La paradoja de los ganadores. Los dos partidos que acumulan el 53 % del voto en Castilla y León son los que más convulsión tienen. Tras la cita electoral, el tablero más agitado es el de la derecha. El PP necesitaba una victoria rotunda en un ciclo autonómico diseñado por la dirección nacional de Génova. En Extremadura, María Guardiola perdió unos 8.400 votos y, en Aragón, Jorge Azcón bajó dos escaños. Ninguna de las tres citas ha cumplido el objetivo al completo de Génova. Una cascada electoral para desgastar a Pedro Sánchez de cara a forzar un adelanto de las generales y librarse de Vox.
Con las dos primeras victorias autonómicas, el PP había conseguido engordar a Santiago Abascal y reforzarlo, precisamente, de cara a las generales. Al ganar en votos, porcentaje y escaños, Alfonso Fernández Mañueco por fin ha equilibrado la balanza de los populares de cara a formar gobiernos y medir fuerzas en las negociaciones. Da oxígeno a la estrategia de Feijóo, igual que Pedro Sánchez ha rellenado el vacío con la agenda internacional. En este impasse, ¿dejará de llevar Vox el mando en plaza? No. Pero al menos han recalculado su estrategia y Abascal ha tenido que comprometerse a desbloquear los gobiernos.
Vox insiste en políticas y plazos, no sillones. Pero la realidad es que pedirán consejerías. Extremadura es el mayor bloqueo, por la mala relación del socio de Vox, Óscar Fernández. Aun así, está a punto de cerrarse. María Guardiola sale muy desgastada del proceso. Aunque saldrá investida presidenta, hay quien especula en el PP con su salida antes de que termine la legislatura. Mañueco tiene la suerte del candidato. Aunque los pactos se cierran en Madrid, el perfil bajo Carlos Pollán, anterior presidente de las Cortes, se distanció del exvicepresidente Juan García-Gallardo.
La incógnita sigue siendo qué políticas quiere imponer Vox. Las negociaciones se desarrollan en la máxima discreción, pero su último decálogo de medidas sigue en el aire: ensalzamiento de símbolos franquistas, oposición a Mercosur, recortes en cooperación, rechazo al reparto de inmigrantes, derogación de leyes LGTBI y eliminación de subvenciones a sindicatos, entre otras. Nada que el PP no haya aceptado antes.
El dilema de Vox es otro. Ha pasado de una coyuntura en la que todos los escenarios jugaban a su favor a una en la que cada movimiento entraña un coste. Si bloquea gobiernos, ese suelo electoral del 17 % puede volverse en contra: sus votantes se preguntarán para qué sirven. Es el precedente y el efecto Ciudadanos, cuando perdió 47 escaños tras negarse a pactar con el PSOE en la repetición electoral de 2019.
Vox ha pasado de una coyuntura en la que todos los escenarios jugaban a su favor a una en la que cada movimiento entraña un coste
Pero gobernar tampoco es inocuo. Entrar en ejecutivos autonómicos implica asumir contradicciones en la antesala de las generales. Entre el bloqueo insostenible y el desgaste de la gestión, Vox se mueve en un equilibrio mucho más incómodo del que tenía antes de Castilla y León. Todo sumado al frenazo y la sensación de tope al no llegar a la barrera psicológica del 20%, el hito donde están otras extremas derechas de Europa (Alemania, Austria, Francia, Italia, Rumania…). Roto el relato de la ola imparable, Vox es un socio imprescindible pero subordinado al PP. La “muleta”, que decía el candidato socialista Carlos Martínez.
Las guerras internas tras las expulsiones del portavoz en Madrid, Javier Ortega Smith, y el candidato murciano, José Ángel Antello, dejan a Vox con un frente interno abierto donde pueden surgir denuncias, batallas judiciales y ajustes de cuentas. Los caídos han estado en la zona cero, la fundación de Vox, conocen las cuentas, las cuitas, las guerras soterradas. Una amenaza latente en un partido donde a menudo los que salen dejan abierta la sospecha de irregularidades en el seno de Vox.
Y luego están los restos. Los tres escaños potenciales en Castilla y León muestran que Vox compite contra la izquierda, intentando sumar transferencias de todas partes, y también frente a su propia fragmentación radicalizada. Los 24.000 votos de Se Acabó la Fiesta han frenado la subida y la escalada hacia el 20%.
Nada indica que vaya a haber calma en los pactos ni en los gobiernos. Es posible que rompan o tengan la tentación de romper alguno antes de las generales. Vox necesita no ser SUMAR, desdibujarse dentro de gobiernos donde no pueden crecer. Por muy digno que se haya puesto Feijoó, la realidad del PP es que su gobernabilidad pasa por Vox. La verdadera victoria aún está por decidir, porque ahora empieza la negociación y habrá ganadores y damnificados.
