Milei resucita el conflicto de las Malvinas: petróleo, geopolítica y una grieta entre Trump y Londres

Javier Milei ha descubierto que los vientos que soplan desde Washington también pueden llegar hasta el Atlántico Sur. Después de casi tres años manteniendo la cuestión de las Malvinas en un discreto segundo plano, el presidente argentino ha decidido recuperar una de las causas más transversales y emocionalmente poderosas del país justo cuando Donald Trump ha abierto una grieta inesperada en la alianza entre Estados Unidos y el Reino Unido. El presidente argentino ha anunciado sanciones contra las empresas que participen en la explotación de los recursos naturales de las islas sin autorización argentina, ha prometido acelerar la construcción de una base naval integrada en Ushuaia y ha anunciado una nueva arquitectura institucional para coordinar la reivindicación de soberanía. Buenos Aires asegura que utilizará "todas las herramientas diplomáticas, judiciales y legales" contra los actores que considera que vulneran sus derechos sobre el archipiélago. El cambio es especialmente significativo porque Milei nunca había convertido las Malvinas en una de las banderas centrales de su presidencia. Incluso había expresado admiración por Margaret Thatcher, la primera ministra británica que ordenó la operación militar que derrotó a Argentina en 1982. Ahora, en cambio, habla de la recuperación de la soberanía como una causa "por encima de cualquier diferencia política". Pero, ¿por qué ahora?

Trump abre la puerta

La respuesta empieza en Washington. Cuando esta semana preguntaron a Donald Trump si estaba reconsiderando la posición norteamericana sobre las Malvinas, el presidente respondió: "Siempre reviso todas las posiciones. Esta es solo una de muchas". Puede parecer una frase deliberadamente ambigua, pero Milei se ha aferrado a ella inmediatamente. Porque la insinuación de Trump no aparece de la nada. Ya en abril se conoció la existencia de un correo interno del Pentágono que planteaba varias formas de castigar a los aliados de la OTAN que Washington consideraba poco colaboradores durante la guerra contra Irán. Entre las opciones estaba revisar el apoyo diplomático norteamericano a la posición británica sobre las Malvinas. Y las Malvinas, las Falklands como se conocen al otro lado del Atlántico, se han convertido en una palanca de presión de Trump sobre Londres. Washington reprocha a los gobiernos europeos que no aporten lo suficiente a la defensa occidental y, en particular, ha expresado irritación con el Reino Unido por su limitada implicación en las operaciones norteamericanas contra Irán. Trump ha llegado a reprochar públicamente a los británicos que "no estuvieran" cuando Estados Unidos los necesitaba.

Milei lo ha entendido antes que nadie y ha visto la oportunidad de resucitar el viejo conflicto en un momento propicio para sus intereses. El presidente argentino es probablemente uno de los aliados ideológicos más fieles que Trump tiene fuera de Estados Unidos. Y ahora intenta convertir esta proximidad personal y política en un activo diplomático sobre el dossier más sensible de la política exterior argentina. Las Malvinas no han vuelto porque Argentina sea hoy militarmente más fuerte que el Reino Unido. Han vuelto porque Milei ha detectado una grieta en la relación entre Washington y Londres, Trump necesita instrumentos para presionar a sus aliados y bajo las aguas del Atlántico Sur hay cientos de millones de barriles de petróleo a punto de empezar a salir a la superficie. Una disputa de soberanía de casi dos siglos acaba de adquirir, de golpe, valor político, estratégico y económico.

El resurgimiento de la causa de las Malvinas también ha tenido un componente simbólico muy potente. Durante el Mundial, después de derrotar a Inglaterra, los jugadores de la selección argentina exhibieron una pancarta con el lema "Las Malvinas son argentinas", un gesto que volvió a situar la reivindicación en el centro de la escena pública. En un país donde la soberanía sobre el archipiélago genera un consenso casi transversal, aquella imagen tuvo un fuerte impacto político y emocional y contribuyó a crear el clima que Milei ahora intenta capitalizar. El presidente, que hasta entonces había mantenido un perfil mucho más ambiguo sobre la cuestión, ha pasado a convertir las Malvinas en una bandera propia justo cuando Trump ha abierto la puerta a revisar el equilibrio tradicional entre Washington y Londres

¿Quién hay realmente detrás?

No hay pruebas de que Washington y Buenos Aires hayan pactado una operación conjunta para obligar a Londres a negociar las Malvinas. Pero sí hay una coincidencia de intereses excepcional. Según los expertos, Milei necesita demostrar que su alianza con Trump ofrece resultados concretos a la Argentina. Trump puede utilizar las Malvinas para recordar al Reino Unido que el apoyo estadounidense a sus intereses estratégicos ya no es automático. Y Buenos Aires obtiene así una oportunidad que no tenía desde hacía décadas: introducir una grieta entre Londres y Washington en una cuestión en la que, tradicionalmente, el Reino Unido podía dar por descontada la solidaridad estadounidense.

Esto no significa que Trump haya reconocido la soberanía argentina. No lo ha hecho. La política oficial estadounidense continúa sin decantarse formalmente por ninguna de las dos reclamaciones de soberanía, reconociendo la administración británica de facto del archipiélago. Lo que ha cambiado es que la Casa Blanca ha dejado de tratar esta posición como algo intangible. Para Milei, solo esto ya es una victoria.

