Todo el mundo sabe que la legislatura está acabada. El problema es saber qué día el presidente Quim Torra se decidirá a pulsar el botón para poner en marcha oficialmente la campaña electoral. No es un buen momento para convocar elecciones, pero el ambiente político está tan degradado, el Govern funciona tan mal, y la desunión entre los dos partidos de la coalición gubernamental es tan nociva, que la única salida es esa. Todos los grupos van tomando posiciones y esto todavía hace más difícil la gobernabilidad posterior al largo y perjudicial —en términos humanos y económicos— confinamiento. Cada vez está más claro que la apuesta de ERC de atarse pies y manos al gobierno de Pedro Sánchez, que ya es más del PSOE de toda la vida que de Unidas Podemos, no funciona. Nada de lo que ERC pactó con el PSOE para la investidura se ha cumplido. Al contrario, un Pedro Sánchez equilibrista, ayudado por los abogados del estado que dominan en Cs, se aleja del posible diálogo con Catalunya. ERC no lo reconocerá, como tampoco lo reconocía Pujol, a quien también tomaban el pelo a menudo, pero la cuenta de resultados es la que es. El estado de alarma reiterado ha destrozado la idea de autogobierno, incluso del autogobierno vasco, por mucho dinero de que dispongan, y parece ser que el PSOE no tiene ninguna intención de dar marcha atrás.

Con un panorama como este hay que decidir cómo seguir con la lucha por la independencia. El movimiento del 15-M proclamaba que se podían cambiar las cosas. Desde la calle no lo consiguieron. Desde las instituciones, ya se ha visto que tampoco conseguirían cambiar nada —los ejemplos de Madrid y Barcelona son los exponentes más claros de esta impotencia—, en especial porque la llamada, aunque ahora nadie la denomine así, “revolución de las sonrisas” provocó que este mundo se alinease, a veces con más contundencia que el españolismo extremo, con el régimen del 78. El 15-M quería acabar con este régimen y al fin el partido que surgió de ese movimiento es ahora, desde la mesa del consejo de ministros, uno de los puntales para tapar las vergüenzas de aquel régimen, aunque de vez en cuando se desmarquen de él en las Cortes. ERC puede acabar como Unidas Podemos y seguir proclamando que “sí se puede” —en su caso el grito será “independencia, independencia”— y que nada cambie, salvo el partido titular de la Generalitat de Catalunya. Para el partido y para todos los vividores del sottogoverno será un chollo, para el país otra fase de las muchas que ya hemos vivido dominada por los vendedores de humo. Manipuladores de emociones.

Puesto que entre todos se han cargado la legislatura y la pandemia ha acabado por hundirla, las elecciones tienen que servir para dirimir democráticamente quién tiene más apoyos, si los rupturistas o los conformistas

La estrategia de ERC es legítima. No lo pongo en duda incluso hoy, día de la votación del suplicatorio contra Laura Borràs, cuando la decisión sobre el sentido de su voto ha sido agónica y motivo de una agria polémica. ERC ha demostrado que tiene que madurar mucho para llegar a emular a los líderes parlamentarios del pujolismo y, todavía más, si quieren imitar al PSOE actual, que ha cerrado filas para proteger a Felipe González, a la monarquía y a lo que convenga antes que poner en crisis el régimen. Si quieres ser una pieza del decadente régimen del 78 debes comportarte como se comportaría Enric Juliana si fuera parlamentario: pasarlo todo por alto y “rectificar”, como ya reclamaba en 2006 en un libro colectivo, de aciaga memoria, y que se titulaba, precisamente, La Rectificació. En el contexto de la reforma del Estatut promovida por Pasqual Maragall —el Estatut que ahora añoran y que ofrecen como solución para acabar con los independentistas—, las críticas eran las mismas de ahora y condicionaban el destino de Catalunya al destino de España. Entonces quien pagó el pato fue la ERC de Carod-Rovira, causante del Dragon Khan y del “populismo rampante” que detectaban en la política catalana, hoy los dardos se dirigen contra Puigdemont porque representa la ruptura que no desean y escriben desesperadamente a favor de la ERC de Aragonés porque piensan que con él será posible. Entonces defendían que el catalanismo político cada vez estaba más alejado del conjunto de la sociedad, ahora es el independentismo el que está alejado de la sociedad y defienden —¡hay que tener un buen estómago!— recuperar el catalanismo que criticaban. Hay gente para la que siempre será más importante evitar que en Madrid gobierne la derecha que no que Catalunya se separe de España y, por lo tanto, así evitar caer en manos del PP y Vox que, no lo duden, a mí también me molestaría. En una Catalunya independiente la extrema derecha sería, en términos parlamentarios, realmente una anécdota y Ciudadanos no existiría.

Por lo que parece, la nueva normalidad es retornar a la vieja anormalidad. Puesto que entre todos se han cargado la legislatura y la pandemia ha acabado por hundirla, las elecciones tienen que servir para dirimir democráticamente quién tiene más apoyos. Si los rupturistas o los conformistas. Es probable que esto trastorne a los partidos o coaliciones hoy con representación parlamentaria, porque las disputas —disfrazadas de lucha por el poder orgánico— apuntan a discrepancias más profundas. En la reordenación del espacio de Junts per Catalunya la controversia es esa y es muy probable que la solución pase para promover un proceso constituyente de un centroizquierda independentista y rupturista en el que  participe quien quiera participar, individualmente. Si esta fuera la opción, primero sería necesario que Puigdemont dejase la sombra para seguir adelante. Se lo debe a la buena gente que confió en él y no le ha abandonado desde 2017. Puigdemont debe ponerse al frente de la operación y acabar con los intermediarios. Las elecciones están cerca y no se puede perder el tiempo.

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