Cuentan los cronistas que el Día de la Mujer de ayer tuvo poca concurrencia de señoras en la calle (también de los respectivos acompañantes machos y de otros géneros) sobre todo si, a la hora de comparar, todavía tenemos presentes los ocho de marzo posteriores a 2018, cuando el país todavía sufría la adicción al deporte de las grandes movilizaciones y el caso de la Manada había encendido la tonalidad del color lila. Servidor es un pésimo sociólogo y también soy poco amigo de analizar la viveza de un movimiento social a través de las masas, como si la política fuera una cosa excursionista; pero diría que —además de escasas multitudes— este año he visto a las mujeres mucho más satisfechas y alegres. Las hembras todavía sufren estados de excepción criminales como los de la isla de Epstein (lugar fatídico donde se certifica la ubicuidad de la locura pedófila entre machos de orígenes, oficios y clases diferentes) y tienen todo el derecho del mundo a enfurecerse, pero diría que este 8M ha sido particular justamente por la total ausencia de ira.
Todo esto se explica porque, afortunadamente, el feminismo ya forma parte del mainstream del pensamiento occidental y en algunos ámbitos de la vida —como la presencia en ministerios o en las cátedras universitarias— ya es una filosofía contra la cual la carcamalería opone una resistencia de boquilla, pero sin muchos efectos prácticos. A su vez, las mujeres se han dejado de mandangas filosóficas contra el capitalismo (uno de los grandes inventos de la providencia histórica de cara a su liberación) y han centrado su lucha en ganar más pasta, lo cual siempre implica una mayor cuota de liberación. Por mucho que aún exista y resulte injusta, la brecha salarial va disminuyendo de forma inexorable, por el simple hecho de que los machos ya hace tiempo que han llegado a su tope monetario. En este sentido, el futuro político del mundo será de las mujeres, como certifica que incluso un fenómeno como el nacionalismo castizo descanse en gente como Meloni, Takaichi y nuestra Sílvia Orriols.
La predominancia existencial del feminismo se ve perfectamente en el caso Pelicot, en el cual lo esencial no fue el castigo a los violadores, sino el hecho de que el mundo les viera la cara y, como reza el adagio del movimiento, el detalle específico de una vergüenza que cambia de bando
Por otro lado, aunque la depredación inherente a los machos continúa traduciéndose en numerosas agresiones, las mujeres también la han acertado con la gran idea que representa pensar más bien poco en los hombres. Los señores, desengañémonos, solo somos seres capaces de impostar un feminismo de consigna, porque no hay ser humano —ni animal, por otro lado— que pierda la hegemonía a merced de una conversión ideológica. Si nos hemos hecho más respetuosos con la lucha de nuestras madres, parejas y amigas, ha sido porque no teníamos más remedio. Esto, nuevamente, a las mujeres les importa un carajo; lo celebran, faltaría más, porque actuamos de una forma mucho más civilizada en cuanto a su libre albedrío (el cambio sería como aquello que recomendaba Pascal; no hace falta creer en Dios de forma innata, solo ponerse a rezar y esperar que te venga la fe), pero si lo hacemos por convicción o presión social ya ha dejado de ser algo que les preocupe. Si les ayudamos, va bien. Y si no, pues quizás mejor.
La transición de un feminismo iracundo a esta nueva versión más hegemónica se ve perfectamente en la nueva heroína del movimiento, la francesa Gisèle Pelicot, una señora que tendría todo el derecho del mundo a tratar a su marido como un monstruo a quien habría que cortar la polla, pero que vive el porvenir con una tranquilidad existencial y unas maneras de abuela bonachona, repartiendo lecciones de amor y de esperanza. La predominancia existencial del feminismo se ve perfectamente en este caso que conmovió al mundo, en el cual lo esencial no fue el castigo a los violadores de Pelicot, sino el hecho de que el mundo les viera la cara y, como reza el adagio del movimiento, el detalle específico de una vergüenza que cambia de bando. Los viejos retóricos nos recuerdan a menudo que la vergüenza es un gran sentimiento de cohesión social, pues nos indica los límites sociales desde donde podemos considerar a alguien un apestado; que la ira pase a la exclusión del maligno, además de cambio doctrinal, deriva en mucha más efectividad...
Enfadadas o alegres, las mujeres hacen bastante bien pasando olímpicamente de todo ello, incluido de este artículo que —por motivos obvios— cae en el vicio de describir cómo piensan todas ellas... sin citar directamente su voz, lo cual debe ser necesariamente espantoso. Espero que las lectoras me perdonen, porque —a pesar de los cambios culturales— los hombres solo podemos redimirnos a través de la hembra. Es el único privilegio que nos queda... estimadas, piedad.
