Deseaba, soñaba, esperaba, que Emmanuel Macron ganara las presidenciales francesas como así ha sido. La efectividad del cordón sanitario republicano, descontado “el neutralismo” de la extrema izquierda capitaneada por Jean-Luc Mélenchon que ha facilitado el aumento de la abstención, ha conseguido cerrar el paso al neofascismo populista de Marine Le Pen, atrapada entre el radicalismo nacionalista reaccionario de su padre, Jean-Marie, y el conservadurismo católico de su sobrina, Marion.

El país de la Revolución burguesa por antonomasia, aquella Francia que ve como los ecologistas de Greenpeace, una ONG internacional, cuelgan en la Torre Eiffel una gran pancarta con el lema “Libertad, Igualdad, Fraternidad. Resistid”, la consigna utilizada en Francia para pedir el voto en contra de la candidata del Frente Nacional, sin embargo hoy se levantará con resaca.

El jefe de Greenpeace en Francia, Jean-François Julliard, justificó la acción de su grupo de activistas porque “queríamos manifestar que estamos en contra del nacionalismo y el autoritarismo, tanto en Francia como en otros países. Esta es nuestra forma de recordar a todo el mundo que se debe movilizar para defender estos valores”. Si esta es la justificación para votar contra Le Pen y a favor de Macron, no me extraña que la candidata neofascista esté en alza en Francia y que la democracia liberal haya entrado en crisis en muchos lugares del mundo, así como la socialdemocracia.

Hay sectores de la izquierda que encaran los conflictos políticos desde las certezas ideológicas, la mayoría fallidas, y no consiguen ver más allá

La acción de Greenpeace es tan solo una anécdota, pero bastante significativa del simplismo de algunos sectores progresistas, tan clásicos en sus análisis como lo ha sido el Partido Socialista, apeado de la lucha electoral después de más de medio siglo de dominio de la escena política francesa, junto con Los Republicanos, lo propio de la V República. Hay sectores de la izquierda que encaran los conflictos políticos desde las certezas ideológicas, la mayoría fallidas cuando se han querido aplicar, y no consiguen ver más allá. La arrogancia de ciertos planteamientos da grima.

Aunque políticamente no coincido con él, el historiador Emmanuel Todd es mucho más osado que otros pensadores izquierdistas, quienes ya tienen bastante con esparcir admoniciones y atribuir al miedo que los “parias de la tierra” voten mayoritariamente a Le Pen. Mientras la última crisis económica ensanchaba la brecha social en el seno de la UE, las ONG tipo Greenpeace se dedicaban a promover campañas contra los pesticidas y las nucleares o a favor de los derechos de los refugiados —la bicha de los lepenistas—, y ahora, cuando ven que se acerca el lobo, no les queda otra que volcarse en defender a toda prisa los valores republicanos que solo garantizará, según ellos, Emmanuel Macron. Es para decirles, a ellos y a los sindicatos, que tendrían que haberlo pensado antes, en vez de calificar a todo el mundo de neoliberal. 

Hace unos días, el escritor francés Édouard Louis, autor de una novela profunda y vivida, Adiós a Eddy Bellegueule, publicó en The New York Times el artículo “¿Por qué mi padre vota a Le Pen?”.  En él explicaba una anécdota sobre la novela mencionada que es muy reveladora de hasta qué punto el mundo del pensamiento vive en una burbuja. Louis explica que “lejos del mundo donde me había criado, mientras vivía en un pequeño estudio de la Place de la République [en París], decidí escribir una novela sobre mi lugar de origen. Quería reflejar la pobreza y la exclusión que formaban parte de nuestra vida cotidiana. Me inquietaba que la vida que había conocido todos aquellos años no apareciera nunca en los libros, en los diarios o en la tele. Cada vez que oía que alguien hablaba sobre ‘Francia’, en las noticias o incluso en la calle, sabía que no hablaban sobre la gente con quien me había criado”.

El discurso progresista que exalta a las ciudades por oposición a las patrias, que defiende la sociedad en red, el gobierno abierto, pero que no ataca la pobreza y la precariedad del trabajo, abona el auge del extremismo

La anécdota es que Louis envió el libro a una gran editorial de París y a las dos semanas el editor le respondió diciendo que no podía publicar su manuscrito porque “la pobreza sobre la que él había escrito hacía más de un siglo que no existía; nadie se creería la historia que había explicado”. El desconocimiento de la realidad “francesa” de este editor es letal, porque significa que más allá de frecuentar el Café de Flore, la catedral de los intelectuales de París, no sabe en qué país vive. En París, Le Pen solo consiguió un 3% de votos en la primera vuelta, pero esta no es la “realidad” francesa de todo el hexágono.

El discurso progresista que exalta a las ciudades por oposición a las patrias, que defiende la sociedad en red, el gobierno abierto y un montón de cosas que están muy bien pero que no atacan lo que es básico, que es la pobreza y la precariedad del trabajo y, por lo tanto, las expectativas de futuro de la gente, abona el auge del extremismo. Ese es el peso de la culpa que arrastran unas izquierdas que, una vez constatada la inutilidad de sus grandes prédicas, se inhibe y no toma partido, con la excusa de que el centrismo liberal de Macron es una amenaza para el futuro de Francia tanto como lo es el neofascismo de Le Pen.

Francia es, junto con Finlandia, el Estado europeo democrático que tiene el sector público más abultado, representa el 57% del PIB, y aun así es evidente que la cuestión no es el volumen, sino la falta de eficacia de ese sector público, amordazado por una estructura napoleónica burocratizada, para reducir las diferencias entre un “francés” de la Picardía y un parisiense bourgeois bohème (bobo) con pinta de hípster y el bolsillo lleno y que, de vez en cuando, se deja ver en actos a favor de los derechos de los refugiados. Los bobo —los pijopogres de por aquí— representan a aquel tipo de gente para la que es más cómodo luchar por los indefensos que llegan a las costas europeas huyendo de la guerra, que por los indefensos de una región a 150 kilómetros de la capital y a los que normalmente desprecia por provincianos. Y es que unos salen en la TV en programas lacrimógenos, mientras que los otros a menudo son condenados por su racismo y xenofobia. O por su nacionalismo, como pasa aquí y allí.

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