Hay partidos que siempre necesitan que les acompañe una autoridad de Madrid para sentirse cómodos. El tripartito del 155 es la máxima expresión. Inés Arriamdas, Miquel Iceta y Xavier García Albiol necesitan que Albert Rivera, Pedro Sánchez y Mariano Rajoy los bendigan incluso cuando se presentan como candidatos a presidir la Generalitat de Catalunya. Esta tutela externa es una buena metáfora para ver de qué manera entienden el autogobierno los partidos unionistas. La cosa hace años que dura y por eso estamos donde estamos. El tripartito del 155 es el causante de la peor desgracia que ha caído sobre Catalunya, que es poner bajo la tutela del PP, porque las cosas son así, lo que queda del Govern de Catalunya. Y todo el mundo sabe que el PP es un partido insignificante electoralmente en Catalunya. Pero la opción de Iceta —y de sus aliados democratacristianos— es destruirlo todo para destruir el independentismo. La opción de Inés Arrimadas es la misma pero sin la miel que le ponen los socialistas y el establishment del viejo pujolismo. Al fin y al cabo, Ciudadanos ya nació como un partido étnico, xenófobo y anticatalanista.

El caso más curioso es el de Catalunya en comú. Los comunes siguen la línea tradicional de los comunistas de toda la vida. Pretenden ser más independientes que el PSC, pero al final también necesitan el aval del amo de Madrid, que es quien realmente corta el bacalao. Es por eso que ayer domingo Pablo Iglesias se convirtió en el protagonista de la asamblea programática convocada por Catalunya en Comú-Podem, que es la marca electoral de Podemos en Catalunya después de que desde Madrid se aplicara un 155 interno para descabalgar al líder escogido por las bases, Albano-Dante Fachin. Cuando el secretario general de Podem Catalunya quiso sacar adelante unas políticas diferentes a las que se defendían desde Madrid y compartidas por Xavier Domènech y Ada Colau —líderes de otro partido, por cierto—, Pablo Iglesias maniobró como los antiguos estalinistas para cargarse la dirección que le era hostil. Como es una escena que he visto muchas veces, e incluso la he sufrido, la acción de Pablo Iglesias y de su reducido núcleo directivo no me sorprendió nada. Los comunes viven enganchados a Pablo Iglesias porque Xavier Domènech es un subalterno, con una visión española de lo que está pasando en Catalunya.

Es por eso que resulta incomprensible que Catalunya en Comú y Podemos no haya presentado un recurso al Tribunal Constitucional contra la aplicación del 155 hasta uno más después de su aprobación. Su equidistancia se ve que camina a cámara lenta. Pero todavía es más incomprensible que Pablo Iglesias se plante en Barcelona y tenga la cara de acusar a los soberanistas catalanes de haber provocado que despertara en España el fantasma del fascismo con las movilizaciones a favor de la independencia de Catalunya. ¿Es que lo que quiere Iglesias es que cuando Carolina Bescansa, la diputada de Podemos que al inicio de la legislatura se retrató en el hemiciclo con su hijo con un gesto más del populismo propio de esta izquierda sin dientes, defiende el mismo patriotismo españolista que Pablo Casado o Alfonso Guerra, la culpa es de los independentistas catalanes? Iglesias, Colau y sus preceptores ideológicos están empachados del soleturismo. El catalanismo no nació con la Liga ni el fascismo en España murió con Franco. Más bien se puso a dormir a la espera de encontrar una buena oportunidad para reaparecer. El 15-M no provocó ni frío ni calor a los poderes de toda la vida, a los que a la primera embestida del estado contra los soberanismo, como pasó con el Banc Sabadell o CaixaBank, se van de Catalunya. Los bancos y las patronales no sufren por lo que representa Podemos porque saben que la "nueva" (?) izquierda no pretende cambiar nada, sino desplazar al PSOE, que es la domesticada izquierda del sistema. En cambio, el soberanismo catalán sí que ha puesto en cuestión el statu quo al cual ya pertenece Iglesias. ¿Qué habría pasado si Pablo Iglesias —o Ada Colau o Xavier Domènech— se hubiera atrevido a ir a Bruselas a ver al presidente legítimo de Catalunya? ¿Qué habría provocado en España que Iglesias hubiera sido más sensible con los presos políticos? A Podemos les da pánico defender el derecho político de los soberanistas porque temen perder a un electorado españolista educado bajo el patrón fascista. De Iceta, Arrimadas o de García Albiol no hace falta esperar nunca nada, porque son la brigada de la venganza, pero de los equidistantes hacía falta esperar que, además de decidir ir a celebrar la Constitución española el día 6, también se solidarizaran con los perseguidos en Catalunya.

El resurgir del nacionalismo fascistoide español es debido a la debilidad del pensamiento democrático en España y no tiene ningún otro origen. El franquismo fue la incubadora con aquello de que España es una unidad de destino en lo universal. El franquismo negó el pluralismo. Uno de los principios de la democracia es, en cambio, el pluralismo. Y no quiero decir tan solo el pluralismo político, sino también el nacional y el lingüístico, algo que la España constitucional no ha sabido ni ha querido reconocer. Al contrario. La diversidad nacional en España es una especie de drama que incluso viven con angustia muchos de los llamados progresistas. Por eso Forges hace las caricaturas que hace, que las podría publicar en El Alcázar y funcionarían igual. Y por eso el antiguo fiscal Carlos Jiménez Villarejo, antes valedor de Pablo Iglesias y Ada Colau, se integra en la candidatura del PSC con Ramon Espadaler, a quien antes consideraba un miembro de la casta corrupta, de compañero de lista. La España del 155 no diferencia por ideologías a quien la defiende. "Unidos Podemos", debe pensar el viejo inquisidor.

Por lo tanto, la culpa que hoy la izquierda y la derecha de Madrid abracen el españolismo más tronado y fascitoide no es de los catalanes soberanistas, porque eso sería tanto como asumir una de aquellas burradas que a menudo se escriben en sentencias de algunos juzgados españoles sobre las mujeres que llevan minifaldas o van demasiado escotadas para rebajar la brutalidad de los hombres que las violan. El verdugo se convierte en la víctima sencillamente porque quien tendría que distribuir justicia convierte a la víctima de verdad en verdugo o en una persona irresponsable. Iglesias hace lo mismo y al fin se decanta por justificar a La Manada españolista que ataca el soberanismo y se olvida de las causas del problema. En vez de venir a Barcelona y preguntar a los altos cargos de la Generalitat, por ejemplo, qué está pasando con la aplicación pepera del 155, que es una colonización en toda regla, acusa a los soberanistas de haber provocado que saliera la bestia represiva que lleva dentro el PP y el españolismo que defiende, que demasiadas veces comparte con personajes como Juan Carlos Monedero, para poner otro ejemplo de unionista locuaz de las filas de Podemos. No conozco ninguna acción de Catalunya en Comú en contra del 155. Ni una, más allá de colgar una pancarta en la fachada del Ayuntamiento o de colorear de amarillo el agua de algunas fuentes de la ciudad. Acciones sin riesgo, simbólicas, y ahora prohibidas por la JEC, como las del niño en brazos de una diputada en las Cortes españolas. Filigranas posmodernas. A la hora de la verdad, quien manda en Catalunya en Comú es Madrid. Quien manda es Pablo Iglesias. Y ya hemos visto que el líder de Podemos hace como Rajoy: cuando algo no sale como él lo piensa, aplica el 155 y se queda tan ancho.

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