artur Mas tiene más trascendencia de la que el expresident refleja en esta especie de bucle melancólico que siempre acompaña a sus reflexiones sobre el 9-N y las presiones que recibió de la entonces hiperventilada Carme Forcadell, en esos momentos presidenta de la ANC. Afirma Mas que “repetiría el abrazo con todos y cada uno de los que trabajamos codo con codo bajo un objetivo común, a pesar de las visiones políticas diametralmente opuestas que teníamos”, en clara referencia al abrazo con David Fernàndez, desmintiendo así a los nuevos predictores —algunos reciclados— del renovado moderantismo autonómico, que ahora identifican con ERC y PDeCAT, y que atribuyen a aquel acto de solidaridad patriótica el principio de todos los males. Mas pasará a la historia, precisamente, por el 9-N y por aquel abrazo que llevó a las urnas a más de dos millones de personas.

5. Termino como empecé. ¿Sabrá gestionar el MHP Artur Mas su legado presidencial? Si, como dice él mismo, “no tengo motivo más grande e importante en mi tarea como expresident de Catalunya que el de recomponer esta unidad, construir espacios de reconciliación, ayudar en el buen gobierno del país y hacerlo compatible con un camino decidido y posible hacia una soberanía inserta en un proyecto federal europeo”, ya sabe lo que tiene que hacer. Abandonar la política activa —dejar de dar la bienvenida a nuevos militantes de ningún partido en concreto— y no participar en otra campaña electoral. Este papel corresponde a otro expresident, al MHP Carles Puigdemont, quien, desde que emprendió el camino del exilio ya dejó claro que no abandonaba el combate y que su rol no sería meramente institucional. Podría haberlo sido, constituyendo un Govern en el exilio, pero para hacerlo hacía falta voluntad y la complicidad de los socios, lo que no ha existido jamás. Si Mas quiere contribuir a la unidad, lo primero que debería hacer es dejar de idealizar a Junts pel Sí, que electoralmente no dio el fruto del esfuerzo —y el mal humor— que provocó entre los partidos tradicionales. Los datos son incontestables: en 2015, Junts pel Sí obtuvo 62 escaños —a seis de la mayoría absoluta— y no llegó al 40% del voto válido, mientras que, en 2012, la suma de CiU y ERC llegó al 44,4% del voto válido y 71 escaños. Por lo tanto, si bien en 2015 se logró una holgada mayoría parlamentaria (72 escaños), la suma de los votos válidos de Junts pel Sí y la CUP se quedó en el 47,8%. Se perdió el plebiscito que se buscaba, como se encargó de señalar Antonio Baños (cabeza de lista de la CUP) la misma noche electoral, que incluso negó la posibilidad de la vía unilateral. No se había ganado nada. La idealización de un anhelo a veces provoca la pérdida de perspectiva. La unidad, sin embargo, siempre empieza por tu propia casa y Mas no ha sido precisamente un elemento pacificador ante la ruptura entre Junts y PDeCAT. Además, no puede haber reconciliación con los catalanes recortados sin admitir, primero, los grandes errores de gestión política de su mandato, alimentados por un entorno adulador y ciclotímico. Al MHP Artur Mas le convendría leer las memorias de Barack Obama. Aprendería a hacer autocrítica: “I’d failed to rally the nation… behind what I knew to be right. Which to me was just as damning” [No conseguí reunir a la nación... tras lo que yo consideraba correcto. Y para mí también eso era condenable.”].

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