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En Moscú, la imagen se ha vuelto insólita. Coches y camiones haciendo cola durante horas para conseguir gasolina en plena capital de uno de los países con más recursos energéticos del mundo. Algunos conductores explican que han pasado el día entero buscando combustible sin éxito, una escena que hasta hace poco parecía imposible en una ciudad que había vivido relativamente blindada de los efectos más visibles de la guerra.

Pero la realidad del conflicto, que el Kremlin sigue definiendo como una "operación militar especial", ha empezado a filtrarse con fuerza en la vida cotidiana rusa. Por primera vez desde el inicio de la invasión de Ucrania, hace casi cinco años, las tensiones no se perciben solo en el frente o en el discurso político, sino también en las gasolineras.

En las últimas semanas, Ucrania ha intensificado una campaña de drones de largo alcance contra infraestructuras energéticas situadas en profundidad dentro del territorio ruso. Refinerías, terminales petroleras e instalaciones industriales han sido objetivos repetidos de una estrategia que busca afectar directamente la capacidad económica de sostener la guerra.

El impacto empieza a ser visible. En varias regiones del país, medios independientes han documentado colas crecientes en las gasolineras y problemas puntuales de suministro. En Crimea, anexionada por Rusia en 2014, las autoridades han llegado a suspender temporalmente la venta de combustible en algunos momentos de tensión.

Putin habla con la boca pequeña

Incluso el mismo Vladímir Putin ha tenido que reconocer la situación en una reunión con altos cargos económicos. Con un tono poco habitual, el presidente ruso admitió que las reservas de gasolina se han reducido y que los problemas de suministro todavía persisten en algunas zonas del país. "Hay dificultades para los conductores y para las empresas", dijo, añadiendo que "todavía hay colas en las gasolineras".

El Kremlin, que acostumbra a minimizar cualquier señal de debilidad interna, ha empezado a estudiar medidas como la restricción parcial de las exportaciones de diésel y la creación de un grupo de trabajo específico para gestionar la crisis de combustible. También se ha advertido del posible impacto en el sector agrícola, especialmente sensible en los próximos meses.

La situación tiene una carga simbólica evidente. Durante años, Rusia ha sido acusada de utilizar la energía como arma estratégica, especialmente contra Ucrania, atacando infraestructuras eléctricas y de calefacción con el objetivo de desgastar a la población civil. Ahora, este mismo modelo parece revertirse parcialmente en sentido inverso.

Ucrania y sus ataques precisos 

Ucrania defiende que sus ataques son precisos y dirigidos contra objetivos militares o estratégicos, y argumenta que forman parte de una respuesta necesaria a una guerra prolongada. En paralelo, algunos responsables occidentales interpretan esta campaña como un intento de aumentar la presión interna sobre el Kremlin.

Sin embargo, analistas internacionales advierten contra lecturas precipitadas. El hecho de que Rusia afronte problemas puntuales de combustible no implica necesariamente un cambio inmediato en su estrategia. El poder político de Vladímir Putin se ha construido durante décadas sobre una idea de control y resistencia que hace poco probable un giro repentino.

En Moscú, sin embargo, las colas en las gasolineras tienen un efecto difícil de ignorar. No solo por la incomodidad cotidiana, sino por lo que simbolizan: una guerra que ya no se vive solo lejos del centro, sino que empieza a entrar, lenta pero visiblemente, en la rutina de los ciudadanos rusos.