Y bajo el agua, el petróleo

Pero esta nueva ofensiva no se interpreta exclusivamente en clave diplomática. A unos 200 kilómetros al norte de las islas se encuentra Sea Lion, uno de los grandes yacimientos petrolíferos todavía sin explotar del Atlántico Sur. El proyecto está controlado en un 65% por Navitas Petroleum y en un 35% por la británica Rockhopper Exploration. La decisión final de inversión ya se ha adoptado y el primer petróleo está previsto para marzo de 2028. Las reservas 2P certificadas de las primeras fases de Sea Lion son actualmente de unos 314 millones de barriles, según la última evaluación independiente publicada este agosto. Si se añaden recursos contingentes y fases posteriores, el potencial total es mucho mayor. El proyecto, además, se está acelerando. Navitas estudia incorporar una segunda plataforma flotante de producción que podría añadir hasta 125.000 barriles diarios de capacidad a fases posteriores, además de los 55.000 barriles diarios previstos inicialmente.

Es aquí donde la disputa territorial deja de ser únicamente una batalla de banderas. Quien controle jurídicamente las aguas de las Malvinas controla también los derechos sobre una enorme reserva energética. Para Londres y para el gobierno de las islas, Sea Lion podría transformar profundamente la economía del archipiélago. Para Buenos Aires, permitir que el proyecto avance sin reaccionar equivaldría a considerar cómo se explotan durante décadas unos recursos que considera propios. De ahí las sanciones anunciadas por Milei.

La base de Ushuaia no es nueva

Milei también ha presentado como una de las piezas de la nueva estrategia la aceleración de la Base Naval Integrada de Ushuaia, en Tierra del Fuego. La infraestructura tiene un valor evidente: reforzaría la proyección argentina sobre el Atlántico Sur y sobre la Antártida y, geográficamente, se sitúa frente al espacio que separa el continente del archipiélago. Pero no es un proyecto que parta de cero. El proyecto había comenzado formalmente en 2022, durante el gobierno de Alberto Fernández. Milei, por lo tanto, no inventa la base naval: la recupera, la acelera y la incorpora al relato de la nueva ofensiva por las Malvinas.

El factor interno de Milei

Detrás del movimiento de Milei también juega la política doméstica. La causa de las Malvinas tiene una característica extraordinariamente útil para cualquier gobierno argentino: atraviesa casi todo el espectro político. La economía sigue siendo el principal termómetro de Milei y en los últimos meses han aumentado las dificultades en sectores intensivos en empleo. Hoy, los problemas más visibles para buena parte de los argentinos son los salarios, el empleo, el endeudamiento familiar y el aumento de los costes fijos. En este contexto, convertir las Malvinas en prioridad nacional le permite cambiar de terreno, recuperar iniciativa y situar a sus adversarios ante una causa en la que resulta difícil atacarlo frontalmente. Varios críticos de la oposición ya le reprochan, precisamente, haber pasado tres años relativizando la cuestión antes de recuperarla ahora.

Hay precedentes históricos que también lo pueden explicar. En 1982 fue la dictadura argentina, hundida en una grave crisis interna, quien intentó utilizar las Malvinas como una huida hacia adelante. La guerra acabó acelerando su caída, mientras que la victoria militar reforzó a Margaret Thatcher en el Reino Unido. Pero no hay ningún escenario comparable militarmente en la actualidad. Milei insiste en los instrumentos diplomáticos, económicos y jurídicos y no ha formulado ninguna amenaza de invasión. Pero la tentación política de convertir las Malvinas en un gran elemento de cohesión nacional sigue intacta.

Londres no se mueve

La respuesta británica también ha sido contundente. El Reino Unido sigue defendiendo que el futuro de las islas corresponde a sus habitantes y recuerda el referéndum de 2013, en el que el 99,8% de los votantes optó por mantener el estatus de territorio británico de ultramar. Londres ha insistido en que su compromiso con los habitantes de las Falkland es "inamovible". Argentina rechaza este argumento porque considera que se trata de una población implantada después de la ocupación británica de 1833 y defiende que la cuestión es una disputa bilateral de soberanía pendiente de descolonización. Esta incompatibilidad explica por qué el conflicto lleva décadas bloqueado. Londres defiende la autodeterminación de los habitantes; Buenos Aires responde: integridad territorial argentina. Ninguna de las dos doctrinas deja mucho espacio para una solución intermedia.

La estela de Ceuta y Melilla

Y es aquí donde el caso de las Malvinas conecta con el clima internacional que también rodea Ceuta y Melilla. No porque los conflictos sean jurídicamente equivalentes —que no lo son—, sino porque ambos muestran hasta qué punto las disputas territoriales que parecían congeladas pueden volver a convertirse en instrumentos de presión geopolítica cuando cambia el equilibrio entre las grandes potencias. Trump ha introducido una lógica especialmente peligrosa para los aliados europeos: los compromisos tradicionales de Estados Unidos pueden dejar de ser automáticos y convertirse en moneda de cambio. Hoy puede ser la posición norteamericana sobre las Malvinas. Mañana pueden ser otras disputas.