En un momento en que las diferencias entre ricos y pobres continúan creciendo, Rusia ha optado por retocar la manera como calcula esta desigualdad. La agencia estatal Rosstat ha modificado el sistema con el que mide el reparto de la riqueza, una decisión que, de rebote, mejora las cifras oficiales sin que esto implique necesariamente un cambio real en la vida de la población.
Según ha publicado el diario Kommersant, el nuevo método tiene en cuenta los ingresos después de impuestos y ajusta los datos según las diferencias entre regiones. Esto hace que el indicador que mide la desigualdad baje de manera notable en las estadísticas de 2025. Dicho de otra manera: sobre el papel, el país parece menos desigual que antes.
Objetivo: tapar el desastre de la sociedad rusa
Este ajuste llega, además, en un momento oportuno para el Kremlin. El presidente Vladímir Putin había fijado como objetivo reducir estas diferencias en los próximos años, y con el nuevo sistema los datos se acercan más rápidamente. Todo ello alimenta la sospecha de que el cambio responde tanto a criterios técnicos como a intereses políticos.
Para entenderlo de forma simple: no es que la riqueza se esté repartiendo mejor, sino que ahora se mide de otra manera. Y esto tiene consecuencias. Diversos expertos advierten que el nuevo cálculo puede ofrecer una imagen más optimista de la realidad, dejando en segundo plano factores importantes como la economía sumergida, muy presente en el país, o las grandes diferencias de precios y salarios entre territorios.
Los datos disponibles continúan mostrando un panorama desigual. Aunque el salario medio puede parecer relativamente elevado, la realidad es que muchos ciudadanos cobran mucho menos. Además, la distancia entre regiones es enorme: ciudades como Moscú concentran ingresos muy superiores a otras zonas, especialmente al Cáucaso, donde los sueldos son considerablemente más bajos.
¿Qué pasa con los oligarcas?
Mientras tanto, las grandes fortunas han continuado creciendo. Según estimaciones recogidas por la revista Forbes, pequeños incrementos en los indicadores de desigualdad pueden traducirse en traspasos significativos de riqueza hacia los sectores más privilegiados. Esto refuerza la idea de que la brecha económica no solo persiste, sino que se puede estar ampliando.
También llama la atención que determinadas zonas queden fuera del cálculo, como algunos territorios anexionados recientemente, hecho que dificulta tener una fotografía completa del país. Todo ello contribuye a dibujar unas estadísticas que, a pesar de ser oficiales, pueden no reflejar del todo la realidad cotidiana de millones de personas.
Así, más allá de las cifras, el debate de fondo es hasta qué punto los datos sirven para explicar la realidad o para construir un relato. En el caso ruso, el cambio de metodología abre interrogantes incómodos: ¿la desigualdad está bajando de verdad o simplemente se ha encontrado una nueva manera de hacerla menos visible?
