El debate sobre el calor de estos días nos lleva, sin querer, a repensar qué debemos hacer para adaptarnos a las nuevas condiciones climáticas. El debate ya no puede ser si hay cambio climático, porque siempre, desde que tenemos registros, el clima cambia. Tampoco podemos insistir mucho en las causas, porque —sin negar la influencia del hombre, ni la de los propios factores climáticos, como el fenómeno de El Niño— el problema, desgraciadamente, ya es otro. Es obvio que todo lo que hagamos para reducir emisiones a todos los niveles será bienvenido. Pero no podemos hacer creer ingenuamente que con eso será suficiente. La ciencia trabaja sobre datos pasados y hace las predicciones más pertinentes posibles. En entornos complejos y cambiantes, esto se vuelve incierto por definición. Por lo tanto, soy firmemente partidario de prepararnos para el cambio climático más allá de lo que nos digan los científicos, que siempre ayuda. Y no para todo el mundo querrá decir lo mismo. Por ejemplo, en Francia, el debate irá sobre el uso del aire acondicionado. Les aseguro que sufrir los 40 grados en París estos días no ha sido lo mismo que en Barcelona. Pregunten, si tienen amigos en la capital francesa, y verán cómo muy pocos parisinos tienen aires acondicionados. Pasa lo mismo con muchos de sus vehículos. Aquí se hace difícil pensar que alguien que quiera aire acondicionado no se gaste los 200 euros que vale un pingüino en Amazon para salir del paso. Y seguro que convendrán conmigo en que hemos llegado a sobresalir en las conversaciones con los amigos sobre cómo usar el aire acondicionado por las noches. Superemos, pues, el debate de si a partir de los 45 grados ya no podremos tener ni aire acondicionado. Esto es un hecho científico. Pensemos en cómo adaptarnos al calor que provoca el cambio climático en Catalunya.
Mi pronóstico sobre la adaptación al cambio climático es que dejaremos de flagelarnos por culpa de las emisiones. Porque nos está pasando como en el cuento del pastor mentiroso. Hemos ido avisando tantas veces que vendría el lobo, esgrimiendo pronósticos fatalistas de lo que sucedería si las temperaturas medias subían 1,5 grados, que sobrevivir al julio más tórrido de la historia no nos parece tan terrible. Estamos, durante este mes de julio, 3, 4 o 5 grados por encima de las medias históricas de los últimos cincuenta años, y el mundo no se acaba, solo es un poco más pesado. Claro que nos tenemos que seguir preocupando por reducir las emisiones, no faltaría más, pero nos empezamos a centrar en el debate mucho más prosaico de cómo hacerlo para huir del calor.
Acabaremos, a base de pasar calor, por acostumbrarnos a él
Por eso también pronostico un nuevo fenómeno de segundas residencias en lugares insospechados de Escocia o de los países nórdicos, que verán así cómo el turismo invade progresivamente sus tranquilas y oceánicas playas. Algunos todavía recordamos cómo era la Costa Brava de finales de los años sesenta o la Menorca de los inicios de los ochenta. ¿Dónde está el problema? Si en menos de veinte años somos capaces de convertir las calas más solitarias en resorts masivos de aspirantes a gamba, ¿por qué en las costas ahora gélidas del mar del Norte no podremos acabar viendo el mismo fenómeno invasivo? El turismo es como un banco de peces que se mueve por inercias colectivas en función de las ofertas que gestionan operadores con una potencia de convocatoria que no nos podemos ni imaginar. Y en el imaginario colectivo, estoy seguro de que las buenas temperaturas formarán parte del reclamo más apreciado por los pececillos turistas de todas las razas y condiciones. Personalmente, ya tengo decidido dónde pasaré la mayor parte de los meses de julio, agosto y, si puedo, septiembre: por encima del paralelo 54 de latitud norte. Para que nos hagamos una idea, Barcelona se encuentra en el paralelo 41 y París, en el 48. Norte allá, donde, como decía Espriu, "dicen que la gente es limpia, noble, culta, rica, despierta y feliz". Y yo añadiría "y donde los veranos son más fresquitos".
Finalmente, pronostico una normalización del calor percibido los meses de verano. Lo acabaremos encontrando normal. Si consultáis datos meteorológicos, veréis que las temperaturas desmesuradas de este mes de julio en Barcelona no son más que las temperaturas que han tenido de media en Sevilla durante estos últimos veinticinco años. Acabaremos, a base de pasar calor, por acostumbrarnos a él. Tal es el grado increíble de adaptación de nuestro cerebro a la realidad. Pero mi cerebro, como el de muchos de los catalanes, todavía está en proceso de adaptación. Y, por ahora, solo está soñando con las vacaciones por encima del paralelo 54.
