Comprar un coche eléctrico suele ir acompañado de una promesa muy concreta como cargas rápidas, tiempos reducidos y una experiencia cómoda en el día a día. Sin embargo, muchos conductores se encuentran con una realidad distinta cuando empiezan a usarlo. Y es que el coche no carga tan rápido como esperaban, y eso genera dudas e incluso frustración.

La realidad es que no es un fallo del coche, sino una cuestión de infraestructura que poco tiene que ver con algún problema en el coche.

La mayoría de cargadores no son rápidos

España cuenta en 2026 con cerca de 53.000 puntos de recarga públicos, una cifra que a primera vista parece más que suficiente. Sin embargo, el problema no está en el número, sino en el tipo de cargadores disponibles.

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Más del 77% de estos puntos son de carga lenta, con potencias de 22 kW o inferiores, lo que significa que funcionan en corriente alterna. Este tipo de carga es adecuado para largas estancias, pero no para recargas rápidas en carretera o en desplazamientos urgentes. Los cargadores realmente rápidos, los de corriente continua CC, que permiten cargar en minutos en lugar de horas, son todavía minoría. Por eso, aunque el coche esté preparado para cargar rápido, muchas veces no puede hacerlo.

El motivo real son los costes e infraestructura eléctrica

A partir de ahí, la explicación es técnica, pero sencilla. Y es que, instalar un cargador rápido en corriente continua no es lo mismo que colocar uno convencional. Requiere conexión a red de media tensión, obras más complejas y una inversión mucho mayor. En cambio, los puntos de carga en corriente alterna pueden instalarse con la red eléctrica estándar que ya existe en la mayoría de garajes, calles o parkings. Esto los hace más baratos, más fáciles de desplegar y, por tanto, mucho más numerosos. De este modo, el crecimiento de la red se ha centrado en cantidad, pero no tanto en potencia.

Así pues, el resultado es claro, ya que muchos usuarios conectan su coche a puntos que, simplemente, no pueden ofrecer carga rápida. Porque en este caso, no es que el coche no cumpla lo prometido. Es que la infraestructura todavía no está preparada para ofrecer esa velocidad de forma generalizada. Y ahí está la clave que explica por qué la experiencia real no siempre coincide con lo que se vende.